Descubrí al escritor y guionista Richard Price como miembro de una lista confeccionada por Tom Wolfe en la que el dandy de las letras americanas enumeraba a unos pocos autores a los que atribuía talento literario. No es ningún secreto que yo considero a Wolfe EL HOMBRE, de manera que me apresuré a apuntar los títulos de las novelas recomendadas y acto seguido emprendí la caza. No recuerdo cuál era el libro de Price encomiado por Wolfe, pues no está traducido al español, de modo que me conformé con el único material disponible en el idioma de Cervantes. Se trata de la novela El samaritano y, sí, es magnífica.
Ray Mitchell abandona su lucrativo puesto de trabajo como guionista de una serie televisiva de éxito para regresar a Nueva York, donde creció, formó una familia abocada al fracaso, se sumergió en el consumo de drogas y donde finalmente tuvo un golpe de suerte. Ahora Mitchell desea estar más cerca de su hija y trata de establecer una vida constructiva, de modo que, para empezar, se ofrece como profesor de literatura creativa en el mismo instituto ineficaz y deprimido en el que él mismo estudió años atrás. Mitchell es un tipo generoso, y siempre está dispuesto a compartir su fortuna con el prójimo. El problema reside en que incluso la virtud aparente puede encerrar una cierta disfuncionalidad, y la generosidad de Mitchell lo lanza de cabeza a un pozo de problemas.
Alguien golpea la cabeza de Mitchell con una jarra en la casa de la víctima, causándole una grave conmoción cerebral, pero el samaritano no suelta prenda ante la policía. La detective responsable del caso es, además, el personaje más entrañable y carismático de la novela, una inspectora con problemas que le debe a Mitchell un favor de juventud.
Y es de este modo que asistimos a una galería de personajes que en no pocas ocasiones rozan el patetismo, almas en pena que van y vienen, que regresan desde el pasado y se manifiestan en el presente como espectros materializados a partir de la nada.
El samaritano es también una de esas novelas en las que el autor describe un par de figuras simétricas e introduce pequeños matices que, en mitad de la semejanza, están llamados a resonar como truenos. Así, tanto Mitchell como Nerese, la detective a cargo del caso, demuestran la misma disposición a desplegar una generosidad inusual y conmovedora, aunque no es difícil darse cuenta de hasta qué punto la de Nerese procede de una bondad natural --curiosamente, Nerese menciona que es cristiana, y que confía en Dios--, mientras que la de Mitchell está revestida de una cierta artificialidad. Desde este punto de vista, era inevitable que ella adoptara finalmente una visión más esperanzadora de la vida.
Novela magnífica, sí señor.
El samaritano está disponible en la Casa del Libro.
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Me siento en la obligación de reconocerlo. No he leído Los pilares de la Tierra. He escuchado suficientes comentarios favorables sobre esa novela como para forrar la catedral de Sevilla, pero cuando la tuve en mis manos y ojeé las primeras páginas, en casa de un conocido, no me sentí demasiado motivado a sumergirme en la historia que ha apasionado a millones de lectores en todo el planeta. El caso es que un autor que se declara ateo desde el mismo prólogo está condenado a causarme una opinión desfavorable, aunque sé muy bien que las convicciones religiosas no tienen por qué afectar a la calidad literaria de quien las profesa. No obstante, al cabo de un par de años descubrí En el blanco, también de Ken Follett, en edición limitada a precio de ganga, y me dije que nada perdía por concederle una oportunidad. Emprendí la lectura en busca de entretenimiento, y puro entretenimiento es lo que obtuve. En este sentido fue una relación honesta entre las partes. El autor me proporcionó varias horas de diversión inocua a cambio de mi dinero, por poco que éste fuera. De modo que mi opinión sobre Follett mejoró sensiblemente, y le di una segunda oportunidad con El tercer gemelo, cuya sinopsis, leída en una página de internet, parecía corresponderse con el argumento de una de esas películas televisivas de mediodía, pero, ¿acaso no fue el caso de En el blanco?
Ahora, la confesión. Abandoné la novela cuando llevaba leídas más de trescientas páginas y sólo quedaban ciento sesenta por delante. El problema residía en que los clichés de El tercer gemelo me hacían sentirme como un auténtico estúpido; y no es que el autor hubiera prescindido de las convenciones del género en su libro En el blanco, pero en esta ocasión Follett situado el límite de la verosimilitud tan alto que apenas lo alcanza la vista.
El chico bueno, cuyo aspecto describía Follett como muy parecido a Brad Pitt --el autor no niega que desearía que alguna de sus novelas fuera llevada a la gran pantalla con toda la parafernalia hollywoodiense--, era, de hecho, demasiado bueno, apuesto y angelical, como uno de esos personajes de teleserie que me chiflaban cuando era un crío, y que ahora me provocan una incómoda sensación de inmadurez. Lo mismo podría decirse del chico malo, que era algo así como el anticristo en plan macarra vacilón gestado en una probeta.
Pero ni siquiera fue éste el factor determinante de mi decepción. Es sólo que la protagonista apenas si me causaba la menor simpatía, y todo mi afecto se lo llevaba el antagonista, a pesar de su ostensible lado oscuro. He aquí el error, en que el personaje más carismático de la novela está tan artificiosamente trazado que incluso en su perversidad --es un supremacista blanco, por ejemplo--, tiene más que ofrecer que ningún otro sujeto. Ni que decir tiene que el tipo, Berrington, es republicano e hipócrita. De lo contrario, ¿dónde estaría la gracia?
Tanto El tercer gemelo como otras novelas de Ken Follett se encuentran disponibles en la Casa del Libro.
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Mentiría si dijera que apruebo la propensión de John Katzenbach a retratar la religión como una manifestación del fanatismo humano o como una manera de apropiarse perversamente de influencia social, pero sus novelas resultan tan absorbentes mientras uno pasa las páginas que casi es posible percibir el efecto de succión.
John Katzenbach publicó su primer libro a principios de la década de 1980, época en la que trabajaba como reportero de The Miami Herald en la misma sala que el también escritor de éxito Carl Hiaasen. Se trataba de Al calor del verano, y sabiendo como sé que realizaron una adaptación cinematográfica protagonizada por Kurt Russell y que recibió una nominación a los premios Edgar, me permito suponer que la novela fue todo un éxito.
Narra en primera persona la relación que un periodista del Journal de Miami establece con un asesino en serie que ha impuesto el terror en la célebre ciudad floridana. El psicópata se pone en contacto telefónico con Anderson, el protagonista, y le detalla tanto el modo en que cometió los crímenes como algunas reflexiones sobre su propia vida. Lo que en un principio se convierte en una maravillosa oportunidad para Anderson de ganar la fama y la gloria, finalmente se ve forzado a reconocer que también él tiene en sus manos alguna responsabilidad sobre lo que el asesino está haciendo. Más tarde, además, el propio asesino interfiere en su vida, y el relato alcanza así un punto de no retorno en el que la vida y la cordura de Anderson gravitan en torno a esa relación malsana.
Los personajes protagonistas de Katzenbach no suelen despertar demasiada simpatía en mí, y sospecho que el propio autor, reduciéndolo a un nivel personal, no sería santo de mi devoción, así que me limito a disfrutar de la tensión de sus novelas y a navegar precariamente sobre las procelosas aguas que son sus tramas. En Al calor del verano, Katzenbach logra reflejar el miedo que la ola de crímenes ha diseminado por la ciudad, aunque apenas consigue profundizar, como habría sido deseable, en la forma en que el temor afecta el día a día de los vecinos de Miami. Cierto que introduce algunos elementos de análisis interesantes, como cuando el protagonista recorre las calles para examinar los efectos que la ola de miedo surte sobre la vida cotidiana de los ciudadanos, y cómo se dispara la venta de armas y demás, pero la novela no logra vencer los límites de la ficción y hacernos comprender la realidad tal cual sería si en lugar de un libro se tratase verdaderamente de un reportaje periodístico. Por otro lado, la sensación opresiva fruto de la desazón y del clima tropical de Miami se confunden y sumen al lector, me sumieron a mí, en una especie de asfixiante balsa de aire caliente, de terrible expectación y de deseos de descubrir un poco más.
Por último, el desenlace --y esto suele ocurrir bastante a menudo-- no le hace ningún bien a la novela. Lo cual es una verdadera lástima, porque el asesino en serie y el reportero protagonista merecían una conclusión más consistente y, claro, menos improvisada. Una lectura recomendable, de cualquier forma.
Tanto Al calor del verano como otras novelas de John Katzenbach se encuentran a la venta en Casa del Libro.
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No es fácil dedicar unos pocos modestos comentarios a una novela de la británica P.D. James debido sobre todo a que prácticamente todos sus libros son perfectos ejemplos de buena literatura, de entretenimiento inquebrantable y de una solidez argumental a prueba de bombas. Ya mencioné en una entrada anterior, en relación con James, que una vez que has leído uno de sus libros puedes anticiparte con cierta facilidad a la estructura de todos los demás, pues son muchos los elementos de estilo que se repiten. Sin embargo, el grado de profundidad de todos y cada uno de sus personajes los convierte en piezas únicas, imposibles de reproducir, y por tanto cada nuevo relato es una travesía exclusiva y sorprendente. No puede decirse lo mismo de muchos autores.
Los elementos recurrentes de la literatura de James son la exclusividad del escenario --museos, costas desoladas con una central nuclear de fondo, centros de medicina forense, por citar unos pocos ejemplos--, la gravedad psicológica de los personajes, la variedad y consistencia de motivos por los que los abundantes sospechosos habrían de desear la muerte de la víctima, las alusiones a los conflictos y resentimientos sociales que revisten nuestras vidas, la precisión argumental y la prolijidad de las descripciones tanto de escenarios como de caracteres.
En El faro, última novela publicada hasta el momento por P.D. James, el crimen tiene lugar en una exclusiva isla habilitada para albergar por cortos periodos de tiempo a personajes ilustres de diferentes ámbitos de la sociedad: allí se recluyen para reflexionar y reponer fuerzas políticos de gran altura, científicos relevantes, artistas de máximo prestigio, etc. Y es precisamente un artista, el escritor Nathan Oliver, quien conoce la muerte en el punto más emblemático de la isla: el faro.
Dado lo sensible del caso y la evidente relevancia de los sospechosos, la investigación es puesta en manos del exclusivo grupo policial comandado por el detective y poeta Adam Dalgliesh, quien ha protagonizado con magnífica efectividad la mayor parte de las novelas de P.D. James, y a quien en esta ocasión acompañan su segundo de a bordo, la inspectora Kate Miskin, y el ambicioso sargento Benton–Smith.
Mientras leía El faro experimenté la sensación de que algo muy sutil había cambiado en el estilo de James. Una mutación casi imperceptible en la frialdad, a menudo brutal, con la que la autora se aproxima a los crímenes y a los individuos. Y es que la muerte de otro de los personajes causó ciertas reacciones emocionales a las que los lectores de la reina del crimen no estamos habituados. Sin embargo, puede que se trate tan sólo de una sensación personal que ningún otro lector comparte.
También en la presente novela se da la circunstancia de que la víctima apenas si suscita alguna simpatía, ni entre sus vecinos de la isla, sobre buena parte de los cuales recaen sospechas de asesinato, ni entre los lectores. Es por ello que la persecución del criminal se convierte en un acto no tanto de búsqueda de justicia personal, como de dignidad social. Leyendo a James es fácil dejarse embaucar y llegar a la conclusión de que la víctima merecía la muerte que le cayó en suerte. Y es otra de las habilidades de James el recordarnos, mediante el íntegro detective Adam Dalgliesh, que la justicia es una exigencia moral que nos concierne a todos.
Tanto El faro como otras novelas de P.D. James están disponibles en la Casa del Libro.
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Por lo general, uno ya sabe que va a sumergirse en el relato perfecto cuando pasa las páginas de cortesía, de título, de dedicatoria, de índice, etc. de una obra de la reina de la novela criminal Phyllis Dorothy James. ¿Por qué no? Pocos autores poseen una bibliografía tan sólida y primorosa como la venerable creadora del detective Adam Dalgliesh, que con Intrigas y deseos elevó la literatura negra británica al extremo de sus posibilidades, por encima del cual tan sólo existe la certeza de que la trama se desbordará y perderá parte de su efectividad. En resumidas cuentas, todas las metas que pueden lograrse en la literatura de crímenes, y qué diablos, en la literatura en general, han sido alcanzadas en la presente novela con el paso firme y seguro, frío y temible, de una autora que ya lo conoce todo. Podemos agradecer al hado, o a Dios, que su sierva --pues es devota cristiana-- haya tenido la bondad de compartir con nosotros sus prodigiosas habilidades.
El asesino en serie conocido como el Silbador ha sembrado el miedo en la región de Norfolk, donde ha cometido una serie de homicidios en los que las víctimas son invariablemente mujeres. El responsable de resolver el caso es el jefe de policía Rickards, quien se ve abatido por la doble frustración de abordar un crimen particularmente difícil, y de enfrentarse a una situación familiar lo bastante desapacible como para llenarlo de una profunda desazón.
Como le es propio a todas las novelas de P.D. James, la trama se complica a medida que pasan las páginas primorosamente escritas, y la autora nos sumerge con radiante astucia y extraordinaria capacidad de penetración psicológica en las raíces morales y biográficas de todos los personajes.
Basta leer una sola de las novelas de James, idealmente alguna de las mejores --como por ejemplo la propia Intrigas y deseos, Muerte de un forense y desde luego la gélida Una cierta justicia-- para forjarse una imagen mental más o menos precisa del estilo narrativo de la autora. La variedad de personajes, diferentes y cautivadores en todos los casos, aunque solo sea por el profundo patetismo que algunos albergan; la agudeza de los diálogos, la precisión de las ironías, el egoísmo como constante de la naturaleza humana, el descreimiento y el escepticismo, la solidez de las motivaciones de los protagonistas tanto para desear la muerte de la víctima como para cometer finalmente el crimen irreversible. Y es que en los relatos de P.D. James siempre existen varios sospechosos, todos ellos igualmente impulsados a ejecutar el asesinato, aunque tan sólo uno de ellos ejecute la acción final, de ahí la fuerza con la que la trama se apodera del lector.
En Intrigas y deseos, el carismático detective y poeta Adam Dalgliesh acude al apartado molino que su tía Jane le ha legado. Dalgliesh trata de descansar de su onerosa vida en Londres, de su fama como poeta refinado y de sus obligaciones como uno de los mejores detectives de la policía metropolitana. Sin embargo, el escenario de la desolada costa de Norfolk le depara no pocas sorpresas y ocupaciones inesperadas. Con la imponente central nuclear como telón de fondo, el misterio, la enfermedad, la muerte y las frustraciones, la intimidad más recóndita de los personajes que pueblan la novela, se desplazan como planetas abocados al fracaso en torno a una oscura estrella central: un crimen aún más turbador e inesperado que todos los cometidos hasta el momento.
P.D. James es una novelista fría, exquisita en la forma y artera en la presentación de las decenas de esquirlas que sobresalen de la superficie de sus relatos. Uno puede experimentar la sensación de que en las páginas de James falta lo humano, pero de hecho ocurre todo lo contrario: los personajes son tan humanos que, debido a su manifestación casi zoológica, brutal, honesta hasta límites obscenos, pueden causar repulsión. ¿Acaso no es así en la vida real? Si todos conociésemos los secretos más profundos de nuestros congéneres, ¿existiría la posibilidad de convivencia? James conoce respuesta, y la escribe en sus novelas. También en Intrigas y deseos.
Puedes comprar Intrigas y deseos, así como otros libros de P.D. James, en la Casa del Libro.
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La novela Clase nocturna de Tom Piccirilli me hizo pensar tres cosas mientras la aferraba entre las manos, las siguientes: que este escritor literalmente descomunal, robusto como un toro, posee nociones avanzadas sobre el tipo de escenas insólitas e insinuantes que hacen que se te hiele la sangre bajo la piel; que la prosa poética puede ser muy útil para reforzar la sensación de inquietud si uno es capaz de dominar las sutilezas del idioma; y que el lenguaje poético puede volverse lo bastante pesado para aplastar una trama como a una mosca de verano si no se emplea con moderación.
Tras las vacaciones de invierno, Caleb Prentiss descubre que un asesinato ha sido cometido en su dormitorio. Sobre la víctima y las circunstancias del crimen poco se sabe, y Prentiss se propone adentrarse en el misterio. Sumido en una creciente obsesión, trata de desentrañar el enigma sin reparar en la forma en que éste lo está alterando, y poco a poco, con las manchas de sangre seca de la víctima adheridas a las paredes de su dormitorio y fenómenos extraños sucediendo a su alrededor, cerniéndose sobre él como una serpiente pitón, Prentiss se aproxima a una solución que puede tanto impresionar como decepcionar al lector. Mucho me temo que, en lo concerniente a mí, al pasar la última página me sentía ya un poco cansado.
Piccirilli es un autor hábil, sobresaliente en algunos aspectos. Las frases de una gran fuerza poética que inserta en el transcurso de la trama tienen la cualidad de reafirmar la inquietud que uno ya había empezado a experimentar. Sin embargo, el exceso de poesía reduce su eficacia, como si el abuso la vulgarizase, y finalmente constituye más un lastre que un elemento favorable. Otra de las habilidades sobresalientes de Piccirilli es la naturalidad con la que consigue que personajes convencionales se vuelven excéntricos e incluso perturbadores, y cómo las escenas están revestidas de una oscuridad casi tóxica, enfermiza, envueltas en una pátina que puede resultar tanto triste como descorazonadora y decadente.
Clase nocturna narra primero una obsesión personal fruto de una escena poderosa, el asesinato de una joven de dieciocho años y el silencio que se ha instalado alrededor del suceso, y a continuación se transforma en una versión adulta de las películas de leyendas urbanas para adolescentes que Hollywood fabrica como churros. Pero donde los protagonistas de los films son planos en el mejor de los casos, y decididamente inverosímiles en el peor, aquí la psicología cobra fuerza y forma (y tanto la fuerza como la forma son tan disfuncionales que hacen pensar en los secretos que se cuecen en las interioridades de las grandes ciudades).
Existe una edición muy barata de la presente novela, de modo que uno puede dar cuenta de ella para decidir si merece la pena seguir de cerca el trabajo de Piccirilli, o si por el contrario sumamos su nombre a nuestra lista negra de escritores a evitar. Es una decisión personal.
Compra con toda comodidad Clase nocturna, así como otros libros de Tom Piccirilli, en Casa del Libro.
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Las cosas funcionan del siguiente modo: durante toda tu adolescencia idolatras a un escritor --sí, yo fui ese tipo de muchacho-- y cuando creces, maduras y experimentas las primeras pulsiones suicidas, descubres que otros novelistas se han adueñado del lugar de tu corazón que hasta ese momento había ocupado... bueno, digamos que Stephen King. Si a eso le sumas que a estas alturas la antigua estrella tan sólo escribe basura, entonces la decepción abre una profunda fisura en tu estómago y tú miras para otro lado.
Mi premisa es ésta: Mientras escribo fue el último buen libro de Stephen King, ¡y no era una novela! La cosa es que se trataba de un ensayo sobre el oficio de escritor, desde los inicios hasta que un conductor pirado te machaca del primer al último hueso del cuerpo, que es justamente lo que le sucedió al Hombre Lúgubre de Maine.
Compré una edición limitada y tirada de precio de Cell pensando que, en el peor de los casos, aún cuando se tratara de la bazofia más pura que hubiese pasado por mis manos, no habría perdido demasiado: 6 euros libres de gastos de envío, pues saqué partido de una promoción de la Casa del Libro.
La novela describe el mundo apocalíptico que queda como resultado de lo que podríamos denominar «un conflicto telefónico a gran escala», pues todo aquel que recibe una llamada a través del móvil, ¡se vuelve zombi! La idea principal resulta curiosa, si bien no demasiado atractiva ni original: ya se ha trabajado antes con ella, aunque de momento sólo me vienen dos historias a la cabeza, una literaria y otra cinematográfica: por un lalo, los espíritus inquietos del más allá utilizaban una pantalla de televisor para ponerse en contacto con la pobre Carol Ane en la película Poltergeist; por otro, las se electrozombifican en un relato de King que él mismo trasladó a la gran pantalla en un film del que el propio director parecer recordar muy poco. Hace bien: yo me he esforzado en olvidarlo. Sin éxito.
Las doscientas primeras páginas de Cell son insufribles a pesar del prometedor primer párrafo... pues hasta este punto hemos llegado... y asistimos a una descripción anodina e inverosímil de una sociedad occidental reducida a cenizas. Hoy día los tipos chiflados que se dedican a morder cuellos ya no impresionan, pero Stephen King no parece haberse dado cuenta; o puede que sencillamente le importe un bledo: decenas de miles de lerdos estamos dispuestos a seguir comprando sus libros cuando la inspiración ya lo ha abandonado, y un porcentaje notable de esos compradores compulsivos está preparado para dar opiniones de lo más favorables en cuanto se les presente la oportunidad. Y con la explosión de los blogs, todo el mundo cuenta con la posibilidad de decir todo aquello que le venga en gana en cualquier momento.
El protagonista, Clayton Riddell, de visita en Boston, encuentra un par de amigos inopinados durante el primer tramo de relato, una chica que ha visto enloquecer y morir a su propia madre --trauma del que se recupera con animosa facilidad--, y un tipo homosexual, bastante ridículo y estereotipado, sin familia, resentido de la religión y dueño de... en efecto, de un gato. Lo cual es siempre un síntoma de homosexualidad latente.
En fin, poco hay que decir de una novela mala. El prota trata de regresar a su hogar para salvar a su hijo y bla, bla, bla. Zombi va, zombi viene: es como La noche de los muertos vivientes pero con presunciones sociológicas. Fin.
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Posdata: Stephen King tiene el mal gusto de dedicar su horrible novela a dos tótems del terror del siglo pasado: George Romero (director de la mencionada La noche...) y Richard Matheson (autor de Soy leyenda). La dedicatoria no es casual, claro.
Cell, así como toda la obra de Stephen King, se encuentra en Casa del Libro.
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¿Qué hay de un libro cuya primera lectura, desde la que han transcurrido varios años, fue una turbadora combinación de la dureza del whisky ardiendo contra las paredes de la garganta y un chorro de suavísima crema de nata? Estoy hablando de la novela Casa de arena y niebla, que hace un par de semanas leí por segunda vez. (Aunque mis afición a la relectura sorprende a menudo a mis conocidos, tengo mi récord en unos diez barridos de Cementerio de animales, ficción zombífica de Stephen King que incluso a día de hoy, cuando el adorable gigantón de Maine se ha desplomado del Olimpo de mis escritores súper ultra mega favoritos --o sea, Tom Wolfe y P.D. James--, me sigue suscitando un placer tan pacífico como la sonrisa de un niño.)
Casa de arena y niebla constituye una tragedia griega en toda regla, si nos atenemos a las palabras del autor, André Dubus III, y las tres primeras cosas que le vienen a uno a la cabeza a medida que pasas las primeras páginas son las siguientes: una, que es adictiva; dos, que resulta básicamente verosímil, y en parte gracias a eso, la empatía se infiltra en las venas como una inyección antibiótica (sobre todo si los virus han perdido el juicio); y tres, que las cosas terminarán verdaderamente mal, aun cuando uno espera en lo profundo de su ser que el asunto se solucione como por arte de magia y los protagonistas vivan felices y coman perdices.
La exitosa novela de Dubus, que se encumbró en las listas de best–sellers y superó los tres millones de ejemplares vendidos, debido en cierta medida a la propiciatoria recomendación de Oprah Winfrey en su club de lectura, narra cómo un absurdo error burocrático obliga a una chica, ex drogadicta y ex alcohólica, a la sazón abandonada por su marido (ex drogadicto y ex alcohólico), a desalojar su casa, que es vendida en una subasta y adquirida por... bueno, por un ex coronel del ejército imperial del sah Pahlevi antes de que el ayatolá Jomeini se dejara crecer la barba y ocurriera todo aquel feo asunto en Irán... que dura todavía hoy... El ex coronel posee el carácter más carismático y subyugante del relato, quizá a causa de que historias como la suya no han sido tan sobadas en la literatura y el cine como las de chicas blancas disfuncionales. El ex coronel, que había sido una auténtica autoridad en su país de origen, se ve degradado en Estados Unidos con trabajos de poca monta y, lo que es peor, es sometido a una flagrante pérdida de prestigio. Para colmo de males, su melancólica esposa lo culpa de sus desdichas actuales. Por otro lado, la chica, la desahuciada, comienza una relación llena de suspicacias y temores con el mismo ayudante del sheriff que la forzó a abandonar su casa. Y creedme cuando os digo que las cosas se tuercen. Se tuercen de veras.
Se trata de una novela intensa y persuasiva, aunque resulta difícil describirla como una gran obra. Quizá lo sea. He pensado mucho en ello pero no he llegado a una conclusión de la que me sienta satisfecho.
El relato está narrado a tres voces, dos en primera persona/ presente histórico --el coronel y la muchacha--, y la tercera omnisciente, que corresponde al autor. El lenguaje es tan limpio y elemental que parece fresco y veloz como una llovizna de verbos y sustantivos. Resulta muy adecuado dadas las características de la trama, con la que encaja a la perfección, pero en alguna ocasión la simpleza se vuelve casi banal.
Por otro lado, el dramático final constituye una verdadera tortura emocional, y en algún momento uno llega a preguntarse si no estará siendo chantajeado deliberadamente por el autor. Tal vez sí. Incluso puede uno experimentar la sensación de que todas las dudas de los personajes, y las casualidades y el deus ex machina–invertido final han sido sembrados por una inteligencia invisible, lo cual presenta un problema. Esa inteligencia corresponde a la astucia del escritor, que se divisa como un reflejo entrevisto en la niebla. Sin embargo, es mi opinión que la obligación de un escritor consiste en mantenerse al margen y permitir que los acontecimientos se sucedan con naturalidad...
En conclusión, novela superior a la media. La profundidad psicológica de los personajes resulta consistente en su conjunto, con algunas excepciones un tanto artificiosas. Pero si se trata de recomendar su lectura, lo haría sin reservas.
Casa de arena y niebla se encuentra en Casa del Libro.
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A día de hoy he leído sólo dos novelas de la británica Ruth Rendell, la demoledora Deseo criminal, que además de seducirme y conmoverme me causó un profundo desasosiego con su telegráfica descripción de la soledad y la falta de afecto de un niño que se transforma en insensible, casi inconsciente asesino; y Un demonio para mí, menos emocionante e hipnótica, pero de igual forma bien tramada. Para quienes no conocen a esta reina de la novela negra, y asumiendo el riesgo de fallar en mis juicios por el hecho de que sólo dos novelas suyas han pasado por mis manos, diré que las características fundamentales de las historias de Rendell son, por un lado, la proyección psicológica de los personajes, que la autora refleja tanto mediante la relación de los protagonistas y el antagonista con el mundo actual --es decir, el momento de la vida del personaje en el que transcurre la acción--, como mediante una exposición retrospectiva de la infancia del antagonista, de modo que sus pecados actuales cobren, si no justificación, al menos sí un cierto sentido; por otro lado, en las tramas de Rendell abundan los vericuetos y las dobleces, así como los azares fatales, casualidades que suenan bastante más verosímiles en conjunto que como hechos aislados. En efecto, en ocasiones tengo la sensación de que existe una malévola inteligencia moviendo los hilos desde la sombra; y puesto que las novelas de la Rendell no son ni religiosas ni sobrenaturales, no hay más remedio que aceptar la evidencia: la autora posee una imaginación realmente siniestra.
En Un demonio para mí, Anthony Johnson se traslada a vivir a una pensión de baja estofa del Londres más sórdido con el doble propósito de aclarar su relación amorosa con una mujer casada y escribir una tesis sobre los psicópatas. En dicha pensión comparte vivienda con una exótica y desagradable galería de personajes, uno de los cuales, Arthur Johnson, se ajusta perfectamente al perfil de vecino coñazo que todos conocemos: estirado, pedante, patético y solitario, además de paranoico y... bueno, resulta que al tipo soso le mola estrangular un maniquí de mujer que esconde en el sótano del edificio. Sobra decir que, desde el momento en que Anthony Johnson se muda a la pensión, las circunstancias se precipitan en una especie de abismo de fatalidades. En fin, la novela no me estremeció como hiciera en su momento aquella deliciosa Deseo criminal, pero aún así fue una lectura ágil y más o menos gozosa, con su dosis de casualidades terribles, infancias traumáticas y muerte, muerte, muerte...
Al terminar de leer la novela de Ruth Rendell pasé a El alienista, de Caleb Carr, que de momento me aburre un poco. Sin embargo, avanzaré unas decenas de páginas antes de forjarme una opinión definitiva. De momento, y a pesar de lo dicho, la descripción del avieso Nueva York de finales del XIX pinta bastante bien, con esos chaperos maquillados como fulanas mutilados y todo lo demás... Ya veré.
Ruth Rendell, en Casa del Libro.
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