Stephen King, confundido con un vándalo

viernes 17 de agosto de 2007 a las 7:49

Stephen King fue confundido con un vándalo por la propietaria de una librería cuando vio a un desconocido firmando unos libros. Se trataba del propio King autografiando ejemplares de sus novelas. La BBC comunicó así la noticia.

(Vía PajamasMedia.com.)

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Clase nocturna -- Tom Piccirilli

jueves 16 de agosto de 2007 a las 11:14

La novela Clase nocturna de Tom Piccirilli me hizo pensar tres cosas mientras la aferraba entre las manos, las siguientes: que este escritor literalmente descomunal, robusto como un toro, posee nociones avanzadas sobre el tipo de escenas insólitas e insinuantes que hacen que se te hiele la sangre bajo la piel; que la prosa poética puede ser muy útil para reforzar la sensación de inquietud si uno es capaz de dominar las sutilezas del idioma; y que el lenguaje poético puede volverse lo bastante pesado para aplastar una trama como a una mosca de verano si no se emplea con moderación.

Tras las vacaciones de invierno, Caleb Prentiss descubre que un asesinato ha sido cometido en su dormitorio. Sobre la víctima y las circunstancias del crimen poco se sabe, y Prentiss se propone adentrarse en el misterio. Sumido en una creciente obsesión, trata de desentrañar el enigma sin reparar en la forma en que éste lo está alterando, y poco a poco, con las manchas de sangre seca de la víctima adheridas a las paredes de su dormitorio y fenómenos extraños sucediendo a su alrededor, cerniéndose sobre él como una serpiente pitón, Prentiss se aproxima a una solución que puede tanto impresionar como decepcionar al lector. Mucho me temo que, en lo concerniente a mí, al pasar la última página me sentía ya un poco cansado.

Piccirilli es un autor hábil, sobresaliente en algunos aspectos. Las frases de una gran fuerza poética que inserta en el transcurso de la trama tienen la cualidad de reafirmar la inquietud que uno ya había empezado a experimentar. Sin embargo, el exceso de poesía reduce su eficacia, como si el abuso la vulgarizase, y finalmente constituye más un lastre que un elemento favorable. Otra de las habilidades sobresalientes de Piccirilli es la naturalidad con la que consigue que personajes convencionales se vuelven excéntricos e incluso perturbadores, y cómo las escenas están revestidas de una oscuridad casi tóxica, enfermiza, envueltas en una pátina que puede resultar tanto triste como descorazonadora y decadente.

Clase nocturna narra primero una obsesión personal fruto de una escena poderosa, el asesinato de una joven de dieciocho años y el silencio que se ha instalado alrededor del suceso, y a continuación se transforma en una versión adulta de las películas de leyendas urbanas para adolescentes que Hollywood fabrica como churros. Pero donde los protagonistas de los films son planos en el mejor de los casos, y decididamente inverosímiles en el peor, aquí la psicología cobra fuerza y forma (y tanto la fuerza como la forma son tan disfuncionales que hacen pensar en los secretos que se cuecen en las interioridades de las grandes ciudades).

Existe una edición muy barata de la presente novela, de modo que uno puede dar cuenta de ella para decidir si merece la pena seguir de cerca el trabajo de Piccirilli, o si por el contrario sumamos su nombre a nuestra lista negra de escritores a evitar. Es una decisión personal.

Compra con toda comodidad Clase nocturna, así como otros libros de Tom Piccirilli, en Casa del Libro.

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Nuestra Señora de las Tinieblas -- Fritz Leiber

martes 14 de agosto de 2007 a las 10:19

Supongo que los motivos que le hacen a uno disfrutar de una novela son tan diversos como la propia variedad humana, y, aunque ciertamente esta premisa es utilizada a menudo para justificar la existencia incluso de los libros más inmundos, no tengo intención de transitar en este momento por ese camino. Hay novelas buenas y malas novelas, buenas novelas aburridas y novelas malas absorbentes. No siempre es fácil decantarse por la primera opción, pues, ¿no debe ser gozo, incluso en sus manifestaciones más melancólicas y tristes, lo que ha de proporcionar un autor de ficción a sus lectores? Sin duda que ésa es precisamente mi opinión, y ha resultado oportuno que, a lo largo de mi vida como devorador de libros, los escritores que más profundamente han cavado en mi carácter hayan compartido esta teoría: lo primero, el entretenimiento.

Decía que hay mil motivos por los que una obra de ficción puede captar tu atención hasta el punto de que te conmueve el alma, y no siempre la calidad es uno de los factores determinantes. No obstante, resulta muy consolador que escritores brillantes sean asimismo verdaderos showmans de las letras, por decirlo de algún modo. En fin, me vienen a la cabeza un par de novelas autobiográficas de Gerald Durrell, Mi familia y otros animales y Bichos y demás parientes; al margen del ingenio desplegado por Durrell en ambos títulos --dos tercios de la Trilogía de Corfú--, lo que me atrapa siempre en sus lecturas y relecturas es la visión a través del tiempo de una infancia cálida y pacífica tan luminosa y entrañable que más parece ficción. Por supuesto que Durrell debe de haber limado algunas asperezas para que la cosa quedara redonda, ya me entendéis, pero el trasfondo de infinito placer infantil resulta tan puro y natural que resulta muy difícil discutir su verosimilitud. Y por eso me vuelven loco esos relatos: mientras los leo, preferentemente durante las tardes de verano, mi propia infancia, muy poco satisfactoria, pierde toda su importancia y vivo lo que antes vivió Durrell. Me adueño de una existencia que, por lo demás, el concede generosamente.

Otra de las novelas que me hacen feliz porque me transportan a tiempos imposibles, y no tanto por la trama --no es que la desdeñe-- es Nuestra Señora de las Tinieblas, brillante relato de terror de Fritz Leiber. (¿Has escuchado alguna vez la expresión «espada y brujería? Pues la acuñó él.) Compré el libro a precio de saldo, supongo que justo antes de que la editorial, de la que no tengo ninguna referencia, lo retirara del mercado y lo transformara en pulpa de celulosa. Caballeros, permítanme decirles que disfruté ese libro como un niño un caramelo.

Franz Western, guionista y autor de historietas de terror de tercera fila, reside en un edificio de apartamentos del exótico San Francisco de los años ’70. Comparte pasillos y plantas con una intérprete de clavicordio, amiga suya, y con dos colegas solteros sobre quienes pende la sospecha, en absoluto relevante para la trama, de la homosexualidad. (Insisto, todo tiene lugar en la inclinada San Francisco.) Cierto día, mientras otea la ciudad con unos binoculares, descubre a un tipo de lo más excéntrico danzando locamente en una distante colina, visible desde su apartamento. Más tarde, impulsado por la curiosidad, Franz realiza una excursión a aquel lugar. No diré lo que allí sucede, porque es la mejor parte de la novela, pero puedo anticipar que la sangre se espesó en mis venas y el miedo, en su variedad más vacía y primitiva, perduró en mis entrañas durante varios días. O, para decirlo con mayor exactitud, durante varias noches: soy criatura nocturna.

La cuestión es que en lo sucesivo Franz comienza a investigar a un tipo verdaderamente misterioso, Thibaut de Castries, que había formado un círculo de ilustres personajes a su alrededor varias décadas atrás. Entre sus colaboradores se encontraba Clark Ashton–Smith, el afamado poeta, pintor y autor de cuentos de horror, y es aquí donde la realidad comienza a mezclarse con la ficción.

Nuestra Señora de las Tinieblas posee la poderosa capacidad de inocular una intensa nostalgia en las entrañas del lector, tanto el viva–la–vida San Francisco de la década de la liberación sexual, los hippies y todo lo demás, como el San Francisco de artistas innovadores y mentes brillantes de la primera mitad del siglo XX. La verdad es que no sé si las cosas ocurrieran verdaderamente así, pero suena tan persuasivo que uno experimenta deseos de practicar un pequeño viaje en el tiempo.

Escrita con un estilo limpio y consistente, la novela proporciona todo tipo de placeres: el del lenguaje empleado con refinamiento; el de tener acceso a la intimidad de personas interesantes; la nostalgia de tiempos pasados que han devenido míticos; y el de una trama absorbente y bien estructurada, aunque poco pretenciosa, que siempre ofrece la oportunidad de pasar varias horas de placer.

A propósito, el título de la novela hace referencia al trabajo de Thomas De Quincy; aún más, el maravilloso relato de Leiber comienza con una larga cita de éste:

Pero la tercera hermana, que es también la más joven... ¡Cuidado! ¡Susurrad cuando habléis de ella! Su reino no es grande, o de lo contrario no habría nada con vida, pero dentro de ese reino todo el poder es suyo. Su cabeza, enorme como la de Cibeles, se alza más allá del alcance de la vista. Nunca baja la mirada, y sus ojos, al elevarse tanto, puede que queden ocultos por la distancia. Pero, siendo lo que son, no pueden ocultarse. Puede leerse desde suelo, a través del tenue velo negro que lleva, la fiera luz de una ardiente miseria, que no descansa mañana ni tarde, ni a mediodía no a medianoche, ni en la pleamar o la bajamar. Ella es la que desafía a Dios. Es también la madre de las locuras, y la que induce a los suicidas. Las raíces de su poder son profundas, pero la nación que gobierna es pequeña. Pues solo puede acercarse a aquellos en los que una naturaleza profunda ha sido soliviantada por convulsiones centrales, aquellos en quienes el corazón tiembla y el cerebro se mece bajo tempestades de conspiraciones interiores y tempestades exteriores. La Madonna se mueve con los pasos inseguros, rápidos o lentos, pero siempre con trágica gracia. Nuestra Señora de los Suspiros se arrastra tibia y furtivamente. Pero esta hermana más joven se mueve con gestos incalculables, rebotando, y con saltos de tigre. No lleva ninguna llave, pues aunque aparece rara vez entre los hombres, derriba todas las puertas en las que se le permite entrar. Y su nombre es Mater Tenebrarum, Nuestra Señora de las Tinieblas.

Maravilloso.

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Cell -- de Stephen King

lunes 13 de agosto de 2007 a las 7:04

Las cosas funcionan del siguiente modo: durante toda tu adolescencia idolatras a un escritor --sí, yo fui ese tipo de muchacho-- y cuando creces, maduras y experimentas las primeras pulsiones suicidas, descubres que otros novelistas se han adueñado del lugar de tu corazón que hasta ese momento había ocupado... bueno, digamos que Stephen King. Si a eso le sumas que a estas alturas la antigua estrella tan sólo escribe basura, entonces la decepción abre una profunda fisura en tu estómago y tú miras para otro lado.

Mi premisa es ésta: Mientras escribo fue el último buen libro de Stephen King, ¡y no era una novela! La cosa es que se trataba de un ensayo sobre el oficio de escritor, desde los inicios hasta que un conductor pirado te machaca del primer al último hueso del cuerpo, que es justamente lo que le sucedió al Hombre Lúgubre de Maine.

Compré una edición limitada y tirada de precio de Cell pensando que, en el peor de los casos, aún cuando se tratara de la bazofia más pura que hubiese pasado por mis manos, no habría perdido demasiado: 6 euros libres de gastos de envío, pues saqué partido de una promoción de la Casa del Libro.

La novela describe el mundo apocalíptico que queda como resultado de lo que podríamos denominar «un conflicto telefónico a gran escala», pues todo aquel que recibe una llamada a través del móvil, ¡se vuelve zombi! La idea principal resulta curiosa, si bien no demasiado atractiva ni original: ya se ha trabajado antes con ella, aunque de momento sólo me vienen dos historias a la cabeza, una literaria y otra cinematográfica: por un lalo, los espíritus inquietos del más allá utilizaban una pantalla de televisor para ponerse en contacto con la pobre Carol Ane en la película Poltergeist; por otro, las se electrozombifican en un relato de King que él mismo trasladó a la gran pantalla en un film del que el propio director parecer recordar muy poco. Hace bien: yo me he esforzado en olvidarlo. Sin éxito.

Las doscientas primeras páginas de Cell son insufribles a pesar del prometedor primer párrafo... pues hasta este punto hemos llegado... y asistimos a una descripción anodina e inverosímil de una sociedad occidental reducida a cenizas. Hoy día los tipos chiflados que se dedican a morder cuellos ya no impresionan, pero Stephen King no parece haberse dado cuenta; o puede que sencillamente le importe un bledo: decenas de miles de lerdos estamos dispuestos a seguir comprando sus libros cuando la inspiración ya lo ha abandonado, y un porcentaje notable de esos compradores compulsivos está preparado para dar opiniones de lo más favorables en cuanto se les presente la oportunidad. Y con la explosión de los blogs, todo el mundo cuenta con la posibilidad de decir todo aquello que le venga en gana en cualquier momento.

El protagonista, Clayton Riddell, de visita en Boston, encuentra un par de amigos inopinados durante el primer tramo de relato, una chica que ha visto enloquecer y morir a su propia madre --trauma del que se recupera con animosa facilidad--, y un tipo homosexual, bastante ridículo y estereotipado, sin familia, resentido de la religión y dueño de... en efecto, de un gato. Lo cual es siempre un síntoma de homosexualidad latente.

En fin, poco hay que decir de una novela mala. El prota trata de regresar a su hogar para salvar a su hijo y bla, bla, bla. Zombi va, zombi viene: es como La noche de los muertos vivientes pero con presunciones sociológicas. Fin.

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Posdata: Stephen King tiene el mal gusto de dedicar su horrible novela a dos tótems del terror del siglo pasado: George Romero (director de la mencionada La noche...) y Richard Matheson (autor de Soy leyenda). La dedicatoria no es casual, claro.

Cell, así como toda la obra de Stephen King, se encuentra en Casa del Libro.

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