Fue muy curioso: la primera vez que leí un libro de P.D. James, decidí que no le daría una segunda oportunidad. Claro que mi palabra no vale absolutamente nada, de modo que al cabo de un tiempo compré un ejemplar en edición de bolsillo de otra de sus novelas, y la entrañable reina de la novela negra se convirtió en mi segunda escritora favorita, por detrás sólo de Tom Wolfe.
Lo que en un primer momento me disgustó de James, lo mismo que luego me cautivó y me convirtió en una especie de fanático de esta escritora octogenaria, fue la frialdad polar que flotaba como una neblina sobre las páginas de sus relatos, el desapego con que se aproxima a sus personajes, a las emociones, al horror, al crimen, a todo lo patético que albergamos en nuestras vidas. Supongo que para P.D. James la única manera de abordar un crimen es la eficacia policial, y más nos vale a sus lectores renunciar a todo deseo de compasión y humanidad. P.D. James es el acero.
Aquella primera novela fue Una cierta justicia, en la que el detective y poeta Adam Dalgliesh investiga el asesinato de la reputada abogado de la Corona Venetia Aldridge. Como es de rigor, existen varios sospechosos con motivos sobrados para desear la muerte de la abogada. En al menos uno de los casos, ese motivo fue lo bastante poderoso para impulsar a una persona a cometer el crimen.
Una cierta justicia contiene todos los elementos de una buena novela negra, y también todos los elementos característicos de la autora: la víctima es una persona lo bastante relevante para justificar que el caso pase a manos del equipo de élite de Dalgliesh; la víctima carecía del tipo de personalidad seductora que nos hace lamentar una muerte, pese a lo cual ha de imponerse el deseo de justicia. La hija de Venecia, Octavia, una muchacha fea, irritante y poco perspicaz, había iniciado una relación inverosímil con el enigmático Garry Ashe, uno de los últimos clientes de la abogada. Se lo acusaba del asesinato de su tía. Y Venecia constituía un auténtico quebradero de cabeza para todos sus colegas en el tribunal en el que desempeñaba su trabajo.
Los personajes nacidos del fino ingenio de James son siempre sujetos extremadamente fríos, algo así como materializaciones del tópico inglés, y su suspicacia ante la autoridad y su desinterés por la muerte, en contraposición a la gravedad de su propia seguridad y comodidad, hacen al lector sentirse como espectador de una jungla poblada por animales feroces. Es difícil experimentar el menor rastro de simpatía por ninguno de los protagonistas ni secundarios, e incluso la personalidad de Dalgliesh, aunque carismática, difícilmente despierta apego: en realidad eso es algo que él no desea, y que ciertamente no necesita.
Una cierta justicia brinda una magnífica galería de retratos morales, y quizá sea justamente la hondura del perfil psicológico dibujado por la autora lo que convierte esta travesía en una vivencia casi inhóspita. Por otro lado, P.D. James es una perfecta narradora de las relaciones que se establecen entre las personas, tanto las íntimas como las puramente sociales: y es que en las novelas de la autora británica, la estructura de clases sigue condicionando el carácter de las personas.
Ningún cabo suelto, móviles sólidos como rocas y unos investigadores impulsados siempre por el deseo de aplicar una cierta justicia: eso es, como de costumbre, lo que P.D. James tiene que ofrecer.
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Me figuro que a estas alturas es ya demasiado tarde para tratar de cambiar las cosas, y a Ira Levin lo conoceremos por siempre jamás como el autor de La semilla del Diablo, el libro sobre el que Roman Polanski rodó el film clásico de idéntico nombre. Por supuesto, se trata del mismo autor que publicó Los niños del Brasil, sobre experimentos sociológicos y genéticos para reproducir un clon biológico y psicológico del genocida Adolf Hitler, y Las mujeres perfectas, que revelaba aquello que se esconde bajo la piel de las supuestas esposas ideales.
Sin embargo, el sello del Diablo siempre permanece grabado profundamente sobre la conciencia del lector, al menos si se elabora con talento, y a Levin la sombra del viejo Enemigo lo mantiene sumido en una especie de lúgubre oscuridad.
Ira Levin recuperó algunos de los personajes principales de La semilla del Diablo en la continuación, titulada El hijo de Rosemary. Tras varias décadas sepultada en un estado de coma inducido, y coincidiendo con la muerte del doctor Stanley Shand, el último superviviente del cónclave satánico, Rosemary recupera la conciencia para descubrir que su hijo se ha convertido en una celebridad internacional de tal magnitud que difícilmente se puede comparar a ninguna otra, con excepción, por supuesto, de un Jesucristo redivivo. Adrian Steven Castevet, el hijo de Rosemary, se ha propuesto hacer descender la paz sobre el mundo, y resulta bastante curioso que el mundo se muestra dispuesto a dejarse engatusar por Andy, pues así le llaman. Básicamente en esto consiste el libro.
El estilo narrativo es tan personal que podría identificarse una oración escrita por las manos de Levin en mitad de una biblioteca reducida a toneladas de páginas sueltas, lo cual es bueno. Resulta saludable disfrutar de determinadas características literarias que no se reproducen continuamente como un patrón. Las frases son rápidas, organizada su estructura sintáctica de modo que el lector se ve obligado a mantenerse alerta del ritmo y de dónde comienza y dónde termina cada cosa.
Pero eso no basta. Leer el libro es tan sencillo que podríamos ahorrarnos el trabajo de recorrer las líneas con los ojos: para ello bastaría con convertirlo en mermelada y untarlo sobre una buena rebanada de pan. En este sentido es fantástico. Pero la idea de un tipo capaz de poner de acuerdo a prácticamente todo el planeta, incluso aunque ese tipo sea el hijo de Lucifer, no tiene mucho sentido y desde luego la verosimilitud no es una de sus bazas. Mal asunto. Y el final parece apropiado para terminar las historias de una aspirante a escritora adolescente muy poco original. Algunos elementos obscenos y perturbadores, como la inclinación de Andy Ojos de Tigre a toquetear procazmente a su madre dotan al relato de un matiz repulsivo muy oportuno en este contexto. Pero no hay más. Lectura agradable por la facilidad con la que se desenvuelve la trama, pero no por su originalidad, su honestidad, su fuerza ni, ciertamente, por el talento, limitado, muy limitado, que despliega.
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El siempre macabro Stephen King demostró su habilidad para actualizar y barnizar de un matiz cotidiano los relatos de horror clásicos con El misterio de Salem’s Lot, novela con la que aprovechó la magnífica oportunidad que se le brindaba de extirpar al conde Drácula de los escenarios victorianos en los que Bram Stoker lo había situado, y suturarlo en un pequeño pueblo de los Estados Unidos. El resultado fue, según recuerdo --presté mi ejemplar y jamás me lo devolvieron, de modo que nunca lo he releído--, espectacular.
El joven doctor Louis Creed accede a un puesto de trabajo en los servicios médicos de una Universidad de Nueva Inglaterra. Procedentes de Chicago, tanto Creed como su esposa, Rachel, quien profesa un temor morboso por la muerte, y los hijos del matrimonio, Ellie, a quien acompaña su gato Church, y el pequeño Gage, se trasladan a vivir a una mansión situada a las afueras de la ciudad y en la linde de vastos bosques habitados antaño por los indios micmac. Allí los Creed traban amistad con el anciano Jude Crandall y con Norma, la mujer de éste. Y es el propio Crandall quien los lleva de excursión al cementerio de animales, un viejo claro en el bosque donde los niños del pueblo habían enterrado tradicionalmente a sus mascotas.
Sin embargo, las cosas empiezan para Louis mal en su lugar de trabajo. Durante la primera jornada, el alumno Victor Pascow es atropellado y muere en manos de Creed. Ciertamente no es el modo de comenzar que nadie desearía. Aquella misma noche, Louis despierta en la oscuridad y encuentra a Pascow al pie de su cama. Pascow lo invita a seguirlo y lo conduce de nuevo al cementerio de animales, donde se detiene; y, mientras señala una acerba montaña de ramas de árboles, lo exhorta a no cruzarla jamás.
Pero Creed, guiado por Crandall, acude al cementerio primero, y a lo que hay más allá a continuación, para dar sepultura al gato de su hija, al que un camión ha arrollado en la carretera que discurre frente a su casa. Creed, sumido en el escepticismo y la contrariedad, entierra al animal en el suelo de piedra de un viejo cementerio indio. Poco después, la mascota regresa viva a casa.
No todos los lectores que han dado una oportunidad a Cementerio de animales albergan sobre ella una opinión tan favorable como yo, pero me siento obligado a admitir que durante años ésta fue mi novela favorita entre las favoritas. Desde luego, las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero incluso la sencilla acción de abrir el libro y leer un par de líneas para situarme, mientras escribía este post, me ha causado un suculento subidón en su variedad más melancólica. Y es que Cementerio de animales, pese a lo que puedan opinar otros, me ha parecido siempre una de las grandes joyas del terror nacido fruto del ingenio de Stephen King.
Por un lado, el rey del terror combinó elegantemente dos elementos diferentes del género horrífico: por un lado, las historias de zombis; por otro, la leyenda aborigen americana del Wendigo, una especie de dios terrible al que se han dedicado cuentos como El wendigo, de Algernon Blackwood, y películas como Ravenous, en la que un grupo de miliares aislados en un paso de montaña se desatan a las inopinadas bondades del canibalismo.
En cualquier caso, Cementerio de animales posee algunos elementos literarios verdaderamente maravillosos: por poner un ejemplo, los personajes fueron construidos por King con un refinamiento tan sutil que los dotaba de una vida que parecía flotar en relieve por encima de las páginas impresas. Especialmente el anciano Jude Crandall, quizá el personaje más sólido confeccionado por Stephen King a lo largo de su dilatada carrera. También el uso de los elementos de la naturaleza como instrumentos para conmocionar al lector cobran aquí especial fuerza, y fe de ello da el pasaje en el que Jude guía a Louis a través del bosque para enterrar a Church en el viejo cementerio micmac, cuando Crandall advierte a su amigo de que quizá vea cosas extrañas, pero que probablemente no sean más que producto de la combustión de los pestilentes gases del pantano.
El desarrollo moral de los personajes es consistente en su mayor parte, aunque algunas referencias de psicología de andar por casa resultaban un tanto ridículas, como el resentimiento de Louis a su madre porque ésta le mintió sobre la verdadera procedencia de los bebés. Por otro lado, el progreso de la trama cobra velocidad a medida que pasan las páginas, y el dramatismo se infla tanto que, llegados a cierto punto, la maldad ya lo ha emponzoñado todo, incluso las manos con las que sujetamos nuestro libro.
Una lectura recomendable, muy clásica, que sin duda alguna habría recibido elogios de H.P. Lovecraft de haber tenido ocasión de leerla: no albergo la menor duda de que Cementerio de animales es una obra maestra de la literatura preternatural.
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Etiquetas: novela, prosa, sobrenatural, Stephen King, terror, USA