Muerte en la Fenice -- Donna Leon

domingo 14 de enero de 2007 a las 22:18

Hace pocos días terminé de leer El padrino, novela que encumbró a Mario Puzo e inspiró la famosa trilogía de Francis Ford Coppola, y anoche pasé la página final de Muerte en la Fenice, novela negra de la estadounidense afincada en Italia Donna Leon. He disfrutado ambas, aunque con placer desigual.

Como era previsible, devoré El padrino con el apetito insaciable que despiertan en mi estómago y mi cabeza los grandes libros, y en general puedo volver a aplicarle muchos de los comentarios que dediqué a El último Don, la primera novela que leí de Puzo, y que tan satisfactoria y profundamente me impresionó. El dominio del lenguaje oral que destilan las manos de Mario Puzo se desata como un vendaval narrativo en El padrino, cuya complejidad sociológica y terquedad intelectual --me refiero a los desafíos morales que uno encuentra en la novela--, borbotean sobre el cerebro del lector como un persistente chorro de sangre caliente, y hacen salivar la boca ante la perspectiva de pasar una nueva página. Si, además, uno siente una inclinación romántica por los Estados Unidos de aquella época, entonces el placer se duplica de una manera sensual. Lamento dedicar un solo párrafo a El padrino, pero me temo que se trata de una novela demasiado difícil como para comentarla aquí y ahora sin contar con notas previas, que tozudamente me niego a tomar mientras leo, a pesar de que posteriormente me podrían ser de una enorme utilidad.

Si no me equivoco, Muerte en la Fenice, publicada a comienzos de los ‘90, es la primera novela de Donna Leon protagonizada por el comisario veneciano Guido Brunetti, que hace frente en su decadente cuidad de bohemios, pobreza y recuerdos de un pasado perdido, si no resueltamente muerto, a crímenes cometidos en una inextricable maraña de corrupción política, dejadez policial y prejuicios primitivos. Ni que decir tiene que ésa es, al menos, la intención de la autora, pero no puedo decir que logre siempre su objetivo.

Antes de comenzar a escribir esta entrada, he consultado la wikipedia en inglés en busca de información sobre Donna Leon, y he ojeado algunas supuestas trampas y vicios narrativos que se le achacan a la novelista norteamericana. Dado que sólo he leído una de sus obras, no me siento con el derecho ni en condiciones de dar o quitar razón, de modo que me limitaré a traducir las acusaciones y transcribirlas tal cual aparecen en Internet: «Los críticos afirman que Donna Leon describe una Italia cargada de clichés, tal y como los bohemios liberales desearían verla. Algunos consideran su estilo poco estimulante, constreñido por las limitaciones del género de misterio. Otros aprecian la honesta claridad de las exposiciones de Leon, y admiran su capacidad de evocar Venecia a través de miradas, olores y sabores (mediante las numerosas descripciones de comidas y modos de cocinar). Su escritura depende en gran medida de estereotipos. Los italianos del sur son descritos a menudo como gente poco inteligente y casi siempre deshonesta, en claro contraste con los venecianos, a quienes Leon presenta en modo diametralmente opuesto. Casi todas las mujeres por debajo de los 35 años son descritas como hermosas. Los turistas, y en particular los americanos, son presentados como sujetos obesos y carentes de cultura. Estos estereotipos se repiten a través de toda la serie».

Muerte en la Fenice relata el asesinato del eminente director de orquesta Helmut Wellauer y la posterior investigación policial llevada a cabo por Brunetti, quien se ve obligado a tratar con una excéntrica galería de personajes, cada uno de ellos con motivos más o menos poderosos para desear la muerte del genio musical. Muy pronto, sin embargo, asistimos al retrato de una víctima vil y áspera, con un pasado oscuro relacionado con los nazis y una propensión al moralismo que Leon, no sé si con demasiado acierto, utiliza para denunciar ese horrible concepto de «hipocresía imperante» (quizás sea ése el cliché más grave e imperdonable de la novela).

Bien, aceptando desde ya que he disfrutado de la historia, e incluso que siento una discreta simpatía, que no admiración, por el comisario Brunetti, debo admitir que he localizado algunas taras en el transcurso del relato.

El estilo de la autora es tan básico que raya en la sequedad, con un uso del vocabulario pulcro pero limitado y unas descripciones cerradas que probablemente dotan de velocidad a la historia. Mis inclinaciones personales van por otro lado, pero acepto esto de buen grado. No acepto de tan buen grado, por el contrario, que la escritora recurra tan frecuentemente a tópicos que establecen un enorme contraste entre los buenos, Brunetti, y los malos. Eso es tosco y torpe. Me disgustó también la limitada capacidad de Donna Leon para discurrir sobre el asunto de las clases sociales, cuestión que en sus manos carece de consistencia pero que en las de otros autores del mismo género, como por ejemplo la magistral P.D. James, poseen una fuerza arrolladora. Asimismo me irritan los poco sutiles comentarios morales de la autora, a pesar de que pueda estar de acuerdo con ella en el contenido, y detesto que recurra tan habitualmente a clichés para describir a conjuntos de ciudadanos: los alemanes, lo bastante indignos para hacerse los ciegos ante su historia menos memorable --sobra decir a qué me refiero--, los españoles, machaca–mujeres --lamento la crudeza en un asunto tan trágico, pero se trata de eso--, y los italianos... buenos, supongo que ellos se llevan la peor parte. Y es que quién sabe, tal vez Donna Leon sea infalible.

Muerte en la Fenice, así como toda la obra de Donna Leon, se encuentra disponible en Casa del Libro.

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