No es fácil dedicar unos pocos modestos comentarios a una novela de la británica P.D. James debido sobre todo a que prácticamente todos sus libros son perfectos ejemplos de buena literatura, de entretenimiento inquebrantable y de una solidez argumental a prueba de bombas. Ya mencioné en una entrada anterior, en relación con James, que una vez que has leído uno de sus libros puedes anticiparte con cierta facilidad a la estructura de todos los demás, pues son muchos los elementos de estilo que se repiten. Sin embargo, el grado de profundidad de todos y cada uno de sus personajes los convierte en piezas únicas, imposibles de reproducir, y por tanto cada nuevo relato es una travesía exclusiva y sorprendente. No puede decirse lo mismo de muchos autores.
Los elementos recurrentes de la literatura de James son la exclusividad del escenario --museos, costas desoladas con una central nuclear de fondo, centros de medicina forense, por citar unos pocos ejemplos--, la gravedad psicológica de los personajes, la variedad y consistencia de motivos por los que los abundantes sospechosos habrían de desear la muerte de la víctima, las alusiones a los conflictos y resentimientos sociales que revisten nuestras vidas, la precisión argumental y la prolijidad de las descripciones tanto de escenarios como de caracteres.
En El faro, última novela publicada hasta el momento por P.D. James, el crimen tiene lugar en una exclusiva isla habilitada para albergar por cortos periodos de tiempo a personajes ilustres de diferentes ámbitos de la sociedad: allí se recluyen para reflexionar y reponer fuerzas políticos de gran altura, científicos relevantes, artistas de máximo prestigio, etc. Y es precisamente un artista, el escritor Nathan Oliver, quien conoce la muerte en el punto más emblemático de la isla: el faro.
Dado lo sensible del caso y la evidente relevancia de los sospechosos, la investigación es puesta en manos del exclusivo grupo policial comandado por el detective y poeta Adam Dalgliesh, quien ha protagonizado con magnífica efectividad la mayor parte de las novelas de P.D. James, y a quien en esta ocasión acompañan su segundo de a bordo, la inspectora Kate Miskin, y el ambicioso sargento Benton–Smith.
Mientras leía El faro experimenté la sensación de que algo muy sutil había cambiado en el estilo de James. Una mutación casi imperceptible en la frialdad, a menudo brutal, con la que la autora se aproxima a los crímenes y a los individuos. Y es que la muerte de otro de los personajes causó ciertas reacciones emocionales a las que los lectores de la reina del crimen no estamos habituados. Sin embargo, puede que se trate tan sólo de una sensación personal que ningún otro lector comparte.
También en la presente novela se da la circunstancia de que la víctima apenas si suscita alguna simpatía, ni entre sus vecinos de la isla, sobre buena parte de los cuales recaen sospechas de asesinato, ni entre los lectores. Es por ello que la persecución del criminal se convierte en un acto no tanto de búsqueda de justicia personal, como de dignidad social. Leyendo a James es fácil dejarse embaucar y llegar a la conclusión de que la víctima merecía la muerte que le cayó en suerte. Y es otra de las habilidades de James el recordarnos, mediante el íntegro detective Adam Dalgliesh, que la justicia es una exigencia moral que nos concierne a todos.
Tanto El faro como otras novelas de P.D. James están disponibles en la Casa del Libro.
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Por lo general, uno ya sabe que va a sumergirse en el relato perfecto cuando pasa las páginas de cortesía, de título, de dedicatoria, de índice, etc. de una obra de la reina de la novela criminal Phyllis Dorothy James. ¿Por qué no? Pocos autores poseen una bibliografía tan sólida y primorosa como la venerable creadora del detective Adam Dalgliesh, que con Intrigas y deseos elevó la literatura negra británica al extremo de sus posibilidades, por encima del cual tan sólo existe la certeza de que la trama se desbordará y perderá parte de su efectividad. En resumidas cuentas, todas las metas que pueden lograrse en la literatura de crímenes, y qué diablos, en la literatura en general, han sido alcanzadas en la presente novela con el paso firme y seguro, frío y temible, de una autora que ya lo conoce todo. Podemos agradecer al hado, o a Dios, que su sierva --pues es devota cristiana-- haya tenido la bondad de compartir con nosotros sus prodigiosas habilidades.
El asesino en serie conocido como el Silbador ha sembrado el miedo en la región de Norfolk, donde ha cometido una serie de homicidios en los que las víctimas son invariablemente mujeres. El responsable de resolver el caso es el jefe de policía Rickards, quien se ve abatido por la doble frustración de abordar un crimen particularmente difícil, y de enfrentarse a una situación familiar lo bastante desapacible como para llenarlo de una profunda desazón.
Como le es propio a todas las novelas de P.D. James, la trama se complica a medida que pasan las páginas primorosamente escritas, y la autora nos sumerge con radiante astucia y extraordinaria capacidad de penetración psicológica en las raíces morales y biográficas de todos los personajes.
Basta leer una sola de las novelas de James, idealmente alguna de las mejores --como por ejemplo la propia Intrigas y deseos, Muerte de un forense y desde luego la gélida Una cierta justicia-- para forjarse una imagen mental más o menos precisa del estilo narrativo de la autora. La variedad de personajes, diferentes y cautivadores en todos los casos, aunque solo sea por el profundo patetismo que algunos albergan; la agudeza de los diálogos, la precisión de las ironías, el egoísmo como constante de la naturaleza humana, el descreimiento y el escepticismo, la solidez de las motivaciones de los protagonistas tanto para desear la muerte de la víctima como para cometer finalmente el crimen irreversible. Y es que en los relatos de P.D. James siempre existen varios sospechosos, todos ellos igualmente impulsados a ejecutar el asesinato, aunque tan sólo uno de ellos ejecute la acción final, de ahí la fuerza con la que la trama se apodera del lector.
En Intrigas y deseos, el carismático detective y poeta Adam Dalgliesh acude al apartado molino que su tía Jane le ha legado. Dalgliesh trata de descansar de su onerosa vida en Londres, de su fama como poeta refinado y de sus obligaciones como uno de los mejores detectives de la policía metropolitana. Sin embargo, el escenario de la desolada costa de Norfolk le depara no pocas sorpresas y ocupaciones inesperadas. Con la imponente central nuclear como telón de fondo, el misterio, la enfermedad, la muerte y las frustraciones, la intimidad más recóndita de los personajes que pueblan la novela, se desplazan como planetas abocados al fracaso en torno a una oscura estrella central: un crimen aún más turbador e inesperado que todos los cometidos hasta el momento.
P.D. James es una novelista fría, exquisita en la forma y artera en la presentación de las decenas de esquirlas que sobresalen de la superficie de sus relatos. Uno puede experimentar la sensación de que en las páginas de James falta lo humano, pero de hecho ocurre todo lo contrario: los personajes son tan humanos que, debido a su manifestación casi zoológica, brutal, honesta hasta límites obscenos, pueden causar repulsión. ¿Acaso no es así en la vida real? Si todos conociésemos los secretos más profundos de nuestros congéneres, ¿existiría la posibilidad de convivencia? James conoce respuesta, y la escribe en sus novelas. También en Intrigas y deseos.
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Fue muy curioso: la primera vez que leí un libro de P.D. James, decidí que no le daría una segunda oportunidad. Claro que mi palabra no vale absolutamente nada, de modo que al cabo de un tiempo compré un ejemplar en edición de bolsillo de otra de sus novelas, y la entrañable reina de la novela negra se convirtió en mi segunda escritora favorita, por detrás sólo de Tom Wolfe.
Lo que en un primer momento me disgustó de James, lo mismo que luego me cautivó y me convirtió en una especie de fanático de esta escritora octogenaria, fue la frialdad polar que flotaba como una neblina sobre las páginas de sus relatos, el desapego con que se aproxima a sus personajes, a las emociones, al horror, al crimen, a todo lo patético que albergamos en nuestras vidas. Supongo que para P.D. James la única manera de abordar un crimen es la eficacia policial, y más nos vale a sus lectores renunciar a todo deseo de compasión y humanidad. P.D. James es el acero.
Aquella primera novela fue Una cierta justicia, en la que el detective y poeta Adam Dalgliesh investiga el asesinato de la reputada abogado de la Corona Venetia Aldridge. Como es de rigor, existen varios sospechosos con motivos sobrados para desear la muerte de la abogada. En al menos uno de los casos, ese motivo fue lo bastante poderoso para impulsar a una persona a cometer el crimen.
Una cierta justicia contiene todos los elementos de una buena novela negra, y también todos los elementos característicos de la autora: la víctima es una persona lo bastante relevante para justificar que el caso pase a manos del equipo de élite de Dalgliesh; la víctima carecía del tipo de personalidad seductora que nos hace lamentar una muerte, pese a lo cual ha de imponerse el deseo de justicia. La hija de Venecia, Octavia, una muchacha fea, irritante y poco perspicaz, había iniciado una relación inverosímil con el enigmático Garry Ashe, uno de los últimos clientes de la abogada. Se lo acusaba del asesinato de su tía. Y Venecia constituía un auténtico quebradero de cabeza para todos sus colegas en el tribunal en el que desempeñaba su trabajo.
Los personajes nacidos del fino ingenio de James son siempre sujetos extremadamente fríos, algo así como materializaciones del tópico inglés, y su suspicacia ante la autoridad y su desinterés por la muerte, en contraposición a la gravedad de su propia seguridad y comodidad, hacen al lector sentirse como espectador de una jungla poblada por animales feroces. Es difícil experimentar el menor rastro de simpatía por ninguno de los protagonistas ni secundarios, e incluso la personalidad de Dalgliesh, aunque carismática, difícilmente despierta apego: en realidad eso es algo que él no desea, y que ciertamente no necesita.
Una cierta justicia brinda una magnífica galería de retratos morales, y quizá sea justamente la hondura del perfil psicológico dibujado por la autora lo que convierte esta travesía en una vivencia casi inhóspita. Por otro lado, P.D. James es una perfecta narradora de las relaciones que se establecen entre las personas, tanto las íntimas como las puramente sociales: y es que en las novelas de la autora británica, la estructura de clases sigue condicionando el carácter de las personas.
Ningún cabo suelto, móviles sólidos como rocas y unos investigadores impulsados siempre por el deseo de aplicar una cierta justicia: eso es, como de costumbre, lo que P.D. James tiene que ofrecer.
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El proceso es éste: abres una novela de Dashiell Hammett, lees un par de párrafos y LA REVELACIÓN cae como una losa sobre tu cabeza: comprendes que no merece la pena el esfuerzo de escribir. La sensación de fracaso invade tus entrañas, arrojas a la papelera la pila de manuscritos que has edificado a lo largo de los años y, mientras bregas por no echarte a llorar como un niñito al que le han birlado la piruleta --en tu caso, la dignidad--, piensas que hay una corriente de injusticia soplando por el mundo. Y tú estás en plena ruta.
Sin embargo, uno puede enfocar el asunto de una manera un poco más constructiva y, entretanto te persuades de que no importa no escribir como Dashiell Hammett, de que haces lo que puedes y de que eso resulta suficiente, piensas que la literatura es hermosa. Hammett, chicos, ofrece esa lección magistral: la literatura es hermosa.
Empecé a leer género negro al adquirir a precio de saldo una colección de libros de relatos de misterio presentados por el mismísimo Alfred Hitchcock. La verdad es que yo esperaba encontrar cuentos de terror, pero opté por darles una oportunidad y resultó que disfrutaba leyéndolos. Así que compré los ejemplares que me faltaban, y luego, también a precio de ganga, pasé por Michael Connelly, James Ellroy, Elmore Leonard, P.D. James y Patricia Cornwell. Me molaban. Hubo otros, y ahora está Hammett. Fue Cosecha roja la novela iniciática.
El primer pensamiento que te asalta la cabeza al empezar a leer el libro es que el detective que escribe la novela en primera persona tiene más talento del que la mayoría de los escritores acumulan, página tras página, a lo largo de todas sus vidas. El detective es malencarado, un tanto violento, entrado en carnes y las circunvoluciones de su cerebro son afiladas como cuchillas. Lo contrata un potentado local para investigar la muerte de su hijo y para librar de bazofia la ciudad, pero las cosas se tuercen enseguida y, cuando te has dado cuenta, las balas silban junto a tus oídos. Mafiosos, tráfico de alcohol y personajes que nunca fueron nada y que han venido a menos, pero todo con una incisiva percepción de la degradada naturaleza humana.
A diferencia del foco habitual de las novelas negras, que trata de resolver el enigma de un crimen, Cosecha roja se esfuerza en reflejar la sobria decadencia de toda una ciudad, y de cómo un tipo feo pero bueno, el protagonista, despojado de efectismos y dotado de una fuerte personalidad, intenta hacer lo que le parece correcto. Y el cielo sabe que eso le causa cantidad de problemas. Lectura recomendada, pues.
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Hace pocos días terminé de leer El padrino, novela que encumbró a Mario Puzo e inspiró la famosa trilogía de Francis Ford Coppola, y anoche pasé la página final de Muerte en la Fenice, novela negra de la estadounidense afincada en Italia Donna Leon. He disfrutado ambas, aunque con placer desigual.
Como era previsible, devoré El padrino con el apetito insaciable que despiertan en mi estómago y mi cabeza los grandes libros, y en general puedo volver a aplicarle muchos de los comentarios que dediqué a El último Don, la primera novela que leí de Puzo, y que tan satisfactoria y profundamente me impresionó. El dominio del lenguaje oral que destilan las manos de Mario Puzo se desata como un vendaval narrativo en El padrino, cuya complejidad sociológica y terquedad intelectual --me refiero a los desafíos morales que uno encuentra en la novela--, borbotean sobre el cerebro del lector como un persistente chorro de sangre caliente, y hacen salivar la boca ante la perspectiva de pasar una nueva página. Si, además, uno siente una inclinación romántica por los Estados Unidos de aquella época, entonces el placer se duplica de una manera sensual. Lamento dedicar un solo párrafo a El padrino, pero me temo que se trata de una novela demasiado difícil como para comentarla aquí y ahora sin contar con notas previas, que tozudamente me niego a tomar mientras leo, a pesar de que posteriormente me podrían ser de una enorme utilidad.
Si no me equivoco, Muerte en la Fenice, publicada a comienzos de los ‘90, es la primera novela de Donna Leon protagonizada por el comisario veneciano Guido Brunetti, que hace frente en su decadente cuidad de bohemios, pobreza y recuerdos de un pasado perdido, si no resueltamente muerto, a crímenes cometidos en una inextricable maraña de corrupción política, dejadez policial y prejuicios primitivos. Ni que decir tiene que ésa es, al menos, la intención de la autora, pero no puedo decir que logre siempre su objetivo.
Antes de comenzar a escribir esta entrada, he consultado la wikipedia en inglés en busca de información sobre Donna Leon, y he ojeado algunas supuestas trampas y vicios narrativos que se le achacan a la novelista norteamericana. Dado que sólo he leído una de sus obras, no me siento con el derecho ni en condiciones de dar o quitar razón, de modo que me limitaré a traducir las acusaciones y transcribirlas tal cual aparecen en Internet: «Los críticos afirman que Donna Leon describe una Italia cargada de clichés, tal y como los bohemios liberales desearían verla. Algunos consideran su estilo poco estimulante, constreñido por las limitaciones del género de misterio. Otros aprecian la honesta claridad de las exposiciones de Leon, y admiran su capacidad de evocar Venecia a través de miradas, olores y sabores (mediante las numerosas descripciones de comidas y modos de cocinar). Su escritura depende en gran medida de estereotipos. Los italianos del sur son descritos a menudo como gente poco inteligente y casi siempre deshonesta, en claro contraste con los venecianos, a quienes Leon presenta en modo diametralmente opuesto. Casi todas las mujeres por debajo de los 35 años son descritas como hermosas. Los turistas, y en particular los americanos, son presentados como sujetos obesos y carentes de cultura. Estos estereotipos se repiten a través de toda la serie».
Muerte en la Fenice relata el asesinato del eminente director de orquesta Helmut Wellauer y la posterior investigación policial llevada a cabo por Brunetti, quien se ve obligado a tratar con una excéntrica galería de personajes, cada uno de ellos con motivos más o menos poderosos para desear la muerte del genio musical. Muy pronto, sin embargo, asistimos al retrato de una víctima vil y áspera, con un pasado oscuro relacionado con los nazis y una propensión al moralismo que Leon, no sé si con demasiado acierto, utiliza para denunciar ese horrible concepto de «hipocresía imperante» (quizás sea ése el cliché más grave e imperdonable de la novela).
Bien, aceptando desde ya que he disfrutado de la historia, e incluso que siento una discreta simpatía, que no admiración, por el comisario Brunetti, debo admitir que he localizado algunas taras en el transcurso del relato.
El estilo de la autora es tan básico que raya en la sequedad, con un uso del vocabulario pulcro pero limitado y unas descripciones cerradas que probablemente dotan de velocidad a la historia. Mis inclinaciones personales van por otro lado, pero acepto esto de buen grado. No acepto de tan buen grado, por el contrario, que la escritora recurra tan frecuentemente a tópicos que establecen un enorme contraste entre los buenos, Brunetti, y los malos. Eso es tosco y torpe. Me disgustó también la limitada capacidad de Donna Leon para discurrir sobre el asunto de las clases sociales, cuestión que en sus manos carece de consistencia pero que en las de otros autores del mismo género, como por ejemplo la magistral P.D. James, poseen una fuerza arrolladora. Asimismo me irritan los poco sutiles comentarios morales de la autora, a pesar de que pueda estar de acuerdo con ella en el contenido, y detesto que recurra tan habitualmente a clichés para describir a conjuntos de ciudadanos: los alemanes, lo bastante indignos para hacerse los ciegos ante su historia menos memorable --sobra decir a qué me refiero--, los españoles, machaca–mujeres --lamento la crudeza en un asunto tan trágico, pero se trata de eso--, y los italianos... buenos, supongo que ellos se llevan la peor parte. Y es que quién sabe, tal vez Donna Leon sea infalible.
Muerte en la Fenice, así como toda la obra de Donna Leon, se encuentra disponible en Casa del Libro.
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Según afirma William Peter Blatty, escritor, guionista y productor de éxito, su novela El exorcista dio comienzo a lo que él considera una trilogía sobre la difícil relación del hombre con Dios y, en un sentido más amplio, sobre la posición del ser humano frente a la posibilidad de la Trascendencia. Las otras dos partes de la serie son The ninth configuration, revisión de la novela original Twinkle, twinkle Killer Kane, que jamás vio la luz en España, y Legión, que Espasa Calpe tuvo la bondad de reeditar en 2003 tras una larga travesía del desierto en la lista de libros descatalogados.
No he leído The ninth configuration, mal que me pesa en lo profundo del corazón, porque desde que compré y me aproximé cautelosamente a El exorcista, William Peter Blatty se elevó regiamente entre mis escritores predilectos --y a día de hoy me interesa tanto como Tom Wolfe y P.D. James, mis absolutos favoritos; e incluso, desde un punto de vista intelectual, profeso una admiración por Blatty difícilmente comparable a la que despierta en mí ningún otro escritor--. Su éxito de principios de los ’70 no sólo me conmovió desde la primera página, y en la última casi me hizo llorar, suscitándome un inusual y un tanto desconcertante afecto por el autor, sino que me hizo observar la literatura religiosa, moral y de horror desde una nueva óptica. Más aún: puede decirse que William Peter Blatty marcó un antes y un después en mi espíritu.
Decía que no he leído The ninth configuration, y ni siquiera he visto la adaptación cinematográfica que el propio Blatty realizó en 1980, y que se ha convertido, según creo, en película de culto, de modo que poco puedo comentar sobre la novela. Sí he leído gustosamente, sin embargo, Legión, que en opinión del autor constituye la conclusión de su trilogía teológica.
La novela, protagonizada por el teniente detective William Kinderman, que apareciera ya en El exorcista como investigador del asesinato de Burke Dennings, quien murió con la cabeza vuelta del revés («Inventus est capite reverso» manifiesta el demonio en latín al padre Karras durante una de sus conversaciones)... la novela, decía, describe una serie de salvajes homicidios, envueltos en un halo de misterio sobrenatural, que Kinderman debe resolver haciendo uso de una amplia apertura de mente. El primer asesinado es un niño negro y mudo, repartidor de periódicos, a quien hallan crucificado en unos remos. Al muchacho le han incrustado clavos en el cráneo y le han practicado cortes en la palma de la mano, el signo identificativo del asesino de Géminis, ejecutado en California varios años atrás. El resto de periódicos ha sido entregado en su destino cuando presumiblemente el chico ya había muerto. Y junto al cadáver del chaval se encuentra a una anciana incapaz de ofrecer respuestas inteligibles. A partir de aquí, el horror y una densa congoja empiezan a crecer como una mancha de tinta que empapa la conciencia del lector. Por otro lado, la terrible historia le da a Kinderman la oportunidad de reflexionar sobre la existencia del Mal en el mundo y sobre por qué Dios no hace nada para acabar con él. El detective, sin embargo, en ningún momento cuestiona la existencia de Dios --pues este asunto quedó resuelto en El exorcista--, sino que busca ávidamente una explicación para la ausencia de la Divinidad en esta jungla humana de dolor y penuria.
No es Legión una novela de terror --a pesar de su capacidad para helar el tuétano de nuestros huesos --, sino, desde el punto de vista de su estructura, y así lo confirma el propio Blatty, un modelo de literatura policial.
Se trata de una gran novela y la recomiendo sin reservas. Con un precio de oferta de 6 euros, se me antoja un pecado no comprarla y leerla con sensibilidad y espíritu abierto. Así y todo, sin embargo, no alcanza las cotas de gracia literaria de El exorcista. Aunque, a diferencia de lo que sucedía en aquélla, la presencia del guasón Kinderman, con su perfecto dominio del humor y la ironía (recordemos que WP Blatty comenzó como guionista de Blake Edwards en películas de la Pantera Rosa), llena sus páginas de una deliciosa comicidad. Lo cual suma puntos a un libro de enorme envergadura. No hay nada de malo en no ser tan buena como El exorcista: y es qué ésta fue absolutamente excepcional.
Una de las primeras características de Blatty que atrajo mi atención, primero con El exorcista y ahora con Legión, fue su peculiar estilo literario. Blatty raramente recurre a la descripción, y sus escenas son proyectadas por unos ojos capaces de identificar el detalle revelador de cada escenario. Por otro lado, el autor norteamericano posee una maravillosa habilidad para escribir frases memorables, ese tipo de sentencias que se marcan sobre la corteza cerebral como tajos de una cuchilla. Si bien es cierto que experimenté a menudo la tentación de apuntar sus magníficas oraciones, de una sonoridad y profundidad poética bíblicas, decidí enseguida que no sería una buena idea: eran tantas que no habría mucha diferencia entre la lista de frases apuntadas en el papel, y la propia novela. Es, en suma, y me permito insistir, una obra sorprendente que merece ser leída.
Todo William Peter Blatty, incluyendo Legión, en Casa del Libro.
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A día de hoy he leído sólo dos novelas de la británica Ruth Rendell, la demoledora Deseo criminal, que además de seducirme y conmoverme me causó un profundo desasosiego con su telegráfica descripción de la soledad y la falta de afecto de un niño que se transforma en insensible, casi inconsciente asesino; y Un demonio para mí, menos emocionante e hipnótica, pero de igual forma bien tramada. Para quienes no conocen a esta reina de la novela negra, y asumiendo el riesgo de fallar en mis juicios por el hecho de que sólo dos novelas suyas han pasado por mis manos, diré que las características fundamentales de las historias de Rendell son, por un lado, la proyección psicológica de los personajes, que la autora refleja tanto mediante la relación de los protagonistas y el antagonista con el mundo actual --es decir, el momento de la vida del personaje en el que transcurre la acción--, como mediante una exposición retrospectiva de la infancia del antagonista, de modo que sus pecados actuales cobren, si no justificación, al menos sí un cierto sentido; por otro lado, en las tramas de Rendell abundan los vericuetos y las dobleces, así como los azares fatales, casualidades que suenan bastante más verosímiles en conjunto que como hechos aislados. En efecto, en ocasiones tengo la sensación de que existe una malévola inteligencia moviendo los hilos desde la sombra; y puesto que las novelas de la Rendell no son ni religiosas ni sobrenaturales, no hay más remedio que aceptar la evidencia: la autora posee una imaginación realmente siniestra.
En Un demonio para mí, Anthony Johnson se traslada a vivir a una pensión de baja estofa del Londres más sórdido con el doble propósito de aclarar su relación amorosa con una mujer casada y escribir una tesis sobre los psicópatas. En dicha pensión comparte vivienda con una exótica y desagradable galería de personajes, uno de los cuales, Arthur Johnson, se ajusta perfectamente al perfil de vecino coñazo que todos conocemos: estirado, pedante, patético y solitario, además de paranoico y... bueno, resulta que al tipo soso le mola estrangular un maniquí de mujer que esconde en el sótano del edificio. Sobra decir que, desde el momento en que Anthony Johnson se muda a la pensión, las circunstancias se precipitan en una especie de abismo de fatalidades. En fin, la novela no me estremeció como hiciera en su momento aquella deliciosa Deseo criminal, pero aún así fue una lectura ágil y más o menos gozosa, con su dosis de casualidades terribles, infancias traumáticas y muerte, muerte, muerte...
Al terminar de leer la novela de Ruth Rendell pasé a El alienista, de Caleb Carr, que de momento me aburre un poco. Sin embargo, avanzaré unas decenas de páginas antes de forjarme una opinión definitiva. De momento, y a pesar de lo dicho, la descripción del avieso Nueva York de finales del XIX pinta bastante bien, con esos chaperos maquillados como fulanas mutilados y todo lo demás... Ya veré.
Ruth Rendell, en Casa del Libro.
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