¿Qué hay de un libro cuya primera lectura, desde la que han transcurrido varios años, fue una turbadora combinación de la dureza del whisky ardiendo contra las paredes de la garganta y un chorro de suavísima crema de nata? Estoy hablando de la novela Casa de arena y niebla, que hace un par de semanas leí por segunda vez. (Aunque mis afición a la relectura sorprende a menudo a mis conocidos, tengo mi récord en unos diez barridos de Cementerio de animales, ficción zombífica de Stephen King que incluso a día de hoy, cuando el adorable gigantón de Maine se ha desplomado del Olimpo de mis escritores súper ultra mega favoritos --o sea, Tom Wolfe y P.D. James--, me sigue suscitando un placer tan pacífico como la sonrisa de un niño.)
Casa de arena y niebla constituye una tragedia griega en toda regla, si nos atenemos a las palabras del autor, André Dubus III, y las tres primeras cosas que le vienen a uno a la cabeza a medida que pasas las primeras páginas son las siguientes: una, que es adictiva; dos, que resulta básicamente verosímil, y en parte gracias a eso, la empatía se infiltra en las venas como una inyección antibiótica (sobre todo si los virus han perdido el juicio); y tres, que las cosas terminarán verdaderamente mal, aun cuando uno espera en lo profundo de su ser que el asunto se solucione como por arte de magia y los protagonistas vivan felices y coman perdices.
La exitosa novela de Dubus, que se encumbró en las listas de best–sellers y superó los tres millones de ejemplares vendidos, debido en cierta medida a la propiciatoria recomendación de Oprah Winfrey en su club de lectura, narra cómo un absurdo error burocrático obliga a una chica, ex drogadicta y ex alcohólica, a la sazón abandonada por su marido (ex drogadicto y ex alcohólico), a desalojar su casa, que es vendida en una subasta y adquirida por... bueno, por un ex coronel del ejército imperial del sah Pahlevi antes de que el ayatolá Jomeini se dejara crecer la barba y ocurriera todo aquel feo asunto en Irán... que dura todavía hoy... El ex coronel posee el carácter más carismático y subyugante del relato, quizá a causa de que historias como la suya no han sido tan sobadas en la literatura y el cine como las de chicas blancas disfuncionales. El ex coronel, que había sido una auténtica autoridad en su país de origen, se ve degradado en Estados Unidos con trabajos de poca monta y, lo que es peor, es sometido a una flagrante pérdida de prestigio. Para colmo de males, su melancólica esposa lo culpa de sus desdichas actuales. Por otro lado, la chica, la desahuciada, comienza una relación llena de suspicacias y temores con el mismo ayudante del sheriff que la forzó a abandonar su casa. Y creedme cuando os digo que las cosas se tuercen. Se tuercen de veras.
Se trata de una novela intensa y persuasiva, aunque resulta difícil describirla como una gran obra. Quizá lo sea. He pensado mucho en ello pero no he llegado a una conclusión de la que me sienta satisfecho.
El relato está narrado a tres voces, dos en primera persona/ presente histórico --el coronel y la muchacha--, y la tercera omnisciente, que corresponde al autor. El lenguaje es tan limpio y elemental que parece fresco y veloz como una llovizna de verbos y sustantivos. Resulta muy adecuado dadas las características de la trama, con la que encaja a la perfección, pero en alguna ocasión la simpleza se vuelve casi banal.
Por otro lado, el dramático final constituye una verdadera tortura emocional, y en algún momento uno llega a preguntarse si no estará siendo chantajeado deliberadamente por el autor. Tal vez sí. Incluso puede uno experimentar la sensación de que todas las dudas de los personajes, y las casualidades y el deus ex machina–invertido final han sido sembrados por una inteligencia invisible, lo cual presenta un problema. Esa inteligencia corresponde a la astucia del escritor, que se divisa como un reflejo entrevisto en la niebla. Sin embargo, es mi opinión que la obligación de un escritor consiste en mantenerse al margen y permitir que los acontecimientos se sucedan con naturalidad...
En conclusión, novela superior a la media. La profundidad psicológica de los personajes resulta consistente en su conjunto, con algunas excepciones un tanto artificiosas. Pero si se trata de recomendar su lectura, lo haría sin reservas.
Casa de arena y niebla se encuentra en Casa del Libro.
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