Leyendo El último Don, postrera novela publicada por Mario Puzo antes de morir en 1999 a causa de un ataque al corazón, uno se explica por qué merece la pena despojar a los árboles de su madera y por qué, después de todo, no es ninguna estupidez sustituir los gratificantes placeres sociales por un hábito tan solitario como la lectura. El título de la obra hace referencia a Don Domenico Clericuzio, cabeza del clan de los Clericuzio, que, tras derribar a los Santadio, su principal contrincante en la Mafia norteamericana, se eleva regiamente sobre la delincuencia organizada de los Estados Unidos.
La novela comienza en 1965, un año después de la guerra de las familias, con el bautizo de Croccifixio y Dante, nietos del Don, quien ha tomado la firme determinación de abandonar el crimen organizado y transformar su emporio criminal en un imperio con todas las de la ley. Plan que, dicho sea de paso, requerirá varias décadas para ser llevado a la práctica. Y así saltamos a la década de los noventa, con los dos bebés convertidos en tipos hechos, derechos y salvajes. Croccifixio, hijo de Pippi de Lena, el Martillo (asesino) número uno de los Clericuzio, se convierte en director del principal casino de Las Vegas, el Xanadú, y Dante, vástago de la hija enloquecida de Don Domenico, asume el puesto de Martillo número dos de la familia.
De este modo, la novela transcurre fundamentalmente en tres escenarios: Maryland, donde se enclava el cuartel general de los Clericuzio; en Las Vegas, con el Xanadú como luminoso telón de fondo; y en Los Ángeles, donde reside Claudia de Lena, hermana de Croccifixio, quien creció con su madre, divorciada de Pippi, y que aspira a llevar una existencia ajena a la brutalidad de sus antepasados.
En lo esencial, la novela describe las vicisitudes que afectan al sueño dorado de Don Domenico, causadas todas ellas por la incontrolable naturaleza humana, materializada aquí en las figuras de sus nietos, el hermoso Croccifixio y el extravagante, enano y feroz Dante. La bondad, en el mejor de los casos, tiene rostro de mujer, el de Claudia de Lena, que intenta abrirse camino como guionista en la industria de Hollywood. Por cierto, una chica de los más promiscua. Si la Meca del Cine es como la describe Puzo, y sospecho que así es, las ciudades bíblicas de Sodoma y Gomorra encontrará tarde o temprano un tercer compañero de viaje (y la furia divina permutará el fuego por un terremoto apocalíptico...). Por otro lado, me interesó profundamente observar que el escritor realizara tan pocas referencias a la homosexualidad, orientación que campa por sus respetos por Los Ángeles en general y entre los profesionales del cine en particular, como todos sabemos. Sin embargo, la promiscuidad heterosexual es tan manifiesta y frecuente en la novela que termina por volverse insustancial.
Otra de las características significativas de la novela, junto con la capacidad introspectiva de Puzo y su facilidad para describir el pasado y hacer comprensible el presente mediante una sucesión infinita de flash–backs, es el lenguaje sencillo y extremadamente eficaz, casi oral, con el que el autor narra la historia. De modo que, si uno posee la frialdad moral suficiente para mantener el tipo ante sangrientos asesinatos y trampas miserables, disfrutará de una novela de fácil digestión en lo superficial y de profundo análisis en lo moral, como cuando el Don justifica, con un pragmatismo aplastante, la ferocidad que porta en una mano y la religiosidad que encierra en la otra.
Ahora, además, con la publicación de El último Don en la colección Byblos de Ediciones B, a cinco euros, el libro es lo bastante asequible como para que todos disfrutemos de él. Bueno, yo ya lo hice. ¡Y cuánto!
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El último Don, al igual que otras novelas de Mario Puzo, en Casa del Libro.
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