Según afirma William Peter Blatty, escritor, guionista y productor de éxito, su novela El exorcista dio comienzo a lo que él considera una trilogía sobre la difícil relación del hombre con Dios y, en un sentido más amplio, sobre la posición del ser humano frente a la posibilidad de la Trascendencia. Las otras dos partes de la serie son The ninth configuration, revisión de la novela original Twinkle, twinkle Killer Kane, que jamás vio la luz en España, y Legión, que Espasa Calpe tuvo la bondad de reeditar en 2003 tras una larga travesía del desierto en la lista de libros descatalogados.
No he leído The ninth configuration, mal que me pesa en lo profundo del corazón, porque desde que compré y me aproximé cautelosamente a El exorcista, William Peter Blatty se elevó regiamente entre mis escritores predilectos --y a día de hoy me interesa tanto como Tom Wolfe y P.D. James, mis absolutos favoritos; e incluso, desde un punto de vista intelectual, profeso una admiración por Blatty difícilmente comparable a la que despierta en mí ningún otro escritor--. Su éxito de principios de los ’70 no sólo me conmovió desde la primera página, y en la última casi me hizo llorar, suscitándome un inusual y un tanto desconcertante afecto por el autor, sino que me hizo observar la literatura religiosa, moral y de horror desde una nueva óptica. Más aún: puede decirse que William Peter Blatty marcó un antes y un después en mi espíritu.
Decía que no he leído The ninth configuration, y ni siquiera he visto la adaptación cinematográfica que el propio Blatty realizó en 1980, y que se ha convertido, según creo, en película de culto, de modo que poco puedo comentar sobre la novela. Sí he leído gustosamente, sin embargo, Legión, que en opinión del autor constituye la conclusión de su trilogía teológica.
La novela, protagonizada por el teniente detective William Kinderman, que apareciera ya en El exorcista como investigador del asesinato de Burke Dennings, quien murió con la cabeza vuelta del revés («Inventus est capite reverso» manifiesta el demonio en latín al padre Karras durante una de sus conversaciones)... la novela, decía, describe una serie de salvajes homicidios, envueltos en un halo de misterio sobrenatural, que Kinderman debe resolver haciendo uso de una amplia apertura de mente. El primer asesinado es un niño negro y mudo, repartidor de periódicos, a quien hallan crucificado en unos remos. Al muchacho le han incrustado clavos en el cráneo y le han practicado cortes en la palma de la mano, el signo identificativo del asesino de Géminis, ejecutado en California varios años atrás. El resto de periódicos ha sido entregado en su destino cuando presumiblemente el chico ya había muerto. Y junto al cadáver del chaval se encuentra a una anciana incapaz de ofrecer respuestas inteligibles. A partir de aquí, el horror y una densa congoja empiezan a crecer como una mancha de tinta que empapa la conciencia del lector. Por otro lado, la terrible historia le da a Kinderman la oportunidad de reflexionar sobre la existencia del Mal en el mundo y sobre por qué Dios no hace nada para acabar con él. El detective, sin embargo, en ningún momento cuestiona la existencia de Dios --pues este asunto quedó resuelto en El exorcista--, sino que busca ávidamente una explicación para la ausencia de la Divinidad en esta jungla humana de dolor y penuria.
No es Legión una novela de terror --a pesar de su capacidad para helar el tuétano de nuestros huesos --, sino, desde el punto de vista de su estructura, y así lo confirma el propio Blatty, un modelo de literatura policial.
Se trata de una gran novela y la recomiendo sin reservas. Con un precio de oferta de 6 euros, se me antoja un pecado no comprarla y leerla con sensibilidad y espíritu abierto. Así y todo, sin embargo, no alcanza las cotas de gracia literaria de El exorcista. Aunque, a diferencia de lo que sucedía en aquélla, la presencia del guasón Kinderman, con su perfecto dominio del humor y la ironía (recordemos que WP Blatty comenzó como guionista de Blake Edwards en películas de la Pantera Rosa), llena sus páginas de una deliciosa comicidad. Lo cual suma puntos a un libro de enorme envergadura. No hay nada de malo en no ser tan buena como El exorcista: y es qué ésta fue absolutamente excepcional.
Una de las primeras características de Blatty que atrajo mi atención, primero con El exorcista y ahora con Legión, fue su peculiar estilo literario. Blatty raramente recurre a la descripción, y sus escenas son proyectadas por unos ojos capaces de identificar el detalle revelador de cada escenario. Por otro lado, el autor norteamericano posee una maravillosa habilidad para escribir frases memorables, ese tipo de sentencias que se marcan sobre la corteza cerebral como tajos de una cuchilla. Si bien es cierto que experimenté a menudo la tentación de apuntar sus magníficas oraciones, de una sonoridad y profundidad poética bíblicas, decidí enseguida que no sería una buena idea: eran tantas que no habría mucha diferencia entre la lista de frases apuntadas en el papel, y la propia novela. Es, en suma, y me permito insistir, una obra sorprendente que merece ser leída.
Todo William Peter Blatty, incluyendo Legión, en Casa del Libro.
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A día de hoy he leído sólo dos novelas de la británica Ruth Rendell, la demoledora Deseo criminal, que además de seducirme y conmoverme me causó un profundo desasosiego con su telegráfica descripción de la soledad y la falta de afecto de un niño que se transforma en insensible, casi inconsciente asesino; y Un demonio para mí, menos emocionante e hipnótica, pero de igual forma bien tramada. Para quienes no conocen a esta reina de la novela negra, y asumiendo el riesgo de fallar en mis juicios por el hecho de que sólo dos novelas suyas han pasado por mis manos, diré que las características fundamentales de las historias de Rendell son, por un lado, la proyección psicológica de los personajes, que la autora refleja tanto mediante la relación de los protagonistas y el antagonista con el mundo actual --es decir, el momento de la vida del personaje en el que transcurre la acción--, como mediante una exposición retrospectiva de la infancia del antagonista, de modo que sus pecados actuales cobren, si no justificación, al menos sí un cierto sentido; por otro lado, en las tramas de Rendell abundan los vericuetos y las dobleces, así como los azares fatales, casualidades que suenan bastante más verosímiles en conjunto que como hechos aislados. En efecto, en ocasiones tengo la sensación de que existe una malévola inteligencia moviendo los hilos desde la sombra; y puesto que las novelas de la Rendell no son ni religiosas ni sobrenaturales, no hay más remedio que aceptar la evidencia: la autora posee una imaginación realmente siniestra.