Menos que cero -- Bret Easton Ellis

jueves 24 de mayo de 2007 a las 13:07

El salvaje Ellis publicó su primera novela a comienzos de la veintena: Menos que cero es esa novela. Me figuro que debería definirla como 182 páginas de vacuidad moral escritas en primera persona por un paradigmático niño rico californiano, pero una síntesis tan sucinta no le haría justicia, si bien contribuiría a ofrecer una primera imagen bastante acertada. Dejadme que sitúe en el primer párrafo lo peor que tengo que decir: no es la obra de un genio y no demuestra una madurez superior a la que un veinteañero con la suficiente vida social es capaz de identificar en su entorno. Menos que cero no me impresionó, incluso aunque eso es lo que uno espera encontrar al abrir un libro forjado en la fragua estomacal de Ellis. El estilo lineal y sencillo confiere al texto una urgencia que ni siquiera las escenas más abstractas, por así decir, como por ejemplo los episodios situados en el desierto, logran frenar. Es, en suma, una novela más que correcta, pero, en mi humilde opinión, nada más.

Ahora, lo bueno. Se trata de una lectura rápida y agradable. Es lo bastante breve para que la vaciedad a la que aludía no pese como plomo en la garganta del lector. Ofrece un interesante retrato, quizás algo hiperbólico --necesariamente hiperbólico, más bien--, de los muchachos ricos y malcriados de Los Ángeles. Todo significa nada, y aunque esa forma de vivir la vida nos causa una profunda congoja a la mayoría de las personas, la quirúrgica, desapasionada descripción de la misma que Ellis realiza la dota de un interés antropológico y, por qué no decirlo, morboso. Sin embargo, algunas reacciones un tanto moralistas que experimenta el protagonista, como por ejemplo en la escena en que un amigo suyo se prostituye para saldar unas deudas, estallan como burbujas de estaño en mitad del relato. Cuidado con las esquirlas.

Si la pregunta es: «¿recomendarías la novela?», la respuesta es sí. Tanto para situar a ese gran escritor que es Easton Ellis (dígase Lunar Park), como para asistir como espectador, animada, aunque también dolorosamente, a un estilo de vida, el de los pobres niños ricos, que ha sido proyectado tradicionalmente como un juego de malabares para bobos en el que la Felicidad siempre gana. OC y Sensación de vivir son también dos ejemplos de vacío moral, precisamente por la falta de vida --es decir, por lo falsa que resulta la existencia de los personajes--, y Menos que cero, la nada, la absoluta nada, dibuja en nuestros estómagos, en la raíz de los instintos más primitivos, un escenario a la vez atávico y extremadamente actual, como un meteoro que conecta la indolente profundidad del cosmos con las aspiraciones más ancestrales del hombre. Lo cual es lo mismo que decir, las esperanzas envueltas en precioso papel de desengaño.

Nota: hace meses, si no un año, que leí esta novela. Tal vez la memoria me engañó en algún momento. ¡Lo siento! :)

Menos que cero, al igual que toda la obra de Bret Easton Ellis, puede adquirirse en Casa del Libro.

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La chica que amaba a Tom Gordon -- Stephen King

domingo 20 de mayo de 2007 a las 7:59

Me pasé la adolescencia leyendo y releyendo libros de Stephen King. Algunos de mis relatos de terror favoritos están firmados por el fornido novelista de Maine, como por ejemplo Los misterios del gusano, de El umbral de medianoche. Impulsado por la nostalgia y el placer de la literatura preternatural bien escrita, leo Cementerio de animales una vez al año, y Jude Crandall sigue siendo uno de los personajes literarios más sólidos que recuerdo. Las historias de Stephen King reclaman justa presencia cuando rememoro los veranos de mi juventud, y nunca le agradeceré lo suficiente todas las horas de placer que me ha proporcionado a lo largo de mi vida. Por mucho tiempo fue mi escritor favorito, pero ya no más.

Raramente termino de leer los libros que me aburren. Sin embargo, he concedido a King tres indulgencias: El juego de Gerald, Buick 8. Un coche perverso, verdadero plomo del que Stevie se siente bastante orgulloso, según menciona en su espléndido Mientras escribo, y La chica que amaba a Tom Gordon. Resulta, sin embargo, que El juego de Gerald y ésta última son la misma novela. Genial, ¿verdad?

La pequeña Trisha McFarland se pierde en el bosque mientras realiza una excursión con su madre y su hermano: en eso consiste toda la historia. Los juegos psicológicos presentes en La chica se dejaron ver ya en El juego de Gerald (donde una mujer asesta un mal golpe a su marido, quien muere de un ataque al corazón, dejándola encadenada a la cama en mitad de ninguna parte), y la emoción y el ritmo son tan eficaces como una babosa tratando de mantener el equilibro sobre las hojas de un matorral. Si es que las babosas se arrastran sobre las hojas. Cuestión ésta, dicho sea de paso, bastante más interesante que las pueriles aventuras de La chica que amaba a Tom Gordon. Como suele decirse, pues cásate con él, si tanto te gusta.

La chica que amaba a Tom Gordon, así como la obra completa de Stephen King, se halla en Casa del Libro.

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