Siento un especial afecto por Un saco de huesos debido a un par de motivos: por un lado, conseguí mi ejemplar en tapa dura gracias a un concurso literario celebrado en mi instituto; supongo que el jurado, formado por el claustro de profesoras del ramo humanista, cometió un error de apreciación que a mí me benefició y me provocó el consabido subidón del triunfador y a otros debió de dejarlos sumidos en un estado de frustración que, por otro lado, yo conozco bastante bien. Por otro lado, Un saco de huesos posee uno de los crescendos dramáticos más intensos que Stephen King ha legado a la literatura de terror, lo cual no es decir poco.
Años después de perder a su esposa, quien cayó fulminada en plena calle víctima de un aneurisma cerebral, el novelista de éxito Mike Noonan sufre por primera vez en su carrera el llamado «bloqueo del escritor». Frustrado por su incapacidad para sacar adelante una nueva novela y, en un sentido más amplio, por su profundo disgusto vital, Noonan se retira a su casa de veraneo frente al lago, donde enseguida empieza a experimentar todo tipo de fenómenos extraños: berridos infantiles que resuenan en la noche, movimientos poltergeist de las colorformas magnéticas pegadas en la puerta del frigorífico, extravagantes pero vívidas pesadillas, etc. También ocurre enseguida que Noonan conoce a una madre guapa, joven y desamparada que resulta ser la nuera del multimillonario de la industria informática Max Devore (¿no es el nombre perfecto para un villano?); sin embargo, las cosas no marchan bien para la chica. Su marido, Lance, hijo de Devore, ha sufrido una muerte absurda mientras trataba de arreglar la antena de la caravana en la que residían, y ahora Devore senior trata de arrebatarle a su hija. Tal y como están las cosas, era inevitable que Noonan se hiciera cargo de todos los problemas de la encantadora Mattie y de su pequeña hijita Kyra; a fin de cuentas, es un escritor con dinero suficiente para pagar a un abogado que defienda los intereses de la muchacha.
Por otro lado, Noonan empieza a sospechar --o al menos a considerar la posibilidad-- que su esposa le fue infiel antes de morir, y emprende una investigación que lo lleva a descubrir obscenos secretos que habían permanecido ocultos en el pueblo durante varias décadas...
Es propio de King soltar hilos suficientes como para que el lector quede enredado tan profundamente que la incertidumbre por la suerte de los personajes le causa la sensación de que va a enloquecer de intriga. Así que uno lee y lee y tira del hilo y tira del hilo con la confianza de alcanzar tarde o temprano la madeja y recibir algunas revelaciones que alivien la incertidumbre. Un saco de huesos es el ejemplo perfecto de la técnica y el proceso que acabo de describir. Y en manos de King el resultado tiende a ser verdaderamente prodigioso.
Quizá los personajes que conforman la opereta de Un saco de huesos adolezcan de una textura excesivamente literaria, en la medida en que son prácticos y verosímiles al servicio de un relato de ficción, pero poco creíbles como sujetos reales; a pesar de ello, tienen fuerza y en conjunto componen una escena interesante. Noonan es un tipo honesto pero no infalible, y en términos generales posee la dosis de carisma suficiente como para arrastrar la mayor parte de la novela, que él escribe en primera persona (lo cual significa, como puede verse, que venció finalmente su bloqueo creativo). Tal vez el mayor defecto de Stephen King resida en que la bondad de los personajes que se suponen buenos resulta demasiado angelical, tan pura que se vuelve falsa, y en algunas ocasiones empalagosa. Por el contrario, el malvado Devore está dotado de una oscura gravedad, en ocasiones cautivadora, que a mí me hizo pensar una y otra vez en el señor Charles Montgomery Burns de Los Simpsons.
Mencioné en el primer párrafo de esta entrada que Un saco de huesos presenta uno de los crescendos más intensos de la carrera de su autor, y me reafirmo en ello. El deseo de desvelar aquello que sucedió en el pasado en el pueblo, y que la esposa de Noonan investigó antes que su marido, le hacen a uno morder las páginas del libro en búsqueda de más. Pero, no obstante, el final, quizá algo desinflado, explota como una granada de mano en la cara del lector. Supongo que sobre eso cada uno debe emitir su propio veredicto.
Tanto Un saco de huesos como otros libros de Stephen King están disponibles en la Casa del Libro.
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Suele ocurrir que las vidas vividas por las celebridades resultan mucho más interesantes a ojos del público que las mismas vidas vividas por un don nadie. La fama reviste la existencia de quienes la disfrutan de un aura de sofisticación a la vez terrenal y espiritual (por poco sentido que esto tenga). Ocurre lo mismo con la belleza física: el rostro que en mitad de la calle apenas motiva una segunda mirada, se vuelve tan apuesto que le hace a uno sentirse irresistiblemente atraído cuando se proyecta en el televisor o encima de un escenario. De idéntica forma, un hecho aparentemente prosaico cobra una importancia inusitada cuando ha intervenido, aunque sea sólo de un modo circunstancial, en la vida de un escritor, por poner un ejemplo.
Mientras escribo, el libro de Stephen King que tengo encima de la mesa en este momento, es una magnífica biografía trufada de buenos consejos sobre el difícil oficio de escribir.
Habiendo sido Stephen King mi novelista favorito durante los largos años de mi adolescencia, cuando devoraba los libros que llevaban su nombre en la portada con un insaciable apetito que tenía algo de obsesivo, me sentí de lo más decepcionado una vez que empezó a publicar novelas de una mediocridad tan ostentosa como Buick 8. Un coche perfecto. En su momento pensé que King se había comportado como un perfecto arrogante al sacar a la luz un libro que no sólo no le hacía ningún bien a él, sino que también causaba un verdadero problema a sus lectores: les aburría.
El cazador de sueños se reveló como una pérdida de tiempo y de dinero que engullí a trancas y barrancas noche tras noche en las horas previas al sueño, y La chica que amaba a Tom Gordon impactó contra mi cráneo como una piedra propulsada por un profesional del lanzamiento de pesos. Pequeñas estrellitas gravitaron como locas alrededor de mi cabeza. Sin embargo, en mitad de esta travesía del desierto de un escritor sin ideas y con una manifiesta incapacidad para reconocer sus crecientes limitaciones creativas, Mientras escribo asaltó el camino como un genio dispuesto a concedernos tres deseos. Y mi principal deseo fue que los muchos euros que invertí en el ejemplar en tapa dura, adquirido en la pequeña librería de un centro comercial sevillano, no se fueran por el sumidero como un pedazo de papel usado. El hado atendió mis plegarias.
Como ya dije, Mientras escribo ofrece una perspectiva nueva y auténticamente espectacular de la vida de Stephen King desde su niñez hasta los tiempos inmediatamente posteriores al accidente de tráfico --fue atropellado por un conductor ebrio-- que casi le expidió el ticket de viaje al más allá. Aunque no quiero sonar crudo, es evidente que aquella experiencia, por lo demás tan trágica como cabe suponer, le sentó muy bien a la moral literaria del actual rey del género de terror.
Lo primero que uno advierte al pasar las páginas del libro es que está tan bien escrito que casi resulta conmovedor. Supongo que el talento lo enternece a uno, y ese uno soy yo. En realidad da igual que el lector no sienta el menor interés por la vida, en muchos sentidos corriente y moliente, de Stephen King; tampoco importa demasiado que el lector no haya escrito una sola línea en su vida y que no tenga más interés en empezar a hacerlo ahora de lo que lo tiene en practicar paracaidismo con un paracaídas perforado. Pero Mientras escribo es la crónica vital de un hombre que ha aprendido a amar su trabajo desde lo más profundo de su corazón, y en este sentido el relato refleja el tipo de emociones impúdicamente confesadas que le hacen a uno quedarse prendado de las palabras, las frases y los párrafos.
Es posible que los lectores más sensibles sufran pequeñas convulsiones a medida que avancen en sus ejemplares y descubran secretos tan poco edificantes como que King fue un drogadicto de la peor clase, un tipo capaz de meterse en el cuerpo litros de enjuague bucal si con eso conseguía calmar los ardores de la abstinencia. También resulta conmovedor conocer la dura, agotadora y dolorosa rehabilitación a la que King fue sometido tras el aparatoso accidente de tráfico; y es que no parece fácil imaginarse al gigante del terror llorando como un niño.
En resumen, Mientras escribo es el mejor libro que King ha fagocitado en mucho tiempo. Si pudiéramos confiar en que esto se repitiera...
Todos los libros de Stephen King se encuentran en la Casa del Libro.
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El siempre macabro Stephen King demostró su habilidad para actualizar y barnizar de un matiz cotidiano los relatos de horror clásicos con El misterio de Salem’s Lot, novela con la que aprovechó la magnífica oportunidad que se le brindaba de extirpar al conde Drácula de los escenarios victorianos en los que Bram Stoker lo había situado, y suturarlo en un pequeño pueblo de los Estados Unidos. El resultado fue, según recuerdo --presté mi ejemplar y jamás me lo devolvieron, de modo que nunca lo he releído--, espectacular.
El joven doctor Louis Creed accede a un puesto de trabajo en los servicios médicos de una Universidad de Nueva Inglaterra. Procedentes de Chicago, tanto Creed como su esposa, Rachel, quien profesa un temor morboso por la muerte, y los hijos del matrimonio, Ellie, a quien acompaña su gato Church, y el pequeño Gage, se trasladan a vivir a una mansión situada a las afueras de la ciudad y en la linde de vastos bosques habitados antaño por los indios micmac. Allí los Creed traban amistad con el anciano Jude Crandall y con Norma, la mujer de éste. Y es el propio Crandall quien los lleva de excursión al cementerio de animales, un viejo claro en el bosque donde los niños del pueblo habían enterrado tradicionalmente a sus mascotas.
Sin embargo, las cosas empiezan para Louis mal en su lugar de trabajo. Durante la primera jornada, el alumno Victor Pascow es atropellado y muere en manos de Creed. Ciertamente no es el modo de comenzar que nadie desearía. Aquella misma noche, Louis despierta en la oscuridad y encuentra a Pascow al pie de su cama. Pascow lo invita a seguirlo y lo conduce de nuevo al cementerio de animales, donde se detiene; y, mientras señala una acerba montaña de ramas de árboles, lo exhorta a no cruzarla jamás.
Pero Creed, guiado por Crandall, acude al cementerio primero, y a lo que hay más allá a continuación, para dar sepultura al gato de su hija, al que un camión ha arrollado en la carretera que discurre frente a su casa. Creed, sumido en el escepticismo y la contrariedad, entierra al animal en el suelo de piedra de un viejo cementerio indio. Poco después, la mascota regresa viva a casa.
No todos los lectores que han dado una oportunidad a Cementerio de animales albergan sobre ella una opinión tan favorable como yo, pero me siento obligado a admitir que durante años ésta fue mi novela favorita entre las favoritas. Desde luego, las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero incluso la sencilla acción de abrir el libro y leer un par de líneas para situarme, mientras escribía este post, me ha causado un suculento subidón en su variedad más melancólica. Y es que Cementerio de animales, pese a lo que puedan opinar otros, me ha parecido siempre una de las grandes joyas del terror nacido fruto del ingenio de Stephen King.
Por un lado, el rey del terror combinó elegantemente dos elementos diferentes del género horrífico: por un lado, las historias de zombis; por otro, la leyenda aborigen americana del Wendigo, una especie de dios terrible al que se han dedicado cuentos como El wendigo, de Algernon Blackwood, y películas como Ravenous, en la que un grupo de miliares aislados en un paso de montaña se desatan a las inopinadas bondades del canibalismo.
En cualquier caso, Cementerio de animales posee algunos elementos literarios verdaderamente maravillosos: por poner un ejemplo, los personajes fueron construidos por King con un refinamiento tan sutil que los dotaba de una vida que parecía flotar en relieve por encima de las páginas impresas. Especialmente el anciano Jude Crandall, quizá el personaje más sólido confeccionado por Stephen King a lo largo de su dilatada carrera. También el uso de los elementos de la naturaleza como instrumentos para conmocionar al lector cobran aquí especial fuerza, y fe de ello da el pasaje en el que Jude guía a Louis a través del bosque para enterrar a Church en el viejo cementerio micmac, cuando Crandall advierte a su amigo de que quizá vea cosas extrañas, pero que probablemente no sean más que producto de la combustión de los pestilentes gases del pantano.
El desarrollo moral de los personajes es consistente en su mayor parte, aunque algunas referencias de psicología de andar por casa resultaban un tanto ridículas, como el resentimiento de Louis a su madre porque ésta le mintió sobre la verdadera procedencia de los bebés. Por otro lado, el progreso de la trama cobra velocidad a medida que pasan las páginas, y el dramatismo se infla tanto que, llegados a cierto punto, la maldad ya lo ha emponzoñado todo, incluso las manos con las que sujetamos nuestro libro.
Una lectura recomendable, muy clásica, que sin duda alguna habría recibido elogios de H.P. Lovecraft de haber tenido ocasión de leerla: no albergo la menor duda de que Cementerio de animales es una obra maestra de la literatura preternatural.
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Las cosas funcionan del siguiente modo: durante toda tu adolescencia idolatras a un escritor --sí, yo fui ese tipo de muchacho-- y cuando creces, maduras y experimentas las primeras pulsiones suicidas, descubres que otros novelistas se han adueñado del lugar de tu corazón que hasta ese momento había ocupado... bueno, digamos que Stephen King. Si a eso le sumas que a estas alturas la antigua estrella tan sólo escribe basura, entonces la decepción abre una profunda fisura en tu estómago y tú miras para otro lado.
Mi premisa es ésta: Mientras escribo fue el último buen libro de Stephen King, ¡y no era una novela! La cosa es que se trataba de un ensayo sobre el oficio de escritor, desde los inicios hasta que un conductor pirado te machaca del primer al último hueso del cuerpo, que es justamente lo que le sucedió al Hombre Lúgubre de Maine.
Compré una edición limitada y tirada de precio de Cell pensando que, en el peor de los casos, aún cuando se tratara de la bazofia más pura que hubiese pasado por mis manos, no habría perdido demasiado: 6 euros libres de gastos de envío, pues saqué partido de una promoción de la Casa del Libro.
La novela describe el mundo apocalíptico que queda como resultado de lo que podríamos denominar «un conflicto telefónico a gran escala», pues todo aquel que recibe una llamada a través del móvil, ¡se vuelve zombi! La idea principal resulta curiosa, si bien no demasiado atractiva ni original: ya se ha trabajado antes con ella, aunque de momento sólo me vienen dos historias a la cabeza, una literaria y otra cinematográfica: por un lalo, los espíritus inquietos del más allá utilizaban una pantalla de televisor para ponerse en contacto con la pobre Carol Ane en la película Poltergeist; por otro, las se electrozombifican en un relato de King que él mismo trasladó a la gran pantalla en un film del que el propio director parecer recordar muy poco. Hace bien: yo me he esforzado en olvidarlo. Sin éxito.
Las doscientas primeras páginas de Cell son insufribles a pesar del prometedor primer párrafo... pues hasta este punto hemos llegado... y asistimos a una descripción anodina e inverosímil de una sociedad occidental reducida a cenizas. Hoy día los tipos chiflados que se dedican a morder cuellos ya no impresionan, pero Stephen King no parece haberse dado cuenta; o puede que sencillamente le importe un bledo: decenas de miles de lerdos estamos dispuestos a seguir comprando sus libros cuando la inspiración ya lo ha abandonado, y un porcentaje notable de esos compradores compulsivos está preparado para dar opiniones de lo más favorables en cuanto se les presente la oportunidad. Y con la explosión de los blogs, todo el mundo cuenta con la posibilidad de decir todo aquello que le venga en gana en cualquier momento.
El protagonista, Clayton Riddell, de visita en Boston, encuentra un par de amigos inopinados durante el primer tramo de relato, una chica que ha visto enloquecer y morir a su propia madre --trauma del que se recupera con animosa facilidad--, y un tipo homosexual, bastante ridículo y estereotipado, sin familia, resentido de la religión y dueño de... en efecto, de un gato. Lo cual es siempre un síntoma de homosexualidad latente.
En fin, poco hay que decir de una novela mala. El prota trata de regresar a su hogar para salvar a su hijo y bla, bla, bla. Zombi va, zombi viene: es como La noche de los muertos vivientes pero con presunciones sociológicas. Fin.
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Posdata: Stephen King tiene el mal gusto de dedicar su horrible novela a dos tótems del terror del siglo pasado: George Romero (director de la mencionada La noche...) y Richard Matheson (autor de Soy leyenda). La dedicatoria no es casual, claro.
Cell, así como toda la obra de Stephen King, se encuentra en Casa del Libro.
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Me pasé la adolescencia leyendo y releyendo libros de Stephen King. Algunos de mis relatos de terror favoritos están firmados por el fornido novelista de Maine, como por ejemplo Los misterios del gusano, de El umbral de medianoche. Impulsado por la nostalgia y el placer de la literatura preternatural bien escrita, leo Cementerio de animales una vez al año, y Jude Crandall sigue siendo uno de los personajes literarios más sólidos que recuerdo. Las historias de Stephen King reclaman justa presencia cuando rememoro los veranos de mi juventud, y nunca le agradeceré lo suficiente todas las horas de placer que me ha proporcionado a lo largo de mi vida. Por mucho tiempo fue mi escritor favorito, pero ya no más.
Raramente termino de leer los libros que me aburren. Sin embargo, he concedido a King tres indulgencias: El juego de Gerald, Buick 8. Un coche perverso, verdadero plomo del que Stevie se siente bastante orgulloso, según menciona en su espléndido Mientras escribo, y La chica que amaba a Tom Gordon. Resulta, sin embargo, que El juego de Gerald y ésta última son la misma novela. Genial, ¿verdad?
La pequeña Trisha McFarland se pierde en el bosque mientras realiza una excursión con su madre y su hermano: en eso consiste toda la historia. Los juegos psicológicos presentes en La chica se dejaron ver ya en El juego de Gerald (donde una mujer asesta un mal golpe a su marido, quien muere de un ataque al corazón, dejándola encadenada a la cama en mitad de ninguna parte), y la emoción y el ritmo son tan eficaces como una babosa tratando de mantener el equilibro sobre las hojas de un matorral. Si es que las babosas se arrastran sobre las hojas. Cuestión ésta, dicho sea de paso, bastante más interesante que las pueriles aventuras de La chica que amaba a Tom Gordon. Como suele decirse, pues cásate con él, si tanto te gusta.
La chica que amaba a Tom Gordon, así como la obra completa de Stephen King, se halla en Casa del Libro.
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