Mientras escribo -- Stephen King

sábado 22 de septiembre de 2007 a las 13:50

Suele ocurrir que las vidas vividas por las celebridades resultan mucho más interesantes a ojos del público que las mismas vidas vividas por un don nadie. La fama reviste la existencia de quienes la disfrutan de un aura de sofisticación a la vez terrenal y espiritual (por poco sentido que esto tenga). Ocurre lo mismo con la belleza física: el rostro que en mitad de la calle apenas motiva una segunda mirada, se vuelve tan apuesto que le hace a uno sentirse irresistiblemente atraído cuando se proyecta en el televisor o encima de un escenario. De idéntica forma, un hecho aparentemente prosaico cobra una importancia inusitada cuando ha intervenido, aunque sea sólo de un modo circunstancial, en la vida de un escritor, por poner un ejemplo.

Mientras escribo, el libro de Stephen King que tengo encima de la mesa en este momento, es una magnífica biografía trufada de buenos consejos sobre el difícil oficio de escribir.

Habiendo sido Stephen King mi novelista favorito durante los largos años de mi adolescencia, cuando devoraba los libros que llevaban su nombre en la portada con un insaciable apetito que tenía algo de obsesivo, me sentí de lo más decepcionado una vez que empezó a publicar novelas de una mediocridad tan ostentosa como Buick 8. Un coche perfecto. En su momento pensé que King se había comportado como un perfecto arrogante al sacar a la luz un libro que no sólo no le hacía ningún bien a él, sino que también causaba un verdadero problema a sus lectores: les aburría.

El cazador de sueños se reveló como una pérdida de tiempo y de dinero que engullí a trancas y barrancas noche tras noche en las horas previas al sueño, y La chica que amaba a Tom Gordon impactó contra mi cráneo como una piedra propulsada por un profesional del lanzamiento de pesos. Pequeñas estrellitas gravitaron como locas alrededor de mi cabeza. Sin embargo, en mitad de esta travesía del desierto de un escritor sin ideas y con una manifiesta incapacidad para reconocer sus crecientes limitaciones creativas, Mientras escribo asaltó el camino como un genio dispuesto a concedernos tres deseos. Y mi principal deseo fue que los muchos euros que invertí en el ejemplar en tapa dura, adquirido en la pequeña librería de un centro comercial sevillano, no se fueran por el sumidero como un pedazo de papel usado. El hado atendió mis plegarias.

Como ya dije, Mientras escribo ofrece una perspectiva nueva y auténticamente espectacular de la vida de Stephen King desde su niñez hasta los tiempos inmediatamente posteriores al accidente de tráfico --fue atropellado por un conductor ebrio-- que casi le expidió el ticket de viaje al más allá. Aunque no quiero sonar crudo, es evidente que aquella experiencia, por lo demás tan trágica como cabe suponer, le sentó muy bien a la moral literaria del actual rey del género de terror.

Lo primero que uno advierte al pasar las páginas del libro es que está tan bien escrito que casi resulta conmovedor. Supongo que el talento lo enternece a uno, y ese uno soy yo. En realidad da igual que el lector no sienta el menor interés por la vida, en muchos sentidos corriente y moliente, de Stephen King; tampoco importa demasiado que el lector no haya escrito una sola línea en su vida y que no tenga más interés en empezar a hacerlo ahora de lo que lo tiene en practicar paracaidismo con un paracaídas perforado. Pero Mientras escribo es la crónica vital de un hombre que ha aprendido a amar su trabajo desde lo más profundo de su corazón, y en este sentido el relato refleja el tipo de emociones impúdicamente confesadas que le hacen a uno quedarse prendado de las palabras, las frases y los párrafos.

Es posible que los lectores más sensibles sufran pequeñas convulsiones a medida que avancen en sus ejemplares y descubran secretos tan poco edificantes como que King fue un drogadicto de la peor clase, un tipo capaz de meterse en el cuerpo litros de enjuague bucal si con eso conseguía calmar los ardores de la abstinencia. También resulta conmovedor conocer la dura, agotadora y dolorosa rehabilitación a la que King fue sometido tras el aparatoso accidente de tráfico; y es que no parece fácil imaginarse al gigante del terror llorando como un niño.

En resumen, Mientras escribo es el mejor libro que King ha fagocitado en mucho tiempo. Si pudiéramos confiar en que esto se repitiera...

Todos los libros de Stephen King se encuentran en la Casa del Libro.

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El periodismo canalla y otros artículos -- Tom Wolfe

viernes 21 de septiembre de 2007 a las 10:18

Leyendo los artículos de Tom Wolfe recopilados y publicados en varios volúmenes a lo largo de los últimos tiempos, uno tiene la impresión de que se encuentra a bordo de una cápsula del tiempo que le permite transportarse en cuestión de segundos desde la década de 1960 hasta los primeros años del siglo XXI. Y es que el dandy de blanco ha sido siempre el gran cronista de América, uno de esos raros ejemplares de escritores provistos del instrumental completo necesario tanto para observar la sociedad --la presente, la pasada y la que se aproxima --, como para analizarla con lucidez y a continuación dejar constancia de ella por escrito. También en esta última fase Wolfe es un maestro, un astuto demiurgo de la recreación sociológica, como demuestran sus legendarios reportajes --El coqueto aerodinámico color caramelo de ron , por ejemplo-- y sus tres novelas editadas hasta el momento: La hoguera de las vanidades, Todo un hombre y Soy Charlotte Simmons.

En la presente antología, Tom Wolfe vuelve a la carga fortificado con las herramientas de guerra que ha empleado desde el inicio de su carrera como reportero para todo del Springfield Union: la agudeza, un sentido del humor deliciosamente refinado y la capacidad de insertar la información relevante en el momento adecuado, lo cual demuestra que, pese a su inclinación a las frases interminables y a su facilidad para escribir primorosas descripciones, posee una desarrollada percepción del ritmo.

Pese a su relativa brevedad, unas trescientas cuarenta páginas, El periodismo canalla está dividido en cuatro partes y doce artículos, aunque algunos de ellos son introducciones imprescindibles para comprender el meollo del texto principal. A través de las páginas del libro, Wolfe echa la vista al frente y recorre escenas y prodigios protagonizados tanto por él como por el impetuoso pueblo estadounidense. Describe con precisión, por ejemplo, el trabajo de algunos pioneros de lo que más tarde se convirtió en la todopoderosa industria informática, y discurre asimismo sobre la sexualidad en las escuelas como reflejo, aunque se prive de decirlo, de una cierta decadencia moral. Diserta Wolfe sobre cómo la clase media americana ha llegado a disfrutar de más comodidades de las que habrían soñado los utópicos de los siglos pasados, y refuta a Dawkins y su teoría de los memes mientras se complace flirteando con una de las mayores aficiones del novelista virginiano: las neurociencias.

Sin embargo, quizá sea Mis tres comparsas el artículo más divertido y demoledor, si es que las luchas de egos entre escritores pueden volverse demoledoras, de todo el libro. Y es que, tras el formidable éxito comercial, crítico y mediático conseguido por Wolfe tras publicar la prodigiosa Todo un hombre --a mi juicio, su mejor novela--, tres pesos pesados de la vida editorial norteamericana se confabularon contra él: John Updike, Norman Mailer y John Irving. Sin abandonar ni por un segundo la elegancia casi displicente y la caballerosidad que le son propias, Wolfe enumera las razones que podrían explicar por qué sus tres comparsas habían reaccionado tan ferozmente frente a su éxito, y se permite además introducir algunas bombas de profundidad que posiblemente causaron convulsiones a Updike, Mailer e Irving cuando quiera que leyeran la respuesta que el oscuro objeto de su desprecio les había brindado.

Por último, Tom Wolfe echa la vista atrás y revela algunos de los entresijos del periodismo neoyorquino de los años 60 y 70, cuando él llego a la capital del mundo dispuesto a convertirse en novelista.

Un libro, pues, divertido y revelador, así como un magnífico repaso de algunos de los episodios más curiosos de la reciente historia norteamericana.

Toda la obra de Tom Wolfe se encuentra en la Casa del Libro.

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La casa infernal -- Richard Matheson

a las 10:16

El prócer de la industria editorial Rolf Rudolph Deutsch está postrado en cama a la espera de que la Descarnada venga a cobrarse su vida. Tiene cáncer y sus expectativas de vida se reducen a días. Sin embargo, antes de exhalar el último aliento desea conocer la respuesta definitiva a una vieja pregunta: ¿existe vida después de la muerte? Para recibir contestación a esa inquietud inmortal contrata los servicios de uno de los más reputados especialistas estadounidenses en fenómenos paranormales, el escéptico Lionel Barrett. Deutsch lo reclama en su aposento y le ofrece una gran suma de dinero a cambio de que resuelva el enigma sobrenatural. Cuando Barrett acepta la oferta de trabajo, que deberá realizarse en la Mansión Belasco, la única casa encantada que se ha resistido a todos los intentos por desacreditarla practicados hasta el momento, Deutsch le informa de que otras dos personas lo acompañarán durante su estancia en el terrible edificio: Benjamín Franklin Fischer, ex celebridad del mundo de la parapsicología y superviviente de un dramático experimento previo en la Mansión Belasco; y Florence Tanner, médium. Además, la esposa del doctor se incorpora finalmente a la expedición.

La estancia de los protagonistas en la Mansión Belasco es narrada casi minuto a minuto, con una precisión que causa por sí misma una cierta sensación de inquietud, de expectación y conciencia del paso del tiempo, y ocurre así desde la llegada al desolado paraje en el que se halla edificada la maléfica Casa infernal. Matheson describe esa primera aproximación del siguiente modo:

–Estamos entrando.

De repente, el coche se sumergió en una niebla verdosa y el conductor redujo la velocidad. Todos los miraron y advirtieron que se había inclinado sobre el volante, acercando su rostro al parabrisas. Al cabo de unos instantes, conectó los faros antiniebla y los limpiaparabrisas.

–¿Cómo es posible que alguien decidiera construir una casa en un lugar como éste? –preguntó Florence.

–Para Belasco, esto era el paraíso –respondió Fischer.

Todos miraron por las ventanillas hacia la encrespada niebla. Tenían la impresión de encontrarse en un submarino que se sumergía, lentamente, en un mar de leche condensada. Junto al vehículo aparecían árboles, arbustos o formaciones rocosas que desaparecían al instante. Sólo se oía el ronroneo del motor.

[...]

Ahora avanzaban en silencio. Sólo se oía el crujido de la gravilla bajo sus pies. Aquel lugar era tan húmedo que todos tenían la impresión de que el frío había logrado adentrarse en sus huesos. Edith se levantó el cuello del abrigo y se acercó más a Lionel. Ambos siguieron caminando cogidos del brazo y mirando hacia el suelo. Florence les seguía.

Cuando Lionel se detuvo, Edith levantó la mirada.

Ante ellos, envuelta en la niebla, surgía amenazadora la silueta de una inmensa casa.

Como introducción al satánico edificio no está nada mal. El lenguaje es sencillo, práctico, despojado de estridencias góticas a pesar de que prolijidad es justo lo que uno esperaría de una novela sobre casas encantadas. Sin embargo, resulta evidente que Richard Matheson optó por modernizar las formas, como se demuestra a medida que van pasando las páginas y el horror comienza a manifestarse.

En conjunto se trata de una novela interesante. Tanto los motivos y las creencias de cada uno de los personajes están claros como el agua, y resulta convincente, incluyendo la apetencias sexuales de Belasco (el espectral morador), y las inclinaciones lésbicas de algún personaje. El misterio como fuerza creciente también aporta valor, según las normas del género, pero la combinación de todos estos elementos aisladamente favorables, incluyendo las turbadoras y dosificadas revelaciones sobre la vida terrenal de Belasco, no confieren a La casa infernal la dignidad de obra maestra, o por lo menos cautivadora, que uno esperaría de un novelista que ha sido calificado por Ray Bradbury como «uno de los escritores más importantes del siglo XX», y sobre quien Stephen King confesó que era «el autor que más me ha influido como escritor». Magníficas referencias que no se ven justificadas en un relato bien tramado, satisfactoriamente resuelto, pero un tanto menor. Me aburrí a ratos, y siempre he considerado eso como la peor señal de una novela deficiente.

Tanto La casa infernal como otras novelas de Richard Matheson están disponibles en la Casa del Libro.

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Intrigas y deseos -- P.D. James

jueves 20 de septiembre de 2007 a las 14:45

Por lo general, uno ya sabe que va a sumergirse en el relato perfecto cuando pasa las páginas de cortesía, de título, de dedicatoria, de índice, etc. de una obra de la reina de la novela criminal Phyllis Dorothy James. ¿Por qué no? Pocos autores poseen una bibliografía tan sólida y primorosa como la venerable creadora del detective Adam Dalgliesh, que con Intrigas y deseos elevó la literatura negra británica al extremo de sus posibilidades, por encima del cual tan sólo existe la certeza de que la trama se desbordará y perderá parte de su efectividad. En resumidas cuentas, todas las metas que pueden lograrse en la literatura de crímenes, y qué diablos, en la literatura en general, han sido alcanzadas en la presente novela con el paso firme y seguro, frío y temible, de una autora que ya lo conoce todo. Podemos agradecer al hado, o a Dios, que su sierva --pues es devota cristiana-- haya tenido la bondad de compartir con nosotros sus prodigiosas habilidades.

El asesino en serie conocido como el Silbador ha sembrado el miedo en la región de Norfolk, donde ha cometido una serie de homicidios en los que las víctimas son invariablemente mujeres. El responsable de resolver el caso es el jefe de policía Rickards, quien se ve abatido por la doble frustración de abordar un crimen particularmente difícil, y de enfrentarse a una situación familiar lo bastante desapacible como para llenarlo de una profunda desazón.

Como le es propio a todas las novelas de P.D. James, la trama se complica a medida que pasan las páginas primorosamente escritas, y la autora nos sumerge con radiante astucia y extraordinaria capacidad de penetración psicológica en las raíces morales y biográficas de todos los personajes.

Basta leer una sola de las novelas de James, idealmente alguna de las mejores --como por ejemplo la propia Intrigas y deseos, Muerte de un forense y desde luego la gélida Una cierta justicia-- para forjarse una imagen mental más o menos precisa del estilo narrativo de la autora. La variedad de personajes, diferentes y cautivadores en todos los casos, aunque solo sea por el profundo patetismo que algunos albergan; la agudeza de los diálogos, la precisión de las ironías, el egoísmo como constante de la naturaleza humana, el descreimiento y el escepticismo, la solidez de las motivaciones de los protagonistas tanto para desear la muerte de la víctima como para cometer finalmente el crimen irreversible. Y es que en los relatos de P.D. James siempre existen varios sospechosos, todos ellos igualmente impulsados a ejecutar el asesinato, aunque tan sólo uno de ellos ejecute la acción final, de ahí la fuerza con la que la trama se apodera del lector.

En Intrigas y deseos, el carismático detective y poeta Adam Dalgliesh acude al apartado molino que su tía Jane le ha legado. Dalgliesh trata de descansar de su onerosa vida en Londres, de su fama como poeta refinado y de sus obligaciones como uno de los mejores detectives de la policía metropolitana. Sin embargo, el escenario de la desolada costa de Norfolk le depara no pocas sorpresas y ocupaciones inesperadas. Con la imponente central nuclear como telón de fondo, el misterio, la enfermedad, la muerte y las frustraciones, la intimidad más recóndita de los personajes que pueblan la novela, se desplazan como planetas abocados al fracaso en torno a una oscura estrella central: un crimen aún más turbador e inesperado que todos los cometidos hasta el momento.

P.D. James es una novelista fría, exquisita en la forma y artera en la presentación de las decenas de esquirlas que sobresalen de la superficie de sus relatos. Uno puede experimentar la sensación de que en las páginas de James falta lo humano, pero de hecho ocurre todo lo contrario: los personajes son tan humanos que, debido a su manifestación casi zoológica, brutal, honesta hasta límites obscenos, pueden causar repulsión. ¿Acaso no es así en la vida real? Si todos conociésemos los secretos más profundos de nuestros congéneres, ¿existiría la posibilidad de convivencia? James conoce respuesta, y la escribe en sus novelas. También en Intrigas y deseos.

Puedes comprar Intrigas y deseos, así como otros libros de P.D. James, en la Casa del Libro.

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