Tom Wolfe alcanzó la celebridad hace varias décadas gracias a su habilidad para emplear todo tipo de recursos originales en sus descripciones del mundo que lo rodeaba. Incluso lo encumbraron como padre del llamado --y no siempre bien definido-- «nuevo periodismo», aunque se vio obligado a compartir ese honor con Norman Mailer, con Truman Capote y con el bonzo Hunter S. Thompson, quien, por cierto, se descerrajó un tiro en la boca hace algún tiempo, suicidio que motivó un delicioso y sentido obituario de Wolfe.
Se me ocurre que hoy día todos los blogueros deberían echarle un vistazo a las crónicas periodísticas del reportero de blanco y, con un poco de suerte, empaparse tanto de su ingenio, cosa difícil, como de su maravillosa habilidad para utilizar un lenguaje chispeante e inmediato que me hace pensar... sí... en lo bien que le sentaría a la blogosfera...
En fin, terminé de leer ayer una corta recopilación de viejos artículos sesenteros de Tom Wolfe. Me refiero a El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de rol; ya ves, si tu profesor de informática te pregunta por el título de libro más largo que conoces, puedes dejar que éste caiga como una losa sobre su cabeza.
El volumen contiene cuatro artículos. El primero de ellos da título a la compilación y describe bastante festivamente lo que debieron de ser los tiempos germinales del tuneo de automóviles, aunque la traducción hispana lo ha dejado en un exótico «pichicateo». Por aquella época los jóvenes abandonaban el hogar paterno, ponían rumbo a la luminosa Los Ángeles y se esforzaban desesperadamente en hacerse un nombre en el negocio de la «personalización» de vehículos motorizados. Como suele ocurrir cuando se trata de destacar en una actividad creativa, la gran mayoría de contendientes se quedó en el camino. Una lástima, claro. Por cierto que el artículo de marras protagoniza una famosa anécdota que habría de dar el pistoletazo de salida a la fulgurante carrera de Wolfe. Y es que el reportero sureño no sabía qué forma darle al texto, de modo que llamó por teléfono a su jefe, por aquel entonces el director de la revista Esquirer, y le explicó cuán mal andaban las cosas. Replicó el mandamás que se limitara a enviarle sus notas, que un escritor competente realizaría el trabajo final, pero, cuando el tipo tuvo el manuscrito de Wolfe en sus manos, ¡vio que aquello era auténtica dinamita! De hecho publicó el texto tal cual aparecía sobre el papel, y el resto es historia.
El presente volumen incluye asimismo Arquitectura electrográfica, artículo en el que el autor discurre sobre la explosión de cierto tipo de arquitectura determinada básicamente por las necesidades de publicidad y exhibición --en realidad, el objeto del texto tiene más que ver con los artistas comerciales que con los propios arquitectos --.
Los muchachos de la melena ofrece a Wolfe la oportunidad de explayarse sobre el desarrollo de nuevas modas en la Costa Oeste de los Estados Unidos en los ’50 y ‘60, y cómo el transcurso de los tiempos ha propiciado que los usos y costumbres hayan evolucionado de manera sorprendente; vestimentas de rol carismático --como los suntuosos trajes de un rey, que simbolizan su majestad--, vestimentas de trabajo --el mono funcional de un mecánico, por ejemplo--. Bueno, eso es algo maravilloso.
Por último, Las Vegas (¿Qué?) Las Vegas (¡No te oigo! Mucha bulla) ¡¡¡Las vegas!!! da fe de la capacidad de Tom Wolfe para captar las sutilezas de los paisajes y paisanajes urbanos. La celebérrima capital del juego no es un sitio tan bueno como cualquier otro para empezar: es el mejor, con todas esas luces espectaculares, y las muchachas que mueven las caderas así, los ancianos de sesenta años --supongo que por aquella época, a los 60 se era viejo-- que pasan las vacaciones dilapidando el dinero en los hoteles casino, y las viejas harpías solitarias que se aferran con una fe verdaderamente fervorosa a las máquinas tragaperras.
Insiste siempre Tom Wolfe en que la vida de su país constituye un carnaval tan maravilloso que los escritores estadounidenses deberían sentirse obligados a retratarla, pero, tras leer a Wolfe, uno comprende la profunda dificultad de semejante tarea: más que un modelo de trabajo, el dandy más famoso de las letras americanas es un espejismo inalcanzable.
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Etiquetas: prosa, Tom Wolfe, USA
¿Qué hay de un libro cuya primera lectura, desde la que han transcurrido varios años, fue una turbadora combinación de la dureza del whisky ardiendo contra las paredes de la garganta y un chorro de suavísima crema de nata? Estoy hablando de la novela Casa de arena y niebla, que hace un par de semanas leí por segunda vez. (Aunque mis afición a la relectura sorprende a menudo a mis conocidos, tengo mi récord en unos diez barridos de Cementerio de animales, ficción zombífica de Stephen King que incluso a día de hoy, cuando el adorable gigantón de Maine se ha desplomado del Olimpo de mis escritores súper ultra mega favoritos --o sea, Tom Wolfe y P.D. James--, me sigue suscitando un placer tan pacífico como la sonrisa de un niño.)
Casa de arena y niebla constituye una tragedia griega en toda regla, si nos atenemos a las palabras del autor, André Dubus III, y las tres primeras cosas que le vienen a uno a la cabeza a medida que pasas las primeras páginas son las siguientes: una, que es adictiva; dos, que resulta básicamente verosímil, y en parte gracias a eso, la empatía se infiltra en las venas como una inyección antibiótica (sobre todo si los virus han perdido el juicio); y tres, que las cosas terminarán verdaderamente mal, aun cuando uno espera en lo profundo de su ser que el asunto se solucione como por arte de magia y los protagonistas vivan felices y coman perdices.
La exitosa novela de Dubus, que se encumbró en las listas de best–sellers y superó los tres millones de ejemplares vendidos, debido en cierta medida a la propiciatoria recomendación de Oprah Winfrey en su club de lectura, narra cómo un absurdo error burocrático obliga a una chica, ex drogadicta y ex alcohólica, a la sazón abandonada por su marido (ex drogadicto y ex alcohólico), a desalojar su casa, que es vendida en una subasta y adquirida por... bueno, por un ex coronel del ejército imperial del sah Pahlevi antes de que el ayatolá Jomeini se dejara crecer la barba y ocurriera todo aquel feo asunto en Irán... que dura todavía hoy... El ex coronel posee el carácter más carismático y subyugante del relato, quizá a causa de que historias como la suya no han sido tan sobadas en la literatura y el cine como las de chicas blancas disfuncionales. El ex coronel, que había sido una auténtica autoridad en su país de origen, se ve degradado en Estados Unidos con trabajos de poca monta y, lo que es peor, es sometido a una flagrante pérdida de prestigio. Para colmo de males, su melancólica esposa lo culpa de sus desdichas actuales. Por otro lado, la chica, la desahuciada, comienza una relación llena de suspicacias y temores con el mismo ayudante del sheriff que la forzó a abandonar su casa. Y creedme cuando os digo que las cosas se tuercen. Se tuercen de veras.
Se trata de una novela intensa y persuasiva, aunque resulta difícil describirla como una gran obra. Quizá lo sea. He pensado mucho en ello pero no he llegado a una conclusión de la que me sienta satisfecho.
El relato está narrado a tres voces, dos en primera persona/ presente histórico --el coronel y la muchacha--, y la tercera omnisciente, que corresponde al autor. El lenguaje es tan limpio y elemental que parece fresco y veloz como una llovizna de verbos y sustantivos. Resulta muy adecuado dadas las características de la trama, con la que encaja a la perfección, pero en alguna ocasión la simpleza se vuelve casi banal.
Por otro lado, el dramático final constituye una verdadera tortura emocional, y en algún momento uno llega a preguntarse si no estará siendo chantajeado deliberadamente por el autor. Tal vez sí. Incluso puede uno experimentar la sensación de que todas las dudas de los personajes, y las casualidades y el deus ex machina–invertido final han sido sembrados por una inteligencia invisible, lo cual presenta un problema. Esa inteligencia corresponde a la astucia del escritor, que se divisa como un reflejo entrevisto en la niebla. Sin embargo, es mi opinión que la obligación de un escritor consiste en mantenerse al margen y permitir que los acontecimientos se sucedan con naturalidad...
En conclusión, novela superior a la media. La profundidad psicológica de los personajes resulta consistente en su conjunto, con algunas excepciones un tanto artificiosas. Pero si se trata de recomendar su lectura, lo haría sin reservas.
Casa de arena y niebla se encuentra en Casa del Libro.
Etiquetas: André-Dubus-III, drama, ficción, novela, prosa, USA