Una cierta justicia -- P.D. James

miércoles 22 de agosto de 2007 a las 12:10

Fue muy curioso: la primera vez que leí un libro de P.D. James, decidí que no le daría una segunda oportunidad. Claro que mi palabra no vale absolutamente nada, de modo que al cabo de un tiempo compré un ejemplar en edición de bolsillo de otra de sus novelas, y la entrañable reina de la novela negra se convirtió en mi segunda escritora favorita, por detrás sólo de Tom Wolfe.

Lo que en un primer momento me disgustó de James, lo mismo que luego me cautivó y me convirtió en una especie de fanático de esta escritora octogenaria, fue la frialdad polar que flotaba como una neblina sobre las páginas de sus relatos, el desapego con que se aproxima a sus personajes, a las emociones, al horror, al crimen, a todo lo patético que albergamos en nuestras vidas. Supongo que para P.D. James la única manera de abordar un crimen es la eficacia policial, y más nos vale a sus lectores renunciar a todo deseo de compasión y humanidad. P.D. James es el acero.

Aquella primera novela fue Una cierta justicia, en la que el detective y poeta Adam Dalgliesh investiga el asesinato de la reputada abogado de la Corona Venetia Aldridge. Como es de rigor, existen varios sospechosos con motivos sobrados para desear la muerte de la abogada. En al menos uno de los casos, ese motivo fue lo bastante poderoso para impulsar a una persona a cometer el crimen.

Una cierta justicia contiene todos los elementos de una buena novela negra, y también todos los elementos característicos de la autora: la víctima es una persona lo bastante relevante para justificar que el caso pase a manos del equipo de élite de Dalgliesh; la víctima carecía del tipo de personalidad seductora que nos hace lamentar una muerte, pese a lo cual ha de imponerse el deseo de justicia. La hija de Venecia, Octavia, una muchacha fea, irritante y poco perspicaz, había iniciado una relación inverosímil con el enigmático Garry Ashe, uno de los últimos clientes de la abogada. Se lo acusaba del asesinato de su tía. Y Venecia constituía un auténtico quebradero de cabeza para todos sus colegas en el tribunal en el que desempeñaba su trabajo.

Los personajes nacidos del fino ingenio de James son siempre sujetos extremadamente fríos, algo así como materializaciones del tópico inglés, y su suspicacia ante la autoridad y su desinterés por la muerte, en contraposición a la gravedad de su propia seguridad y comodidad, hacen al lector sentirse como espectador de una jungla poblada por animales feroces. Es difícil experimentar el menor rastro de simpatía por ninguno de los protagonistas ni secundarios, e incluso la personalidad de Dalgliesh, aunque carismática, difícilmente despierta apego: en realidad eso es algo que él no desea, y que ciertamente no necesita.

Una cierta justicia brinda una magnífica galería de retratos morales, y quizá sea justamente la hondura del perfil psicológico dibujado por la autora lo que convierte esta travesía en una vivencia casi inhóspita. Por otro lado, P.D. James es una perfecta narradora de las relaciones que se establecen entre las personas, tanto las íntimas como las puramente sociales: y es que en las novelas de la autora británica, la estructura de clases sigue condicionando el carácter de las personas.

Ningún cabo suelto, móviles sólidos como rocas y unos investigadores impulsados siempre por el deseo de aplicar una cierta justicia: eso es, como de costumbre, lo que P.D. James tiene que ofrecer.

Puedes comprar Una cierta justicia, así como otros libros de P.D. James, en Casa del Libro.

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