Descubrí al escritor y guionista Richard Price como miembro de una lista confeccionada por Tom Wolfe en la que el dandy de las letras americanas enumeraba a unos pocos autores a los que atribuía talento literario. No es ningún secreto que yo considero a Wolfe EL HOMBRE, de manera que me apresuré a apuntar los títulos de las novelas recomendadas y acto seguido emprendí la caza. No recuerdo cuál era el libro de Price encomiado por Wolfe, pues no está traducido al español, de modo que me conformé con el único material disponible en el idioma de Cervantes. Se trata de la novela El samaritano y, sí, es magnífica.
Ray Mitchell abandona su lucrativo puesto de trabajo como guionista de una serie televisiva de éxito para regresar a Nueva York, donde creció, formó una familia abocada al fracaso, se sumergió en el consumo de drogas y donde finalmente tuvo un golpe de suerte. Ahora Mitchell desea estar más cerca de su hija y trata de establecer una vida constructiva, de modo que, para empezar, se ofrece como profesor de literatura creativa en el mismo instituto ineficaz y deprimido en el que él mismo estudió años atrás. Mitchell es un tipo generoso, y siempre está dispuesto a compartir su fortuna con el prójimo. El problema reside en que incluso la virtud aparente puede encerrar una cierta disfuncionalidad, y la generosidad de Mitchell lo lanza de cabeza a un pozo de problemas.
Alguien golpea la cabeza de Mitchell con una jarra en la casa de la víctima, causándole una grave conmoción cerebral, pero el samaritano no suelta prenda ante la policía. La detective responsable del caso es, además, el personaje más entrañable y carismático de la novela, una inspectora con problemas que le debe a Mitchell un favor de juventud.
Y es de este modo que asistimos a una galería de personajes que en no pocas ocasiones rozan el patetismo, almas en pena que van y vienen, que regresan desde el pasado y se manifiestan en el presente como espectros materializados a partir de la nada.
El samaritano es también una de esas novelas en las que el autor describe un par de figuras simétricas e introduce pequeños matices que, en mitad de la semejanza, están llamados a resonar como truenos. Así, tanto Mitchell como Nerese, la detective a cargo del caso, demuestran la misma disposición a desplegar una generosidad inusual y conmovedora, aunque no es difícil darse cuenta de hasta qué punto la de Nerese procede de una bondad natural --curiosamente, Nerese menciona que es cristiana, y que confía en Dios--, mientras que la de Mitchell está revestida de una cierta artificialidad. Desde este punto de vista, era inevitable que ella adoptara finalmente una visión más esperanzadora de la vida.
Novela magnífica, sí señor.
El samaritano está disponible en la Casa del Libro.
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