Descubrí al escritor y guionista Richard Price como miembro de una lista confeccionada por Tom Wolfe en la que el dandy de las letras americanas enumeraba a unos pocos autores a los que atribuía talento literario. No es ningún secreto que yo considero a Wolfe EL HOMBRE, de manera que me apresuré a apuntar los títulos de las novelas recomendadas y acto seguido emprendí la caza. No recuerdo cuál era el libro de Price encomiado por Wolfe, pues no está traducido al español, de modo que me conformé con el único material disponible en el idioma de Cervantes. Se trata de la novela El samaritano y, sí, es magnífica.
Ray Mitchell abandona su lucrativo puesto de trabajo como guionista de una serie televisiva de éxito para regresar a Nueva York, donde creció, formó una familia abocada al fracaso, se sumergió en el consumo de drogas y donde finalmente tuvo un golpe de suerte. Ahora Mitchell desea estar más cerca de su hija y trata de establecer una vida constructiva, de modo que, para empezar, se ofrece como profesor de literatura creativa en el mismo instituto ineficaz y deprimido en el que él mismo estudió años atrás. Mitchell es un tipo generoso, y siempre está dispuesto a compartir su fortuna con el prójimo. El problema reside en que incluso la virtud aparente puede encerrar una cierta disfuncionalidad, y la generosidad de Mitchell lo lanza de cabeza a un pozo de problemas.
Alguien golpea la cabeza de Mitchell con una jarra en la casa de la víctima, causándole una grave conmoción cerebral, pero el samaritano no suelta prenda ante la policía. La detective responsable del caso es, además, el personaje más entrañable y carismático de la novela, una inspectora con problemas que le debe a Mitchell un favor de juventud.
Y es de este modo que asistimos a una galería de personajes que en no pocas ocasiones rozan el patetismo, almas en pena que van y vienen, que regresan desde el pasado y se manifiestan en el presente como espectros materializados a partir de la nada.
El samaritano es también una de esas novelas en las que el autor describe un par de figuras simétricas e introduce pequeños matices que, en mitad de la semejanza, están llamados a resonar como truenos. Así, tanto Mitchell como Nerese, la detective a cargo del caso, demuestran la misma disposición a desplegar una generosidad inusual y conmovedora, aunque no es difícil darse cuenta de hasta qué punto la de Nerese procede de una bondad natural --curiosamente, Nerese menciona que es cristiana, y que confía en Dios--, mientras que la de Mitchell está revestida de una cierta artificialidad. Desde este punto de vista, era inevitable que ella adoptara finalmente una visión más esperanzadora de la vida.
Novela magnífica, sí señor.
El samaritano está disponible en la Casa del Libro.
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Mentiría si dijera que apruebo la propensión de John Katzenbach a retratar la religión como una manifestación del fanatismo humano o como una manera de apropiarse perversamente de influencia social, pero sus novelas resultan tan absorbentes mientras uno pasa las páginas que casi es posible percibir el efecto de succión.
John Katzenbach publicó su primer libro a principios de la década de 1980, época en la que trabajaba como reportero de The Miami Herald en la misma sala que el también escritor de éxito Carl Hiaasen. Se trataba de Al calor del verano, y sabiendo como sé que realizaron una adaptación cinematográfica protagonizada por Kurt Russell y que recibió una nominación a los premios Edgar, me permito suponer que la novela fue todo un éxito.
Narra en primera persona la relación que un periodista del Journal de Miami establece con un asesino en serie que ha impuesto el terror en la célebre ciudad floridana. El psicópata se pone en contacto telefónico con Anderson, el protagonista, y le detalla tanto el modo en que cometió los crímenes como algunas reflexiones sobre su propia vida. Lo que en un principio se convierte en una maravillosa oportunidad para Anderson de ganar la fama y la gloria, finalmente se ve forzado a reconocer que también él tiene en sus manos alguna responsabilidad sobre lo que el asesino está haciendo. Más tarde, además, el propio asesino interfiere en su vida, y el relato alcanza así un punto de no retorno en el que la vida y la cordura de Anderson gravitan en torno a esa relación malsana.
Los personajes protagonistas de Katzenbach no suelen despertar demasiada simpatía en mí, y sospecho que el propio autor, reduciéndolo a un nivel personal, no sería santo de mi devoción, así que me limito a disfrutar de la tensión de sus novelas y a navegar precariamente sobre las procelosas aguas que son sus tramas. En Al calor del verano, Katzenbach logra reflejar el miedo que la ola de crímenes ha diseminado por la ciudad, aunque apenas consigue profundizar, como habría sido deseable, en la forma en que el temor afecta el día a día de los vecinos de Miami. Cierto que introduce algunos elementos de análisis interesantes, como cuando el protagonista recorre las calles para examinar los efectos que la ola de miedo surte sobre la vida cotidiana de los ciudadanos, y cómo se dispara la venta de armas y demás, pero la novela no logra vencer los límites de la ficción y hacernos comprender la realidad tal cual sería si en lugar de un libro se tratase verdaderamente de un reportaje periodístico. Por otro lado, la sensación opresiva fruto de la desazón y del clima tropical de Miami se confunden y sumen al lector, me sumieron a mí, en una especie de asfixiante balsa de aire caliente, de terrible expectación y de deseos de descubrir un poco más.
Por último, el desenlace --y esto suele ocurrir bastante a menudo-- no le hace ningún bien a la novela. Lo cual es una verdadera lástima, porque el asesino en serie y el reportero protagonista merecían una conclusión más consistente y, claro, menos improvisada. Una lectura recomendable, de cualquier forma.
Tanto Al calor del verano como otras novelas de John Katzenbach se encuentran a la venta en Casa del Libro.
Etiquetas: ficción, John Katzenbach, novela, prosa, psicológica, recomendable, thriller, USA
Siento un especial afecto por Un saco de huesos debido a un par de motivos: por un lado, conseguí mi ejemplar en tapa dura gracias a un concurso literario celebrado en mi instituto; supongo que el jurado, formado por el claustro de profesoras del ramo humanista, cometió un error de apreciación que a mí me benefició y me provocó el consabido subidón del triunfador y a otros debió de dejarlos sumidos en un estado de frustración que, por otro lado, yo conozco bastante bien. Por otro lado, Un saco de huesos posee uno de los crescendos dramáticos más intensos que Stephen King ha legado a la literatura de terror, lo cual no es decir poco.
Años después de perder a su esposa, quien cayó fulminada en plena calle víctima de un aneurisma cerebral, el novelista de éxito Mike Noonan sufre por primera vez en su carrera el llamado «bloqueo del escritor». Frustrado por su incapacidad para sacar adelante una nueva novela y, en un sentido más amplio, por su profundo disgusto vital, Noonan se retira a su casa de veraneo frente al lago, donde enseguida empieza a experimentar todo tipo de fenómenos extraños: berridos infantiles que resuenan en la noche, movimientos poltergeist de las colorformas magnéticas pegadas en la puerta del frigorífico, extravagantes pero vívidas pesadillas, etc. También ocurre enseguida que Noonan conoce a una madre guapa, joven y desamparada que resulta ser la nuera del multimillonario de la industria informática Max Devore (¿no es el nombre perfecto para un villano?); sin embargo, las cosas no marchan bien para la chica. Su marido, Lance, hijo de Devore, ha sufrido una muerte absurda mientras trataba de arreglar la antena de la caravana en la que residían, y ahora Devore senior trata de arrebatarle a su hija. Tal y como están las cosas, era inevitable que Noonan se hiciera cargo de todos los problemas de la encantadora Mattie y de su pequeña hijita Kyra; a fin de cuentas, es un escritor con dinero suficiente para pagar a un abogado que defienda los intereses de la muchacha.
Por otro lado, Noonan empieza a sospechar --o al menos a considerar la posibilidad-- que su esposa le fue infiel antes de morir, y emprende una investigación que lo lleva a descubrir obscenos secretos que habían permanecido ocultos en el pueblo durante varias décadas...
Es propio de King soltar hilos suficientes como para que el lector quede enredado tan profundamente que la incertidumbre por la suerte de los personajes le causa la sensación de que va a enloquecer de intriga. Así que uno lee y lee y tira del hilo y tira del hilo con la confianza de alcanzar tarde o temprano la madeja y recibir algunas revelaciones que alivien la incertidumbre. Un saco de huesos es el ejemplo perfecto de la técnica y el proceso que acabo de describir. Y en manos de King el resultado tiende a ser verdaderamente prodigioso.
Quizá los personajes que conforman la opereta de Un saco de huesos adolezcan de una textura excesivamente literaria, en la medida en que son prácticos y verosímiles al servicio de un relato de ficción, pero poco creíbles como sujetos reales; a pesar de ello, tienen fuerza y en conjunto componen una escena interesante. Noonan es un tipo honesto pero no infalible, y en términos generales posee la dosis de carisma suficiente como para arrastrar la mayor parte de la novela, que él escribe en primera persona (lo cual significa, como puede verse, que venció finalmente su bloqueo creativo). Tal vez el mayor defecto de Stephen King resida en que la bondad de los personajes que se suponen buenos resulta demasiado angelical, tan pura que se vuelve falsa, y en algunas ocasiones empalagosa. Por el contrario, el malvado Devore está dotado de una oscura gravedad, en ocasiones cautivadora, que a mí me hizo pensar una y otra vez en el señor Charles Montgomery Burns de Los Simpsons.
Mencioné en el primer párrafo de esta entrada que Un saco de huesos presenta uno de los crescendos más intensos de la carrera de su autor, y me reafirmo en ello. El deseo de desvelar aquello que sucedió en el pasado en el pueblo, y que la esposa de Noonan investigó antes que su marido, le hacen a uno morder las páginas del libro en búsqueda de más. Pero, no obstante, el final, quizá algo desinflado, explota como una granada de mano en la cara del lector. Supongo que sobre eso cada uno debe emitir su propio veredicto.
Tanto Un saco de huesos como otros libros de Stephen King están disponibles en la Casa del Libro.
Etiquetas: novela, prosa, recomendable, sobrenatural, Stephen King, terror, USA
Suele ocurrir que las vidas vividas por las celebridades resultan mucho más interesantes a ojos del público que las mismas vidas vividas por un don nadie. La fama reviste la existencia de quienes la disfrutan de un aura de sofisticación a la vez terrenal y espiritual (por poco sentido que esto tenga). Ocurre lo mismo con la belleza física: el rostro que en mitad de la calle apenas motiva una segunda mirada, se vuelve tan apuesto que le hace a uno sentirse irresistiblemente atraído cuando se proyecta en el televisor o encima de un escenario. De idéntica forma, un hecho aparentemente prosaico cobra una importancia inusitada cuando ha intervenido, aunque sea sólo de un modo circunstancial, en la vida de un escritor, por poner un ejemplo.
Mientras escribo, el libro de Stephen King que tengo encima de la mesa en este momento, es una magnífica biografía trufada de buenos consejos sobre el difícil oficio de escribir.
Habiendo sido Stephen King mi novelista favorito durante los largos años de mi adolescencia, cuando devoraba los libros que llevaban su nombre en la portada con un insaciable apetito que tenía algo de obsesivo, me sentí de lo más decepcionado una vez que empezó a publicar novelas de una mediocridad tan ostentosa como Buick 8. Un coche perfecto. En su momento pensé que King se había comportado como un perfecto arrogante al sacar a la luz un libro que no sólo no le hacía ningún bien a él, sino que también causaba un verdadero problema a sus lectores: les aburría.
El cazador de sueños se reveló como una pérdida de tiempo y de dinero que engullí a trancas y barrancas noche tras noche en las horas previas al sueño, y La chica que amaba a Tom Gordon impactó contra mi cráneo como una piedra propulsada por un profesional del lanzamiento de pesos. Pequeñas estrellitas gravitaron como locas alrededor de mi cabeza. Sin embargo, en mitad de esta travesía del desierto de un escritor sin ideas y con una manifiesta incapacidad para reconocer sus crecientes limitaciones creativas, Mientras escribo asaltó el camino como un genio dispuesto a concedernos tres deseos. Y mi principal deseo fue que los muchos euros que invertí en el ejemplar en tapa dura, adquirido en la pequeña librería de un centro comercial sevillano, no se fueran por el sumidero como un pedazo de papel usado. El hado atendió mis plegarias.
Como ya dije, Mientras escribo ofrece una perspectiva nueva y auténticamente espectacular de la vida de Stephen King desde su niñez hasta los tiempos inmediatamente posteriores al accidente de tráfico --fue atropellado por un conductor ebrio-- que casi le expidió el ticket de viaje al más allá. Aunque no quiero sonar crudo, es evidente que aquella experiencia, por lo demás tan trágica como cabe suponer, le sentó muy bien a la moral literaria del actual rey del género de terror.
Lo primero que uno advierte al pasar las páginas del libro es que está tan bien escrito que casi resulta conmovedor. Supongo que el talento lo enternece a uno, y ese uno soy yo. En realidad da igual que el lector no sienta el menor interés por la vida, en muchos sentidos corriente y moliente, de Stephen King; tampoco importa demasiado que el lector no haya escrito una sola línea en su vida y que no tenga más interés en empezar a hacerlo ahora de lo que lo tiene en practicar paracaidismo con un paracaídas perforado. Pero Mientras escribo es la crónica vital de un hombre que ha aprendido a amar su trabajo desde lo más profundo de su corazón, y en este sentido el relato refleja el tipo de emociones impúdicamente confesadas que le hacen a uno quedarse prendado de las palabras, las frases y los párrafos.
Es posible que los lectores más sensibles sufran pequeñas convulsiones a medida que avancen en sus ejemplares y descubran secretos tan poco edificantes como que King fue un drogadicto de la peor clase, un tipo capaz de meterse en el cuerpo litros de enjuague bucal si con eso conseguía calmar los ardores de la abstinencia. También resulta conmovedor conocer la dura, agotadora y dolorosa rehabilitación a la que King fue sometido tras el aparatoso accidente de tráfico; y es que no parece fácil imaginarse al gigante del terror llorando como un niño.
En resumen, Mientras escribo es el mejor libro que King ha fagocitado en mucho tiempo. Si pudiéramos confiar en que esto se repitiera...
Todos los libros de Stephen King se encuentran en la Casa del Libro.
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Leyendo los artículos de Tom Wolfe recopilados y publicados en varios volúmenes a lo largo de los últimos tiempos, uno tiene la impresión de que se encuentra a bordo de una cápsula del tiempo que le permite transportarse en cuestión de segundos desde la década de 1960 hasta los primeros años del siglo XXI. Y es que el dandy de blanco ha sido siempre el gran cronista de América, uno de esos raros ejemplares de escritores provistos del instrumental completo necesario tanto para observar la sociedad --la presente, la pasada y la que se aproxima --, como para analizarla con lucidez y a continuación dejar constancia de ella por escrito. También en esta última fase Wolfe es un maestro, un astuto demiurgo de la recreación sociológica, como demuestran sus legendarios reportajes --El coqueto aerodinámico color caramelo de ron , por ejemplo-- y sus tres novelas editadas hasta el momento: La hoguera de las vanidades, Todo un hombre y Soy Charlotte Simmons.
En la presente antología, Tom Wolfe vuelve a la carga fortificado con las herramientas de guerra que ha empleado desde el inicio de su carrera como reportero para todo del Springfield Union: la agudeza, un sentido del humor deliciosamente refinado y la capacidad de insertar la información relevante en el momento adecuado, lo cual demuestra que, pese a su inclinación a las frases interminables y a su facilidad para escribir primorosas descripciones, posee una desarrollada percepción del ritmo.
Pese a su relativa brevedad, unas trescientas cuarenta páginas, El periodismo canalla está dividido en cuatro partes y doce artículos, aunque algunos de ellos son introducciones imprescindibles para comprender el meollo del texto principal. A través de las páginas del libro, Wolfe echa la vista al frente y recorre escenas y prodigios protagonizados tanto por él como por el impetuoso pueblo estadounidense. Describe con precisión, por ejemplo, el trabajo de algunos pioneros de lo que más tarde se convirtió en la todopoderosa industria informática, y discurre asimismo sobre la sexualidad en las escuelas como reflejo, aunque se prive de decirlo, de una cierta decadencia moral. Diserta Wolfe sobre cómo la clase media americana ha llegado a disfrutar de más comodidades de las que habrían soñado los utópicos de los siglos pasados, y refuta a Dawkins y su teoría de los memes mientras se complace flirteando con una de las mayores aficiones del novelista virginiano: las neurociencias.
Sin embargo, quizá sea Mis tres comparsas el artículo más divertido y demoledor, si es que las luchas de egos entre escritores pueden volverse demoledoras, de todo el libro. Y es que, tras el formidable éxito comercial, crítico y mediático conseguido por Wolfe tras publicar la prodigiosa Todo un hombre --a mi juicio, su mejor novela--, tres pesos pesados de la vida editorial norteamericana se confabularon contra él: John Updike, Norman Mailer y John Irving. Sin abandonar ni por un segundo la elegancia casi displicente y la caballerosidad que le son propias, Wolfe enumera las razones que podrían explicar por qué sus tres comparsas habían reaccionado tan ferozmente frente a su éxito, y se permite además introducir algunas bombas de profundidad que posiblemente causaron convulsiones a Updike, Mailer e Irving cuando quiera que leyeran la respuesta que el oscuro objeto de su desprecio les había brindado.
Por último, Tom Wolfe echa la vista atrás y revela algunos de los entresijos del periodismo neoyorquino de los años 60 y 70, cuando él llego a la capital del mundo dispuesto a convertirse en novelista.
Un libro, pues, divertido y revelador, así como un magnífico repaso de algunos de los episodios más curiosos de la reciente historia norteamericana.
Toda la obra de Tom Wolfe se encuentra en la Casa del Libro.
Etiquetas: prosa, Tom Wolfe, USA
El prócer de la industria editorial Rolf Rudolph Deutsch está postrado en cama a la espera de que la Descarnada venga a cobrarse su vida. Tiene cáncer y sus expectativas de vida se reducen a días. Sin embargo, antes de exhalar el último aliento desea conocer la respuesta definitiva a una vieja pregunta: ¿existe vida después de la muerte? Para recibir contestación a esa inquietud inmortal contrata los servicios de uno de los más reputados especialistas estadounidenses en fenómenos paranormales, el escéptico Lionel Barrett. Deutsch lo reclama en su aposento y le ofrece una gran suma de dinero a cambio de que resuelva el enigma sobrenatural. Cuando Barrett acepta la oferta de trabajo, que deberá realizarse en la Mansión Belasco, la única casa encantada que se ha resistido a todos los intentos por desacreditarla practicados hasta el momento, Deutsch le informa de que otras dos personas lo acompañarán durante su estancia en el terrible edificio: Benjamín Franklin Fischer, ex celebridad del mundo de la parapsicología y superviviente de un dramático experimento previo en la Mansión Belasco; y Florence Tanner, médium. Además, la esposa del doctor se incorpora finalmente a la expedición.
La estancia de los protagonistas en la Mansión Belasco es narrada casi minuto a minuto, con una precisión que causa por sí misma una cierta sensación de inquietud, de expectación y conciencia del paso del tiempo, y ocurre así desde la llegada al desolado paraje en el que se halla edificada la maléfica Casa infernal. Matheson describe esa primera aproximación del siguiente modo:
–Estamos entrando.
De repente, el coche se sumergió en una niebla verdosa y el conductor redujo la velocidad. Todos los miraron y advirtieron que se había inclinado sobre el volante, acercando su rostro al parabrisas. Al cabo de unos instantes, conectó los faros antiniebla y los limpiaparabrisas.
–¿Cómo es posible que alguien decidiera construir una casa en un lugar como éste? –preguntó Florence.
–Para Belasco, esto era el paraíso –respondió Fischer.
Todos miraron por las ventanillas hacia la encrespada niebla. Tenían la impresión de encontrarse en un submarino que se sumergía, lentamente, en un mar de leche condensada. Junto al vehículo aparecían árboles, arbustos o formaciones rocosas que desaparecían al instante. Sólo se oía el ronroneo del motor.
[...]
Ahora avanzaban en silencio. Sólo se oía el crujido de la gravilla bajo sus pies. Aquel lugar era tan húmedo que todos tenían la impresión de que el frío había logrado adentrarse en sus huesos. Edith se levantó el cuello del abrigo y se acercó más a Lionel. Ambos siguieron caminando cogidos del brazo y mirando hacia el suelo. Florence les seguía.
Cuando Lionel se detuvo, Edith levantó la mirada.
Ante ellos, envuelta en la niebla, surgía amenazadora la silueta de una inmensa casa.
Como introducción al satánico edificio no está nada mal. El lenguaje es sencillo, práctico, despojado de estridencias góticas a pesar de que prolijidad es justo lo que uno esperaría de una novela sobre casas encantadas. Sin embargo, resulta evidente que Richard Matheson optó por modernizar las formas, como se demuestra a medida que van pasando las páginas y el horror comienza a manifestarse.
En conjunto se trata de una novela interesante. Tanto los motivos y las creencias de cada uno de los personajes están claros como el agua, y resulta convincente, incluyendo la apetencias sexuales de Belasco (el espectral morador), y las inclinaciones lésbicas de algún personaje. El misterio como fuerza creciente también aporta valor, según las normas del género, pero la combinación de todos estos elementos aisladamente favorables, incluyendo las turbadoras y dosificadas revelaciones sobre la vida terrenal de Belasco, no confieren a La casa infernal la dignidad de obra maestra, o por lo menos cautivadora, que uno esperaría de un novelista que ha sido calificado por Ray Bradbury como «uno de los escritores más importantes del siglo XX», y sobre quien Stephen King confesó que era «el autor que más me ha influido como escritor». Magníficas referencias que no se ven justificadas en un relato bien tramado, satisfactoriamente resuelto, pero un tanto menor. Me aburrí a ratos, y siempre he considerado eso como la peor señal de una novela deficiente.
Tanto La casa infernal como otras novelas de Richard Matheson están disponibles en la Casa del Libro.
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Me figuro que a estas alturas es ya demasiado tarde para tratar de cambiar las cosas, y a Ira Levin lo conoceremos por siempre jamás como el autor de La semilla del Diablo, el libro sobre el que Roman Polanski rodó el film clásico de idéntico nombre. Por supuesto, se trata del mismo autor que publicó Los niños del Brasil, sobre experimentos sociológicos y genéticos para reproducir un clon biológico y psicológico del genocida Adolf Hitler, y Las mujeres perfectas, que revelaba aquello que se esconde bajo la piel de las supuestas esposas ideales.
Sin embargo, el sello del Diablo siempre permanece grabado profundamente sobre la conciencia del lector, al menos si se elabora con talento, y a Levin la sombra del viejo Enemigo lo mantiene sumido en una especie de lúgubre oscuridad.
Ira Levin recuperó algunos de los personajes principales de La semilla del Diablo en la continuación, titulada El hijo de Rosemary. Tras varias décadas sepultada en un estado de coma inducido, y coincidiendo con la muerte del doctor Stanley Shand, el último superviviente del cónclave satánico, Rosemary recupera la conciencia para descubrir que su hijo se ha convertido en una celebridad internacional de tal magnitud que difícilmente se puede comparar a ninguna otra, con excepción, por supuesto, de un Jesucristo redivivo. Adrian Steven Castevet, el hijo de Rosemary, se ha propuesto hacer descender la paz sobre el mundo, y resulta bastante curioso que el mundo se muestra dispuesto a dejarse engatusar por Andy, pues así le llaman. Básicamente en esto consiste el libro.
El estilo narrativo es tan personal que podría identificarse una oración escrita por las manos de Levin en mitad de una biblioteca reducida a toneladas de páginas sueltas, lo cual es bueno. Resulta saludable disfrutar de determinadas características literarias que no se reproducen continuamente como un patrón. Las frases son rápidas, organizada su estructura sintáctica de modo que el lector se ve obligado a mantenerse alerta del ritmo y de dónde comienza y dónde termina cada cosa.
Pero eso no basta. Leer el libro es tan sencillo que podríamos ahorrarnos el trabajo de recorrer las líneas con los ojos: para ello bastaría con convertirlo en mermelada y untarlo sobre una buena rebanada de pan. En este sentido es fantástico. Pero la idea de un tipo capaz de poner de acuerdo a prácticamente todo el planeta, incluso aunque ese tipo sea el hijo de Lucifer, no tiene mucho sentido y desde luego la verosimilitud no es una de sus bazas. Mal asunto. Y el final parece apropiado para terminar las historias de una aspirante a escritora adolescente muy poco original. Algunos elementos obscenos y perturbadores, como la inclinación de Andy Ojos de Tigre a toquetear procazmente a su madre dotan al relato de un matiz repulsivo muy oportuno en este contexto. Pero no hay más. Lectura agradable por la facilidad con la que se desenvuelve la trama, pero no por su originalidad, su honestidad, su fuerza ni, ciertamente, por el talento, limitado, muy limitado, que despliega.
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El siempre macabro Stephen King demostró su habilidad para actualizar y barnizar de un matiz cotidiano los relatos de horror clásicos con El misterio de Salem’s Lot, novela con la que aprovechó la magnífica oportunidad que se le brindaba de extirpar al conde Drácula de los escenarios victorianos en los que Bram Stoker lo había situado, y suturarlo en un pequeño pueblo de los Estados Unidos. El resultado fue, según recuerdo --presté mi ejemplar y jamás me lo devolvieron, de modo que nunca lo he releído--, espectacular.
El joven doctor Louis Creed accede a un puesto de trabajo en los servicios médicos de una Universidad de Nueva Inglaterra. Procedentes de Chicago, tanto Creed como su esposa, Rachel, quien profesa un temor morboso por la muerte, y los hijos del matrimonio, Ellie, a quien acompaña su gato Church, y el pequeño Gage, se trasladan a vivir a una mansión situada a las afueras de la ciudad y en la linde de vastos bosques habitados antaño por los indios micmac. Allí los Creed traban amistad con el anciano Jude Crandall y con Norma, la mujer de éste. Y es el propio Crandall quien los lleva de excursión al cementerio de animales, un viejo claro en el bosque donde los niños del pueblo habían enterrado tradicionalmente a sus mascotas.
Sin embargo, las cosas empiezan para Louis mal en su lugar de trabajo. Durante la primera jornada, el alumno Victor Pascow es atropellado y muere en manos de Creed. Ciertamente no es el modo de comenzar que nadie desearía. Aquella misma noche, Louis despierta en la oscuridad y encuentra a Pascow al pie de su cama. Pascow lo invita a seguirlo y lo conduce de nuevo al cementerio de animales, donde se detiene; y, mientras señala una acerba montaña de ramas de árboles, lo exhorta a no cruzarla jamás.
Pero Creed, guiado por Crandall, acude al cementerio primero, y a lo que hay más allá a continuación, para dar sepultura al gato de su hija, al que un camión ha arrollado en la carretera que discurre frente a su casa. Creed, sumido en el escepticismo y la contrariedad, entierra al animal en el suelo de piedra de un viejo cementerio indio. Poco después, la mascota regresa viva a casa.
No todos los lectores que han dado una oportunidad a Cementerio de animales albergan sobre ella una opinión tan favorable como yo, pero me siento obligado a admitir que durante años ésta fue mi novela favorita entre las favoritas. Desde luego, las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero incluso la sencilla acción de abrir el libro y leer un par de líneas para situarme, mientras escribía este post, me ha causado un suculento subidón en su variedad más melancólica. Y es que Cementerio de animales, pese a lo que puedan opinar otros, me ha parecido siempre una de las grandes joyas del terror nacido fruto del ingenio de Stephen King.
Por un lado, el rey del terror combinó elegantemente dos elementos diferentes del género horrífico: por un lado, las historias de zombis; por otro, la leyenda aborigen americana del Wendigo, una especie de dios terrible al que se han dedicado cuentos como El wendigo, de Algernon Blackwood, y películas como Ravenous, en la que un grupo de miliares aislados en un paso de montaña se desatan a las inopinadas bondades del canibalismo.
En cualquier caso, Cementerio de animales posee algunos elementos literarios verdaderamente maravillosos: por poner un ejemplo, los personajes fueron construidos por King con un refinamiento tan sutil que los dotaba de una vida que parecía flotar en relieve por encima de las páginas impresas. Especialmente el anciano Jude Crandall, quizá el personaje más sólido confeccionado por Stephen King a lo largo de su dilatada carrera. También el uso de los elementos de la naturaleza como instrumentos para conmocionar al lector cobran aquí especial fuerza, y fe de ello da el pasaje en el que Jude guía a Louis a través del bosque para enterrar a Church en el viejo cementerio micmac, cuando Crandall advierte a su amigo de que quizá vea cosas extrañas, pero que probablemente no sean más que producto de la combustión de los pestilentes gases del pantano.
El desarrollo moral de los personajes es consistente en su mayor parte, aunque algunas referencias de psicología de andar por casa resultaban un tanto ridículas, como el resentimiento de Louis a su madre porque ésta le mintió sobre la verdadera procedencia de los bebés. Por otro lado, el progreso de la trama cobra velocidad a medida que pasan las páginas, y el dramatismo se infla tanto que, llegados a cierto punto, la maldad ya lo ha emponzoñado todo, incluso las manos con las que sujetamos nuestro libro.
Una lectura recomendable, muy clásica, que sin duda alguna habría recibido elogios de H.P. Lovecraft de haber tenido ocasión de leerla: no albergo la menor duda de que Cementerio de animales es una obra maestra de la literatura preternatural.
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La novela Clase nocturna de Tom Piccirilli me hizo pensar tres cosas mientras la aferraba entre las manos, las siguientes: que este escritor literalmente descomunal, robusto como un toro, posee nociones avanzadas sobre el tipo de escenas insólitas e insinuantes que hacen que se te hiele la sangre bajo la piel; que la prosa poética puede ser muy útil para reforzar la sensación de inquietud si uno es capaz de dominar las sutilezas del idioma; y que el lenguaje poético puede volverse lo bastante pesado para aplastar una trama como a una mosca de verano si no se emplea con moderación.
Tras las vacaciones de invierno, Caleb Prentiss descubre que un asesinato ha sido cometido en su dormitorio. Sobre la víctima y las circunstancias del crimen poco se sabe, y Prentiss se propone adentrarse en el misterio. Sumido en una creciente obsesión, trata de desentrañar el enigma sin reparar en la forma en que éste lo está alterando, y poco a poco, con las manchas de sangre seca de la víctima adheridas a las paredes de su dormitorio y fenómenos extraños sucediendo a su alrededor, cerniéndose sobre él como una serpiente pitón, Prentiss se aproxima a una solución que puede tanto impresionar como decepcionar al lector. Mucho me temo que, en lo concerniente a mí, al pasar la última página me sentía ya un poco cansado.
Piccirilli es un autor hábil, sobresaliente en algunos aspectos. Las frases de una gran fuerza poética que inserta en el transcurso de la trama tienen la cualidad de reafirmar la inquietud que uno ya había empezado a experimentar. Sin embargo, el exceso de poesía reduce su eficacia, como si el abuso la vulgarizase, y finalmente constituye más un lastre que un elemento favorable. Otra de las habilidades sobresalientes de Piccirilli es la naturalidad con la que consigue que personajes convencionales se vuelven excéntricos e incluso perturbadores, y cómo las escenas están revestidas de una oscuridad casi tóxica, enfermiza, envueltas en una pátina que puede resultar tanto triste como descorazonadora y decadente.
Clase nocturna narra primero una obsesión personal fruto de una escena poderosa, el asesinato de una joven de dieciocho años y el silencio que se ha instalado alrededor del suceso, y a continuación se transforma en una versión adulta de las películas de leyendas urbanas para adolescentes que Hollywood fabrica como churros. Pero donde los protagonistas de los films son planos en el mejor de los casos, y decididamente inverosímiles en el peor, aquí la psicología cobra fuerza y forma (y tanto la fuerza como la forma son tan disfuncionales que hacen pensar en los secretos que se cuecen en las interioridades de las grandes ciudades).
Existe una edición muy barata de la presente novela, de modo que uno puede dar cuenta de ella para decidir si merece la pena seguir de cerca el trabajo de Piccirilli, o si por el contrario sumamos su nombre a nuestra lista negra de escritores a evitar. Es una decisión personal.
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Supongo que los motivos que le hacen a uno disfrutar de una novela son tan diversos como la propia variedad humana, y, aunque ciertamente esta premisa es utilizada a menudo para justificar la existencia incluso de los libros más inmundos, no tengo intención de transitar en este momento por ese camino. Hay novelas buenas y malas novelas, buenas novelas aburridas y novelas malas absorbentes. No siempre es fácil decantarse por la primera opción, pues, ¿no debe ser gozo, incluso en sus manifestaciones más melancólicas y tristes, lo que ha de proporcionar un autor de ficción a sus lectores? Sin duda que ésa es precisamente mi opinión, y ha resultado oportuno que, a lo largo de mi vida como devorador de libros, los escritores que más profundamente han cavado en mi carácter hayan compartido esta teoría: lo primero, el entretenimiento.
Decía que hay mil motivos por los que una obra de ficción puede captar tu atención hasta el punto de que te conmueve el alma, y no siempre la calidad es uno de los factores determinantes. No obstante, resulta muy consolador que escritores brillantes sean asimismo verdaderos showmans de las letras, por decirlo de algún modo. En fin, me vienen a la cabeza un par de novelas autobiográficas de Gerald Durrell, Mi familia y otros animales y Bichos y demás parientes; al margen del ingenio desplegado por Durrell en ambos títulos --dos tercios de la Trilogía de Corfú--, lo que me atrapa siempre en sus lecturas y relecturas es la visión a través del tiempo de una infancia cálida y pacífica tan luminosa y entrañable que más parece ficción. Por supuesto que Durrell debe de haber limado algunas asperezas para que la cosa quedara redonda, ya me entendéis, pero el trasfondo de infinito placer infantil resulta tan puro y natural que resulta muy difícil discutir su verosimilitud. Y por eso me vuelven loco esos relatos: mientras los leo, preferentemente durante las tardes de verano, mi propia infancia, muy poco satisfactoria, pierde toda su importancia y vivo lo que antes vivió Durrell. Me adueño de una existencia que, por lo demás, el concede generosamente.
Otra de las novelas que me hacen feliz porque me transportan a tiempos imposibles, y no tanto por la trama --no es que la desdeñe-- es Nuestra Señora de las Tinieblas, brillante relato de terror de Fritz Leiber. (¿Has escuchado alguna vez la expresión «espada y brujería? Pues la acuñó él.) Compré el libro a precio de saldo, supongo que justo antes de que la editorial, de la que no tengo ninguna referencia, lo retirara del mercado y lo transformara en pulpa de celulosa. Caballeros, permítanme decirles que disfruté ese libro como un niño un caramelo.
Franz Western, guionista y autor de historietas de terror de tercera fila, reside en un edificio de apartamentos del exótico San Francisco de los años ’70. Comparte pasillos y plantas con una intérprete de clavicordio, amiga suya, y con dos colegas solteros sobre quienes pende la sospecha, en absoluto relevante para la trama, de la homosexualidad. (Insisto, todo tiene lugar en la inclinada San Francisco.) Cierto día, mientras otea la ciudad con unos binoculares, descubre a un tipo de lo más excéntrico danzando locamente en una distante colina, visible desde su apartamento. Más tarde, impulsado por la curiosidad, Franz realiza una excursión a aquel lugar. No diré lo que allí sucede, porque es la mejor parte de la novela, pero puedo anticipar que la sangre se espesó en mis venas y el miedo, en su variedad más vacía y primitiva, perduró en mis entrañas durante varios días. O, para decirlo con mayor exactitud, durante varias noches: soy criatura nocturna.
La cuestión es que en lo sucesivo Franz comienza a investigar a un tipo verdaderamente misterioso, Thibaut de Castries, que había formado un círculo de ilustres personajes a su alrededor varias décadas atrás. Entre sus colaboradores se encontraba Clark Ashton–Smith, el afamado poeta, pintor y autor de cuentos de horror, y es aquí donde la realidad comienza a mezclarse con la ficción.
Nuestra Señora de las Tinieblas posee la poderosa capacidad de inocular una intensa nostalgia en las entrañas del lector, tanto el viva–la–vida San Francisco de la década de la liberación sexual, los hippies y todo lo demás, como el San Francisco de artistas innovadores y mentes brillantes de la primera mitad del siglo XX. La verdad es que no sé si las cosas ocurrieran verdaderamente así, pero suena tan persuasivo que uno experimenta deseos de practicar un pequeño viaje en el tiempo.
Escrita con un estilo limpio y consistente, la novela proporciona todo tipo de placeres: el del lenguaje empleado con refinamiento; el de tener acceso a la intimidad de personas interesantes; la nostalgia de tiempos pasados que han devenido míticos; y el de una trama absorbente y bien estructurada, aunque poco pretenciosa, que siempre ofrece la oportunidad de pasar varias horas de placer.
A propósito, el título de la novela hace referencia al trabajo de Thomas De Quincy; aún más, el maravilloso relato de Leiber comienza con una larga cita de éste:
Pero la tercera hermana, que es también la más joven... ¡Cuidado! ¡Susurrad cuando habléis de ella! Su reino no es grande, o de lo contrario no habría nada con vida, pero dentro de ese reino todo el poder es suyo. Su cabeza, enorme como la de Cibeles, se alza más allá del alcance de la vista. Nunca baja la mirada, y sus ojos, al elevarse tanto, puede que queden ocultos por la distancia. Pero, siendo lo que son, no pueden ocultarse. Puede leerse desde suelo, a través del tenue velo negro que lleva, la fiera luz de una ardiente miseria, que no descansa mañana ni tarde, ni a mediodía no a medianoche, ni en la pleamar o la bajamar. Ella es la que desafía a Dios. Es también la madre de las locuras, y la que induce a los suicidas. Las raíces de su poder son profundas, pero la nación que gobierna es pequeña. Pues solo puede acercarse a aquellos en los que una naturaleza profunda ha sido soliviantada por convulsiones centrales, aquellos en quienes el corazón tiembla y el cerebro se mece bajo tempestades de conspiraciones interiores y tempestades exteriores. La Madonna se mueve con los pasos inseguros, rápidos o lentos, pero siempre con trágica gracia. Nuestra Señora de los Suspiros se arrastra tibia y furtivamente. Pero esta hermana más joven se mueve con gestos incalculables, rebotando, y con saltos de tigre. No lleva ninguna llave, pues aunque aparece rara vez entre los hombres, derriba todas las puertas en las que se le permite entrar. Y su nombre es Mater Tenebrarum, Nuestra Señora de las Tinieblas.
Maravilloso.
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Tom Wolfe alcanzó la celebridad hace varias décadas gracias a su habilidad para emplear todo tipo de recursos originales en sus descripciones del mundo que lo rodeaba. Incluso lo encumbraron como padre del llamado --y no siempre bien definido-- «nuevo periodismo», aunque se vio obligado a compartir ese honor con Norman Mailer, con Truman Capote y con el bonzo Hunter S. Thompson, quien, por cierto, se descerrajó un tiro en la boca hace algún tiempo, suicidio que motivó un delicioso y sentido obituario de Wolfe.
Se me ocurre que hoy día todos los blogueros deberían echarle un vistazo a las crónicas periodísticas del reportero de blanco y, con un poco de suerte, empaparse tanto de su ingenio, cosa difícil, como de su maravillosa habilidad para utilizar un lenguaje chispeante e inmediato que me hace pensar... sí... en lo bien que le sentaría a la blogosfera...
En fin, terminé de leer ayer una corta recopilación de viejos artículos sesenteros de Tom Wolfe. Me refiero a El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de rol; ya ves, si tu profesor de informática te pregunta por el título de libro más largo que conoces, puedes dejar que éste caiga como una losa sobre su cabeza.
El volumen contiene cuatro artículos. El primero de ellos da título a la compilación y describe bastante festivamente lo que debieron de ser los tiempos germinales del tuneo de automóviles, aunque la traducción hispana lo ha dejado en un exótico «pichicateo». Por aquella época los jóvenes abandonaban el hogar paterno, ponían rumbo a la luminosa Los Ángeles y se esforzaban desesperadamente en hacerse un nombre en el negocio de la «personalización» de vehículos motorizados. Como suele ocurrir cuando se trata de destacar en una actividad creativa, la gran mayoría de contendientes se quedó en el camino. Una lástima, claro. Por cierto que el artículo de marras protagoniza una famosa anécdota que habría de dar el pistoletazo de salida a la fulgurante carrera de Wolfe. Y es que el reportero sureño no sabía qué forma darle al texto, de modo que llamó por teléfono a su jefe, por aquel entonces el director de la revista Esquirer, y le explicó cuán mal andaban las cosas. Replicó el mandamás que se limitara a enviarle sus notas, que un escritor competente realizaría el trabajo final, pero, cuando el tipo tuvo el manuscrito de Wolfe en sus manos, ¡vio que aquello era auténtica dinamita! De hecho publicó el texto tal cual aparecía sobre el papel, y el resto es historia.
El presente volumen incluye asimismo Arquitectura electrográfica, artículo en el que el autor discurre sobre la explosión de cierto tipo de arquitectura determinada básicamente por las necesidades de publicidad y exhibición --en realidad, el objeto del texto tiene más que ver con los artistas comerciales que con los propios arquitectos --.
Los muchachos de la melena ofrece a Wolfe la oportunidad de explayarse sobre el desarrollo de nuevas modas en la Costa Oeste de los Estados Unidos en los ’50 y ‘60, y cómo el transcurso de los tiempos ha propiciado que los usos y costumbres hayan evolucionado de manera sorprendente; vestimentas de rol carismático --como los suntuosos trajes de un rey, que simbolizan su majestad--, vestimentas de trabajo --el mono funcional de un mecánico, por ejemplo--. Bueno, eso es algo maravilloso.
Por último, Las Vegas (¿Qué?) Las Vegas (¡No te oigo! Mucha bulla) ¡¡¡Las vegas!!! da fe de la capacidad de Tom Wolfe para captar las sutilezas de los paisajes y paisanajes urbanos. La celebérrima capital del juego no es un sitio tan bueno como cualquier otro para empezar: es el mejor, con todas esas luces espectaculares, y las muchachas que mueven las caderas así, los ancianos de sesenta años --supongo que por aquella época, a los 60 se era viejo-- que pasan las vacaciones dilapidando el dinero en los hoteles casino, y las viejas harpías solitarias que se aferran con una fe verdaderamente fervorosa a las máquinas tragaperras.
Insiste siempre Tom Wolfe en que la vida de su país constituye un carnaval tan maravilloso que los escritores estadounidenses deberían sentirse obligados a retratarla, pero, tras leer a Wolfe, uno comprende la profunda dificultad de semejante tarea: más que un modelo de trabajo, el dandy más famoso de las letras americanas es un espejismo inalcanzable.
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¿Qué hay de un libro cuya primera lectura, desde la que han transcurrido varios años, fue una turbadora combinación de la dureza del whisky ardiendo contra las paredes de la garganta y un chorro de suavísima crema de nata? Estoy hablando de la novela Casa de arena y niebla, que hace un par de semanas leí por segunda vez. (Aunque mis afición a la relectura sorprende a menudo a mis conocidos, tengo mi récord en unos diez barridos de Cementerio de animales, ficción zombífica de Stephen King que incluso a día de hoy, cuando el adorable gigantón de Maine se ha desplomado del Olimpo de mis escritores súper ultra mega favoritos --o sea, Tom Wolfe y P.D. James--, me sigue suscitando un placer tan pacífico como la sonrisa de un niño.)
Casa de arena y niebla constituye una tragedia griega en toda regla, si nos atenemos a las palabras del autor, André Dubus III, y las tres primeras cosas que le vienen a uno a la cabeza a medida que pasas las primeras páginas son las siguientes: una, que es adictiva; dos, que resulta básicamente verosímil, y en parte gracias a eso, la empatía se infiltra en las venas como una inyección antibiótica (sobre todo si los virus han perdido el juicio); y tres, que las cosas terminarán verdaderamente mal, aun cuando uno espera en lo profundo de su ser que el asunto se solucione como por arte de magia y los protagonistas vivan felices y coman perdices.
La exitosa novela de Dubus, que se encumbró en las listas de best–sellers y superó los tres millones de ejemplares vendidos, debido en cierta medida a la propiciatoria recomendación de Oprah Winfrey en su club de lectura, narra cómo un absurdo error burocrático obliga a una chica, ex drogadicta y ex alcohólica, a la sazón abandonada por su marido (ex drogadicto y ex alcohólico), a desalojar su casa, que es vendida en una subasta y adquirida por... bueno, por un ex coronel del ejército imperial del sah Pahlevi antes de que el ayatolá Jomeini se dejara crecer la barba y ocurriera todo aquel feo asunto en Irán... que dura todavía hoy... El ex coronel posee el carácter más carismático y subyugante del relato, quizá a causa de que historias como la suya no han sido tan sobadas en la literatura y el cine como las de chicas blancas disfuncionales. El ex coronel, que había sido una auténtica autoridad en su país de origen, se ve degradado en Estados Unidos con trabajos de poca monta y, lo que es peor, es sometido a una flagrante pérdida de prestigio. Para colmo de males, su melancólica esposa lo culpa de sus desdichas actuales. Por otro lado, la chica, la desahuciada, comienza una relación llena de suspicacias y temores con el mismo ayudante del sheriff que la forzó a abandonar su casa. Y creedme cuando os digo que las cosas se tuercen. Se tuercen de veras.
Se trata de una novela intensa y persuasiva, aunque resulta difícil describirla como una gran obra. Quizá lo sea. He pensado mucho en ello pero no he llegado a una conclusión de la que me sienta satisfecho.
El relato está narrado a tres voces, dos en primera persona/ presente histórico --el coronel y la muchacha--, y la tercera omnisciente, que corresponde al autor. El lenguaje es tan limpio y elemental que parece fresco y veloz como una llovizna de verbos y sustantivos. Resulta muy adecuado dadas las características de la trama, con la que encaja a la perfección, pero en alguna ocasión la simpleza se vuelve casi banal.
Por otro lado, el dramático final constituye una verdadera tortura emocional, y en algún momento uno llega a preguntarse si no estará siendo chantajeado deliberadamente por el autor. Tal vez sí. Incluso puede uno experimentar la sensación de que todas las dudas de los personajes, y las casualidades y el deus ex machina–invertido final han sido sembrados por una inteligencia invisible, lo cual presenta un problema. Esa inteligencia corresponde a la astucia del escritor, que se divisa como un reflejo entrevisto en la niebla. Sin embargo, es mi opinión que la obligación de un escritor consiste en mantenerse al margen y permitir que los acontecimientos se sucedan con naturalidad...
En conclusión, novela superior a la media. La profundidad psicológica de los personajes resulta consistente en su conjunto, con algunas excepciones un tanto artificiosas. Pero si se trata de recomendar su lectura, lo haría sin reservas.
Casa de arena y niebla se encuentra en Casa del Libro.
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Puede que mil doscientas páginas constituyan un exceso para una novela corriente, pero las que conforman El fantasma de Harlot se deslizan por la garganta del lector tan suavemente como una verdadera seda. Supongo que cuando te embarcas en una travesía de este tipo, es decir, cuando decides concederle a un escritor un número significativo de horas de tu tiempo, depositas tu confianza en la posibilidad de divertirte un poco, de evadirte de la prosaica vida que frecuentemente vivimos y, si se dan las condiciones adecuadas, de comprender algo mejor la magnífica diversidad de la naturaleza humana. El fantasma de Harlot satisface todas estas expectativas.
Escrita en primera persona con un lenguaje cautivadoramente depurado, El fantasma de Harlot narra parte de la vida del espía de la CIA Harry Hubbard, desde su infancia en una en cierto modo aristocrática familia de la Costa Esta norteamericana, hasta sus viajes alrededor de un mundo sometido por los rigores de la Guerra Fría. A Hubbard se le ve en el Berlín dividido, donde comienza a curtirse como agente secreto y triunfa sobre una secreta inclinación homosexual, en la aburrida Uruguay, donde se desata su ímpetu sexual, materializado en forma de promiscuas relaciones con las multiformes prostitutas de la capital sudamericana, en Miami, incluso en Cuba, donde participa en un intrincado complot para derrocar al dictador Castro.
Sin embargo, no se trata de una trepidante novela de espionaje en sentido convencional, aunque ésa es precisamente la impresión que suscita cuando uno hace el esfuerzo de describirla a sus amigos. A pesar de que el relato comienza y termina en la capital de la URSS, donde Hubbard busca a Harlot, posible agente doble y desertor, el desarrollo del argumento, que se inflama lenta pero irreversiblemente con el transcurso de las páginas, tiene lugar en las relaciones que el protagonista establece tanto consigo mismo --su verdadero yo--, como con el mundo en el que le ha tocado vivir. Es una novela de enorme envergadura moral, decididamente religiosa aunque solo sea como proyección de las fuertes y arraigadas pulsiones espirituales de los protagonistas, desde el propio Hubbard hasta su amor platónico por mucho tiempo y finalmente esposa, Kittredge Harlot, esposa de uno de los jerarcas de la CIA y tótem a cuya sombra se desarrolla la personalidad de Harry: el mismo gran Harlot a quien hace referencia el título de la novela. También el padre de Hubbard, Cal, constituye una carismática figura que proyecta sobre su hijo una sombra vasta e insoslayable.
El fantasma de Harlot está repleto de introspección, de duda, de deseo, de especulación, y también de personajes reales que se manifiestan graciosamente aquí y allá: Kennedy y su hermano Robert, la amante compartida por Kennedy, Frank Sinatra y el capo de la mafia Sam Giancana, así como el mencionado tirano Fidel Castro. Así pues, en El fantasma la historia mundial de las décadas que le sirven de trasfondo no se limita a ofrecer un marco de verosimilitud narrativa, sino que se imbrica íntimamente con la ficción para conferirle una fuerte textura de realidad. Si a eso le sumamos la imbatible eficacia narrativa del autor, Norman Mailer, es razonable llegar a la conclusión de que nos encontramos ante una verdadera obra maestra. 100% recomendada.
El fantasma de Harlot, así como otra novelas memorables de Norman Mailer, se encuentra disponible en Casa del Libro.
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El salvaje Ellis publicó su primera novela a comienzos de la veintena: Menos que cero es esa novela. Me figuro que debería definirla como 182 páginas de vacuidad moral escritas en primera persona por un paradigmático niño rico californiano, pero una síntesis tan sucinta no le haría justicia, si bien contribuiría a ofrecer una primera imagen bastante acertada. Dejadme que sitúe en el primer párrafo lo peor que tengo que decir: no es la obra de un genio y no demuestra una madurez superior a la que un veinteañero con la suficiente vida social es capaz de identificar en su entorno. Menos que cero no me impresionó, incluso aunque eso es lo que uno espera encontrar al abrir un libro forjado en la fragua estomacal de Ellis. El estilo lineal y sencillo confiere al texto una urgencia que ni siquiera las escenas más abstractas, por así decir, como por ejemplo los episodios situados en el desierto, logran frenar. Es, en suma, una novela más que correcta, pero, en mi humilde opinión, nada más.
Ahora, lo bueno. Se trata de una lectura rápida y agradable. Es lo bastante breve para que la vaciedad a la que aludía no pese como plomo en la garganta del lector. Ofrece un interesante retrato, quizás algo hiperbólico --necesariamente hiperbólico, más bien--, de los muchachos ricos y malcriados de Los Ángeles. Todo significa nada, y aunque esa forma de vivir la vida nos causa una profunda congoja a la mayoría de las personas, la quirúrgica, desapasionada descripción de la misma que Ellis realiza la dota de un interés antropológico y, por qué no decirlo, morboso. Sin embargo, algunas reacciones un tanto moralistas que experimenta el protagonista, como por ejemplo en la escena en que un amigo suyo se prostituye para saldar unas deudas, estallan como burbujas de estaño en mitad del relato. Cuidado con las esquirlas.
Si la pregunta es: «¿recomendarías la novela?», la respuesta es sí. Tanto para situar a ese gran escritor que es Easton Ellis (dígase Lunar Park), como para asistir como espectador, animada, aunque también dolorosamente, a un estilo de vida, el de los pobres niños ricos, que ha sido proyectado tradicionalmente como un juego de malabares para bobos en el que la Felicidad siempre gana. OC y Sensación de vivir son también dos ejemplos de vacío moral, precisamente por la falta de vida --es decir, por lo falsa que resulta la existencia de los personajes--, y Menos que cero, la nada, la absoluta nada, dibuja en nuestros estómagos, en la raíz de los instintos más primitivos, un escenario a la vez atávico y extremadamente actual, como un meteoro que conecta la indolente profundidad del cosmos con las aspiraciones más ancestrales del hombre. Lo cual es lo mismo que decir, las esperanzas envueltas en precioso papel de desengaño.
Nota: hace meses, si no un año, que leí esta novela. Tal vez la memoria me engañó en algún momento. ¡Lo siento! :)
Menos que cero, al igual que toda la obra de Bret Easton Ellis, puede adquirirse en Casa del Libro.
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Me pasé la adolescencia leyendo y releyendo libros de Stephen King. Algunos de mis relatos de terror favoritos están firmados por el fornido novelista de Maine, como por ejemplo Los misterios del gusano, de El umbral de medianoche. Impulsado por la nostalgia y el placer de la literatura preternatural bien escrita, leo Cementerio de animales una vez al año, y Jude Crandall sigue siendo uno de los personajes literarios más sólidos que recuerdo. Las historias de Stephen King reclaman justa presencia cuando rememoro los veranos de mi juventud, y nunca le agradeceré lo suficiente todas las horas de placer que me ha proporcionado a lo largo de mi vida. Por mucho tiempo fue mi escritor favorito, pero ya no más.
Raramente termino de leer los libros que me aburren. Sin embargo, he concedido a King tres indulgencias: El juego de Gerald, Buick 8. Un coche perverso, verdadero plomo del que Stevie se siente bastante orgulloso, según menciona en su espléndido Mientras escribo, y La chica que amaba a Tom Gordon. Resulta, sin embargo, que El juego de Gerald y ésta última son la misma novela. Genial, ¿verdad?
La pequeña Trisha McFarland se pierde en el bosque mientras realiza una excursión con su madre y su hermano: en eso consiste toda la historia. Los juegos psicológicos presentes en La chica se dejaron ver ya en El juego de Gerald (donde una mujer asesta un mal golpe a su marido, quien muere de un ataque al corazón, dejándola encadenada a la cama en mitad de ninguna parte), y la emoción y el ritmo son tan eficaces como una babosa tratando de mantener el equilibro sobre las hojas de un matorral. Si es que las babosas se arrastran sobre las hojas. Cuestión ésta, dicho sea de paso, bastante más interesante que las pueriles aventuras de La chica que amaba a Tom Gordon. Como suele decirse, pues cásate con él, si tanto te gusta.
La chica que amaba a Tom Gordon, así como la obra completa de Stephen King, se halla en Casa del Libro.
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El proceso es éste: abres una novela de Dashiell Hammett, lees un par de párrafos y LA REVELACIÓN cae como una losa sobre tu cabeza: comprendes que no merece la pena el esfuerzo de escribir. La sensación de fracaso invade tus entrañas, arrojas a la papelera la pila de manuscritos que has edificado a lo largo de los años y, mientras bregas por no echarte a llorar como un niñito al que le han birlado la piruleta --en tu caso, la dignidad--, piensas que hay una corriente de injusticia soplando por el mundo. Y tú estás en plena ruta.
Sin embargo, uno puede enfocar el asunto de una manera un poco más constructiva y, entretanto te persuades de que no importa no escribir como Dashiell Hammett, de que haces lo que puedes y de que eso resulta suficiente, piensas que la literatura es hermosa. Hammett, chicos, ofrece esa lección magistral: la literatura es hermosa.
Empecé a leer género negro al adquirir a precio de saldo una colección de libros de relatos de misterio presentados por el mismísimo Alfred Hitchcock. La verdad es que yo esperaba encontrar cuentos de terror, pero opté por darles una oportunidad y resultó que disfrutaba leyéndolos. Así que compré los ejemplares que me faltaban, y luego, también a precio de ganga, pasé por Michael Connelly, James Ellroy, Elmore Leonard, P.D. James y Patricia Cornwell. Me molaban. Hubo otros, y ahora está Hammett. Fue Cosecha roja la novela iniciática.
El primer pensamiento que te asalta la cabeza al empezar a leer el libro es que el detective que escribe la novela en primera persona tiene más talento del que la mayoría de los escritores acumulan, página tras página, a lo largo de todas sus vidas. El detective es malencarado, un tanto violento, entrado en carnes y las circunvoluciones de su cerebro son afiladas como cuchillas. Lo contrata un potentado local para investigar la muerte de su hijo y para librar de bazofia la ciudad, pero las cosas se tuercen enseguida y, cuando te has dado cuenta, las balas silban junto a tus oídos. Mafiosos, tráfico de alcohol y personajes que nunca fueron nada y que han venido a menos, pero todo con una incisiva percepción de la degradada naturaleza humana.
A diferencia del foco habitual de las novelas negras, que trata de resolver el enigma de un crimen, Cosecha roja se esfuerza en reflejar la sobria decadencia de toda una ciudad, y de cómo un tipo feo pero bueno, el protagonista, despojado de efectismos y dotado de una fuerte personalidad, intenta hacer lo que le parece correcto. Y el cielo sabe que eso le causa cantidad de problemas. Lectura recomendada, pues.
Todo Dashiell Hammett, incluyendo Cosecha roja, en Casa del Libro.
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