El samaritano -- Richard Price

jueves 27 de septiembre de 2007 a las 8:20

Descubrí al escritor y guionista Richard Price como miembro de una lista confeccionada por Tom Wolfe en la que el dandy de las letras americanas enumeraba a unos pocos autores a los que atribuía talento literario. No es ningún secreto que yo considero a Wolfe EL HOMBRE, de manera que me apresuré a apuntar los títulos de las novelas recomendadas y acto seguido emprendí la caza. No recuerdo cuál era el libro de Price encomiado por Wolfe, pues no está traducido al español, de modo que me conformé con el único material disponible en el idioma de Cervantes. Se trata de la novela El samaritano y, sí, es magnífica.

Ray Mitchell abandona su lucrativo puesto de trabajo como guionista de una serie televisiva de éxito para regresar a Nueva York, donde creció, formó una familia abocada al fracaso, se sumergió en el consumo de drogas y donde finalmente tuvo un golpe de suerte. Ahora Mitchell desea estar más cerca de su hija y trata de establecer una vida constructiva, de modo que, para empezar, se ofrece como profesor de literatura creativa en el mismo instituto ineficaz y deprimido en el que él mismo estudió años atrás. Mitchell es un tipo generoso, y siempre está dispuesto a compartir su fortuna con el prójimo. El problema reside en que incluso la virtud aparente puede encerrar una cierta disfuncionalidad, y la generosidad de Mitchell lo lanza de cabeza a un pozo de problemas.

Alguien golpea la cabeza de Mitchell con una jarra en la casa de la víctima, causándole una grave conmoción cerebral, pero el samaritano no suelta prenda ante la policía. La detective responsable del caso es, además, el personaje más entrañable y carismático de la novela, una inspectora con problemas que le debe a Mitchell un favor de juventud.

Y es de este modo que asistimos a una galería de personajes que en no pocas ocasiones rozan el patetismo, almas en pena que van y vienen, que regresan desde el pasado y se manifiestan en el presente como espectros materializados a partir de la nada.

El samaritano es también una de esas novelas en las que el autor describe un par de figuras simétricas e introduce pequeños matices que, en mitad de la semejanza, están llamados a resonar como truenos. Así, tanto Mitchell como Nerese, la detective a cargo del caso, demuestran la misma disposición a desplegar una generosidad inusual y conmovedora, aunque no es difícil darse cuenta de hasta qué punto la de Nerese procede de una bondad natural --curiosamente, Nerese menciona que es cristiana, y que confía en Dios--, mientras que la de Mitchell está revestida de una cierta artificialidad. Desde este punto de vista, era inevitable que ella adoptara finalmente una visión más esperanzadora de la vida.

Novela magnífica, sí señor.

El samaritano está disponible en la Casa del Libro.

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El tercer gemelo -- Ken Follett

a las 8:09

Me siento en la obligación de reconocerlo. No he leído Los pilares de la Tierra. He escuchado suficientes comentarios favorables sobre esa novela como para forrar la catedral de Sevilla, pero cuando la tuve en mis manos y ojeé las primeras páginas, en casa de un conocido, no me sentí demasiado motivado a sumergirme en la historia que ha apasionado a millones de lectores en todo el planeta. El caso es que un autor que se declara ateo desde el mismo prólogo está condenado a causarme una opinión desfavorable, aunque sé muy bien que las convicciones religiosas no tienen por qué afectar a la calidad literaria de quien las profesa. No obstante, al cabo de un par de años descubrí En el blanco, también de Ken Follett, en edición limitada a precio de ganga, y me dije que nada perdía por concederle una oportunidad. Emprendí la lectura en busca de entretenimiento, y puro entretenimiento es lo que obtuve. En este sentido fue una relación honesta entre las partes. El autor me proporcionó varias horas de diversión inocua a cambio de mi dinero, por poco que éste fuera. De modo que mi opinión sobre Follett mejoró sensiblemente, y le di una segunda oportunidad con El tercer gemelo, cuya sinopsis, leída en una página de internet, parecía corresponderse con el argumento de una de esas películas televisivas de mediodía, pero, ¿acaso no fue el caso de En el blanco?

Ahora, la confesión. Abandoné la novela cuando llevaba leídas más de trescientas páginas y sólo quedaban ciento sesenta por delante. El problema residía en que los clichés de El tercer gemelo me hacían sentirme como un auténtico estúpido; y no es que el autor hubiera prescindido de las convenciones del género en su libro En el blanco, pero en esta ocasión Follett situado el límite de la verosimilitud tan alto que apenas lo alcanza la vista.

El chico bueno, cuyo aspecto describía Follett como muy parecido a Brad Pitt --el autor no niega que desearía que alguna de sus novelas fuera llevada a la gran pantalla con toda la parafernalia hollywoodiense--, era, de hecho, demasiado bueno, apuesto y angelical, como uno de esos personajes de teleserie que me chiflaban cuando era un crío, y que ahora me provocan una incómoda sensación de inmadurez. Lo mismo podría decirse del chico malo, que era algo así como el anticristo en plan macarra vacilón gestado en una probeta.

Pero ni siquiera fue éste el factor determinante de mi decepción. Es sólo que la protagonista apenas si me causaba la menor simpatía, y todo mi afecto se lo llevaba el antagonista, a pesar de su ostensible lado oscuro. He aquí el error, en que el personaje más carismático de la novela está tan artificiosamente trazado que incluso en su perversidad --es un supremacista blanco, por ejemplo--, tiene más que ofrecer que ningún otro sujeto. Ni que decir tiene que el tipo, Berrington, es republicano e hipócrita. De lo contrario, ¿dónde estaría la gracia?

Tanto El tercer gemelo como otras novelas de Ken Follett se encuentran disponibles en la Casa del Libro.

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Al calor del verano -- John Katzenbach

martes 25 de septiembre de 2007 a las 12:10

Mentiría si dijera que apruebo la propensión de John Katzenbach a retratar la religión como una manifestación del fanatismo humano o como una manera de apropiarse perversamente de influencia social, pero sus novelas resultan tan absorbentes mientras uno pasa las páginas que casi es posible percibir el efecto de succión.

John Katzenbach publicó su primer libro a principios de la década de 1980, época en la que trabajaba como reportero de The Miami Herald en la misma sala que el también escritor de éxito Carl Hiaasen. Se trataba de Al calor del verano, y sabiendo como sé que realizaron una adaptación cinematográfica protagonizada por Kurt Russell y que recibió una nominación a los premios Edgar, me permito suponer que la novela fue todo un éxito.

Narra en primera persona la relación que un periodista del Journal de Miami establece con un asesino en serie que ha impuesto el terror en la célebre ciudad floridana. El psicópata se pone en contacto telefónico con Anderson, el protagonista, y le detalla tanto el modo en que cometió los crímenes como algunas reflexiones sobre su propia vida. Lo que en un principio se convierte en una maravillosa oportunidad para Anderson de ganar la fama y la gloria, finalmente se ve forzado a reconocer que también él tiene en sus manos alguna responsabilidad sobre lo que el asesino está haciendo. Más tarde, además, el propio asesino interfiere en su vida, y el relato alcanza así un punto de no retorno en el que la vida y la cordura de Anderson gravitan en torno a esa relación malsana.

Los personajes protagonistas de Katzenbach no suelen despertar demasiada simpatía en mí, y sospecho que el propio autor, reduciéndolo a un nivel personal, no sería santo de mi devoción, así que me limito a disfrutar de la tensión de sus novelas y a navegar precariamente sobre las procelosas aguas que son sus tramas. En Al calor del verano, Katzenbach logra reflejar el miedo que la ola de crímenes ha diseminado por la ciudad, aunque apenas consigue profundizar, como habría sido deseable, en la forma en que el temor afecta el día a día de los vecinos de Miami. Cierto que introduce algunos elementos de análisis interesantes, como cuando el protagonista recorre las calles para examinar los efectos que la ola de miedo surte sobre la vida cotidiana de los ciudadanos, y cómo se dispara la venta de armas y demás, pero la novela no logra vencer los límites de la ficción y hacernos comprender la realidad tal cual sería si en lugar de un libro se tratase verdaderamente de un reportaje periodístico. Por otro lado, la sensación opresiva fruto de la desazón y del clima tropical de Miami se confunden y sumen al lector, me sumieron a mí, en una especie de asfixiante balsa de aire caliente, de terrible expectación y de deseos de descubrir un poco más.

Por último, el desenlace --y esto suele ocurrir bastante a menudo-- no le hace ningún bien a la novela. Lo cual es una verdadera lástima, porque el asesino en serie y el reportero protagonista merecían una conclusión más consistente y, claro, menos improvisada. Una lectura recomendable, de cualquier forma.

Tanto Al calor del verano como otras novelas de John Katzenbach se encuentran a la venta en Casa del Libro.

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El faro -- P.D. James

a las 12:09

No es fácil dedicar unos pocos modestos comentarios a una novela de la británica P.D. James debido sobre todo a que prácticamente todos sus libros son perfectos ejemplos de buena literatura, de entretenimiento inquebrantable y de una solidez argumental a prueba de bombas. Ya mencioné en una entrada anterior, en relación con James, que una vez que has leído uno de sus libros puedes anticiparte con cierta facilidad a la estructura de todos los demás, pues son muchos los elementos de estilo que se repiten. Sin embargo, el grado de profundidad de todos y cada uno de sus personajes los convierte en piezas únicas, imposibles de reproducir, y por tanto cada nuevo relato es una travesía exclusiva y sorprendente. No puede decirse lo mismo de muchos autores.

Los elementos recurrentes de la literatura de James son la exclusividad del escenario --museos, costas desoladas con una central nuclear de fondo, centros de medicina forense, por citar unos pocos ejemplos--, la gravedad psicológica de los personajes, la variedad y consistencia de motivos por los que los abundantes sospechosos habrían de desear la muerte de la víctima, las alusiones a los conflictos y resentimientos sociales que revisten nuestras vidas, la precisión argumental y la prolijidad de las descripciones tanto de escenarios como de caracteres.

En El faro, última novela publicada hasta el momento por P.D. James, el crimen tiene lugar en una exclusiva isla habilitada para albergar por cortos periodos de tiempo a personajes ilustres de diferentes ámbitos de la sociedad: allí se recluyen para reflexionar y reponer fuerzas políticos de gran altura, científicos relevantes, artistas de máximo prestigio, etc. Y es precisamente un artista, el escritor Nathan Oliver, quien conoce la muerte en el punto más emblemático de la isla: el faro.

Dado lo sensible del caso y la evidente relevancia de los sospechosos, la investigación es puesta en manos del exclusivo grupo policial comandado por el detective y poeta Adam Dalgliesh, quien ha protagonizado con magnífica efectividad la mayor parte de las novelas de P.D. James, y a quien en esta ocasión acompañan su segundo de a bordo, la inspectora Kate Miskin, y el ambicioso sargento Benton–Smith.

Mientras leía El faro experimenté la sensación de que algo muy sutil había cambiado en el estilo de James. Una mutación casi imperceptible en la frialdad, a menudo brutal, con la que la autora se aproxima a los crímenes y a los individuos. Y es que la muerte de otro de los personajes causó ciertas reacciones emocionales a las que los lectores de la reina del crimen no estamos habituados. Sin embargo, puede que se trate tan sólo de una sensación personal que ningún otro lector comparte.

También en la presente novela se da la circunstancia de que la víctima apenas si suscita alguna simpatía, ni entre sus vecinos de la isla, sobre buena parte de los cuales recaen sospechas de asesinato, ni entre los lectores. Es por ello que la persecución del criminal se convierte en un acto no tanto de búsqueda de justicia personal, como de dignidad social. Leyendo a James es fácil dejarse embaucar y llegar a la conclusión de que la víctima merecía la muerte que le cayó en suerte. Y es otra de las habilidades de James el recordarnos, mediante el íntegro detective Adam Dalgliesh, que la justicia es una exigencia moral que nos concierne a todos.

Tanto El faro como otras novelas de P.D. James están disponibles en la Casa del Libro.

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Un saco de huesos -- Stephen King

a las 12:08

Siento un especial afecto por Un saco de huesos debido a un par de motivos: por un lado, conseguí mi ejemplar en tapa dura gracias a un concurso literario celebrado en mi instituto; supongo que el jurado, formado por el claustro de profesoras del ramo humanista, cometió un error de apreciación que a mí me benefició y me provocó el consabido subidón del triunfador y a otros debió de dejarlos sumidos en un estado de frustración que, por otro lado, yo conozco bastante bien. Por otro lado, Un saco de huesos posee uno de los crescendos dramáticos más intensos que Stephen King ha legado a la literatura de terror, lo cual no es decir poco.

Años después de perder a su esposa, quien cayó fulminada en plena calle víctima de un aneurisma cerebral, el novelista de éxito Mike Noonan sufre por primera vez en su carrera el llamado «bloqueo del escritor». Frustrado por su incapacidad para sacar adelante una nueva novela y, en un sentido más amplio, por su profundo disgusto vital, Noonan se retira a su casa de veraneo frente al lago, donde enseguida empieza a experimentar todo tipo de fenómenos extraños: berridos infantiles que resuenan en la noche, movimientos poltergeist de las colorformas magnéticas pegadas en la puerta del frigorífico, extravagantes pero vívidas pesadillas, etc. También ocurre enseguida que Noonan conoce a una madre guapa, joven y desamparada que resulta ser la nuera del multimillonario de la industria informática Max Devore (¿no es el nombre perfecto para un villano?); sin embargo, las cosas no marchan bien para la chica. Su marido, Lance, hijo de Devore, ha sufrido una muerte absurda mientras trataba de arreglar la antena de la caravana en la que residían, y ahora Devore senior trata de arrebatarle a su hija. Tal y como están las cosas, era inevitable que Noonan se hiciera cargo de todos los problemas de la encantadora Mattie y de su pequeña hijita Kyra; a fin de cuentas, es un escritor con dinero suficiente para pagar a un abogado que defienda los intereses de la muchacha.

Por otro lado, Noonan empieza a sospechar --o al menos a considerar la posibilidad-- que su esposa le fue infiel antes de morir, y emprende una investigación que lo lleva a descubrir obscenos secretos que habían permanecido ocultos en el pueblo durante varias décadas...

Es propio de King soltar hilos suficientes como para que el lector quede enredado tan profundamente que la incertidumbre por la suerte de los personajes le causa la sensación de que va a enloquecer de intriga. Así que uno lee y lee y tira del hilo y tira del hilo con la confianza de alcanzar tarde o temprano la madeja y recibir algunas revelaciones que alivien la incertidumbre. Un saco de huesos es el ejemplo perfecto de la técnica y el proceso que acabo de describir. Y en manos de King el resultado tiende a ser verdaderamente prodigioso.

Quizá los personajes que conforman la opereta de Un saco de huesos adolezcan de una textura excesivamente literaria, en la medida en que son prácticos y verosímiles al servicio de un relato de ficción, pero poco creíbles como sujetos reales; a pesar de ello, tienen fuerza y en conjunto componen una escena interesante. Noonan es un tipo honesto pero no infalible, y en términos generales posee la dosis de carisma suficiente como para arrastrar la mayor parte de la novela, que él escribe en primera persona (lo cual significa, como puede verse, que venció finalmente su bloqueo creativo). Tal vez el mayor defecto de Stephen King resida en que la bondad de los personajes que se suponen buenos resulta demasiado angelical, tan pura que se vuelve falsa, y en algunas ocasiones empalagosa. Por el contrario, el malvado Devore está dotado de una oscura gravedad, en ocasiones cautivadora, que a mí me hizo pensar una y otra vez en el señor Charles Montgomery Burns de Los Simpsons.

Mencioné en el primer párrafo de esta entrada que Un saco de huesos presenta uno de los crescendos más intensos de la carrera de su autor, y me reafirmo en ello. El deseo de desvelar aquello que sucedió en el pasado en el pueblo, y que la esposa de Noonan investigó antes que su marido, le hacen a uno morder las páginas del libro en búsqueda de más. Pero, no obstante, el final, quizá algo desinflado, explota como una granada de mano en la cara del lector. Supongo que sobre eso cada uno debe emitir su propio veredicto.

Tanto Un saco de huesos como otros libros de Stephen King están disponibles en la Casa del Libro.

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El periodismo canalla y otros artículos -- Tom Wolfe

viernes 21 de septiembre de 2007 a las 10:18

Leyendo los artículos de Tom Wolfe recopilados y publicados en varios volúmenes a lo largo de los últimos tiempos, uno tiene la impresión de que se encuentra a bordo de una cápsula del tiempo que le permite transportarse en cuestión de segundos desde la década de 1960 hasta los primeros años del siglo XXI. Y es que el dandy de blanco ha sido siempre el gran cronista de América, uno de esos raros ejemplares de escritores provistos del instrumental completo necesario tanto para observar la sociedad --la presente, la pasada y la que se aproxima --, como para analizarla con lucidez y a continuación dejar constancia de ella por escrito. También en esta última fase Wolfe es un maestro, un astuto demiurgo de la recreación sociológica, como demuestran sus legendarios reportajes --El coqueto aerodinámico color caramelo de ron , por ejemplo-- y sus tres novelas editadas hasta el momento: La hoguera de las vanidades, Todo un hombre y Soy Charlotte Simmons.

En la presente antología, Tom Wolfe vuelve a la carga fortificado con las herramientas de guerra que ha empleado desde el inicio de su carrera como reportero para todo del Springfield Union: la agudeza, un sentido del humor deliciosamente refinado y la capacidad de insertar la información relevante en el momento adecuado, lo cual demuestra que, pese a su inclinación a las frases interminables y a su facilidad para escribir primorosas descripciones, posee una desarrollada percepción del ritmo.

Pese a su relativa brevedad, unas trescientas cuarenta páginas, El periodismo canalla está dividido en cuatro partes y doce artículos, aunque algunos de ellos son introducciones imprescindibles para comprender el meollo del texto principal. A través de las páginas del libro, Wolfe echa la vista al frente y recorre escenas y prodigios protagonizados tanto por él como por el impetuoso pueblo estadounidense. Describe con precisión, por ejemplo, el trabajo de algunos pioneros de lo que más tarde se convirtió en la todopoderosa industria informática, y discurre asimismo sobre la sexualidad en las escuelas como reflejo, aunque se prive de decirlo, de una cierta decadencia moral. Diserta Wolfe sobre cómo la clase media americana ha llegado a disfrutar de más comodidades de las que habrían soñado los utópicos de los siglos pasados, y refuta a Dawkins y su teoría de los memes mientras se complace flirteando con una de las mayores aficiones del novelista virginiano: las neurociencias.

Sin embargo, quizá sea Mis tres comparsas el artículo más divertido y demoledor, si es que las luchas de egos entre escritores pueden volverse demoledoras, de todo el libro. Y es que, tras el formidable éxito comercial, crítico y mediático conseguido por Wolfe tras publicar la prodigiosa Todo un hombre --a mi juicio, su mejor novela--, tres pesos pesados de la vida editorial norteamericana se confabularon contra él: John Updike, Norman Mailer y John Irving. Sin abandonar ni por un segundo la elegancia casi displicente y la caballerosidad que le son propias, Wolfe enumera las razones que podrían explicar por qué sus tres comparsas habían reaccionado tan ferozmente frente a su éxito, y se permite además introducir algunas bombas de profundidad que posiblemente causaron convulsiones a Updike, Mailer e Irving cuando quiera que leyeran la respuesta que el oscuro objeto de su desprecio les había brindado.

Por último, Tom Wolfe echa la vista atrás y revela algunos de los entresijos del periodismo neoyorquino de los años 60 y 70, cuando él llego a la capital del mundo dispuesto a convertirse en novelista.

Un libro, pues, divertido y revelador, así como un magnífico repaso de algunos de los episodios más curiosos de la reciente historia norteamericana.

Toda la obra de Tom Wolfe se encuentra en la Casa del Libro.

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La casa infernal -- Richard Matheson

a las 10:16

El prócer de la industria editorial Rolf Rudolph Deutsch está postrado en cama a la espera de que la Descarnada venga a cobrarse su vida. Tiene cáncer y sus expectativas de vida se reducen a días. Sin embargo, antes de exhalar el último aliento desea conocer la respuesta definitiva a una vieja pregunta: ¿existe vida después de la muerte? Para recibir contestación a esa inquietud inmortal contrata los servicios de uno de los más reputados especialistas estadounidenses en fenómenos paranormales, el escéptico Lionel Barrett. Deutsch lo reclama en su aposento y le ofrece una gran suma de dinero a cambio de que resuelva el enigma sobrenatural. Cuando Barrett acepta la oferta de trabajo, que deberá realizarse en la Mansión Belasco, la única casa encantada que se ha resistido a todos los intentos por desacreditarla practicados hasta el momento, Deutsch le informa de que otras dos personas lo acompañarán durante su estancia en el terrible edificio: Benjamín Franklin Fischer, ex celebridad del mundo de la parapsicología y superviviente de un dramático experimento previo en la Mansión Belasco; y Florence Tanner, médium. Además, la esposa del doctor se incorpora finalmente a la expedición.

La estancia de los protagonistas en la Mansión Belasco es narrada casi minuto a minuto, con una precisión que causa por sí misma una cierta sensación de inquietud, de expectación y conciencia del paso del tiempo, y ocurre así desde la llegada al desolado paraje en el que se halla edificada la maléfica Casa infernal. Matheson describe esa primera aproximación del siguiente modo:

–Estamos entrando.

De repente, el coche se sumergió en una niebla verdosa y el conductor redujo la velocidad. Todos los miraron y advirtieron que se había inclinado sobre el volante, acercando su rostro al parabrisas. Al cabo de unos instantes, conectó los faros antiniebla y los limpiaparabrisas.

–¿Cómo es posible que alguien decidiera construir una casa en un lugar como éste? –preguntó Florence.

–Para Belasco, esto era el paraíso –respondió Fischer.

Todos miraron por las ventanillas hacia la encrespada niebla. Tenían la impresión de encontrarse en un submarino que se sumergía, lentamente, en un mar de leche condensada. Junto al vehículo aparecían árboles, arbustos o formaciones rocosas que desaparecían al instante. Sólo se oía el ronroneo del motor.

[...]

Ahora avanzaban en silencio. Sólo se oía el crujido de la gravilla bajo sus pies. Aquel lugar era tan húmedo que todos tenían la impresión de que el frío había logrado adentrarse en sus huesos. Edith se levantó el cuello del abrigo y se acercó más a Lionel. Ambos siguieron caminando cogidos del brazo y mirando hacia el suelo. Florence les seguía.

Cuando Lionel se detuvo, Edith levantó la mirada.

Ante ellos, envuelta en la niebla, surgía amenazadora la silueta de una inmensa casa.

Como introducción al satánico edificio no está nada mal. El lenguaje es sencillo, práctico, despojado de estridencias góticas a pesar de que prolijidad es justo lo que uno esperaría de una novela sobre casas encantadas. Sin embargo, resulta evidente que Richard Matheson optó por modernizar las formas, como se demuestra a medida que van pasando las páginas y el horror comienza a manifestarse.

En conjunto se trata de una novela interesante. Tanto los motivos y las creencias de cada uno de los personajes están claros como el agua, y resulta convincente, incluyendo la apetencias sexuales de Belasco (el espectral morador), y las inclinaciones lésbicas de algún personaje. El misterio como fuerza creciente también aporta valor, según las normas del género, pero la combinación de todos estos elementos aisladamente favorables, incluyendo las turbadoras y dosificadas revelaciones sobre la vida terrenal de Belasco, no confieren a La casa infernal la dignidad de obra maestra, o por lo menos cautivadora, que uno esperaría de un novelista que ha sido calificado por Ray Bradbury como «uno de los escritores más importantes del siglo XX», y sobre quien Stephen King confesó que era «el autor que más me ha influido como escritor». Magníficas referencias que no se ven justificadas en un relato bien tramado, satisfactoriamente resuelto, pero un tanto menor. Me aburrí a ratos, y siempre he considerado eso como la peor señal de una novela deficiente.

Tanto La casa infernal como otras novelas de Richard Matheson están disponibles en la Casa del Libro.

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Intrigas y deseos -- P.D. James

jueves 20 de septiembre de 2007 a las 14:45

Por lo general, uno ya sabe que va a sumergirse en el relato perfecto cuando pasa las páginas de cortesía, de título, de dedicatoria, de índice, etc. de una obra de la reina de la novela criminal Phyllis Dorothy James. ¿Por qué no? Pocos autores poseen una bibliografía tan sólida y primorosa como la venerable creadora del detective Adam Dalgliesh, que con Intrigas y deseos elevó la literatura negra británica al extremo de sus posibilidades, por encima del cual tan sólo existe la certeza de que la trama se desbordará y perderá parte de su efectividad. En resumidas cuentas, todas las metas que pueden lograrse en la literatura de crímenes, y qué diablos, en la literatura en general, han sido alcanzadas en la presente novela con el paso firme y seguro, frío y temible, de una autora que ya lo conoce todo. Podemos agradecer al hado, o a Dios, que su sierva --pues es devota cristiana-- haya tenido la bondad de compartir con nosotros sus prodigiosas habilidades.

El asesino en serie conocido como el Silbador ha sembrado el miedo en la región de Norfolk, donde ha cometido una serie de homicidios en los que las víctimas son invariablemente mujeres. El responsable de resolver el caso es el jefe de policía Rickards, quien se ve abatido por la doble frustración de abordar un crimen particularmente difícil, y de enfrentarse a una situación familiar lo bastante desapacible como para llenarlo de una profunda desazón.

Como le es propio a todas las novelas de P.D. James, la trama se complica a medida que pasan las páginas primorosamente escritas, y la autora nos sumerge con radiante astucia y extraordinaria capacidad de penetración psicológica en las raíces morales y biográficas de todos los personajes.

Basta leer una sola de las novelas de James, idealmente alguna de las mejores --como por ejemplo la propia Intrigas y deseos, Muerte de un forense y desde luego la gélida Una cierta justicia-- para forjarse una imagen mental más o menos precisa del estilo narrativo de la autora. La variedad de personajes, diferentes y cautivadores en todos los casos, aunque solo sea por el profundo patetismo que algunos albergan; la agudeza de los diálogos, la precisión de las ironías, el egoísmo como constante de la naturaleza humana, el descreimiento y el escepticismo, la solidez de las motivaciones de los protagonistas tanto para desear la muerte de la víctima como para cometer finalmente el crimen irreversible. Y es que en los relatos de P.D. James siempre existen varios sospechosos, todos ellos igualmente impulsados a ejecutar el asesinato, aunque tan sólo uno de ellos ejecute la acción final, de ahí la fuerza con la que la trama se apodera del lector.

En Intrigas y deseos, el carismático detective y poeta Adam Dalgliesh acude al apartado molino que su tía Jane le ha legado. Dalgliesh trata de descansar de su onerosa vida en Londres, de su fama como poeta refinado y de sus obligaciones como uno de los mejores detectives de la policía metropolitana. Sin embargo, el escenario de la desolada costa de Norfolk le depara no pocas sorpresas y ocupaciones inesperadas. Con la imponente central nuclear como telón de fondo, el misterio, la enfermedad, la muerte y las frustraciones, la intimidad más recóndita de los personajes que pueblan la novela, se desplazan como planetas abocados al fracaso en torno a una oscura estrella central: un crimen aún más turbador e inesperado que todos los cometidos hasta el momento.

P.D. James es una novelista fría, exquisita en la forma y artera en la presentación de las decenas de esquirlas que sobresalen de la superficie de sus relatos. Uno puede experimentar la sensación de que en las páginas de James falta lo humano, pero de hecho ocurre todo lo contrario: los personajes son tan humanos que, debido a su manifestación casi zoológica, brutal, honesta hasta límites obscenos, pueden causar repulsión. ¿Acaso no es así en la vida real? Si todos conociésemos los secretos más profundos de nuestros congéneres, ¿existiría la posibilidad de convivencia? James conoce respuesta, y la escribe en sus novelas. También en Intrigas y deseos.

Puedes comprar Intrigas y deseos, así como otros libros de P.D. James, en la Casa del Libro.

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Una cierta justicia -- P.D. James

miércoles 22 de agosto de 2007 a las 12:10

Fue muy curioso: la primera vez que leí un libro de P.D. James, decidí que no le daría una segunda oportunidad. Claro que mi palabra no vale absolutamente nada, de modo que al cabo de un tiempo compré un ejemplar en edición de bolsillo de otra de sus novelas, y la entrañable reina de la novela negra se convirtió en mi segunda escritora favorita, por detrás sólo de Tom Wolfe.

Lo que en un primer momento me disgustó de James, lo mismo que luego me cautivó y me convirtió en una especie de fanático de esta escritora octogenaria, fue la frialdad polar que flotaba como una neblina sobre las páginas de sus relatos, el desapego con que se aproxima a sus personajes, a las emociones, al horror, al crimen, a todo lo patético que albergamos en nuestras vidas. Supongo que para P.D. James la única manera de abordar un crimen es la eficacia policial, y más nos vale a sus lectores renunciar a todo deseo de compasión y humanidad. P.D. James es el acero.

Aquella primera novela fue Una cierta justicia, en la que el detective y poeta Adam Dalgliesh investiga el asesinato de la reputada abogado de la Corona Venetia Aldridge. Como es de rigor, existen varios sospechosos con motivos sobrados para desear la muerte de la abogada. En al menos uno de los casos, ese motivo fue lo bastante poderoso para impulsar a una persona a cometer el crimen.

Una cierta justicia contiene todos los elementos de una buena novela negra, y también todos los elementos característicos de la autora: la víctima es una persona lo bastante relevante para justificar que el caso pase a manos del equipo de élite de Dalgliesh; la víctima carecía del tipo de personalidad seductora que nos hace lamentar una muerte, pese a lo cual ha de imponerse el deseo de justicia. La hija de Venecia, Octavia, una muchacha fea, irritante y poco perspicaz, había iniciado una relación inverosímil con el enigmático Garry Ashe, uno de los últimos clientes de la abogada. Se lo acusaba del asesinato de su tía. Y Venecia constituía un auténtico quebradero de cabeza para todos sus colegas en el tribunal en el que desempeñaba su trabajo.

Los personajes nacidos del fino ingenio de James son siempre sujetos extremadamente fríos, algo así como materializaciones del tópico inglés, y su suspicacia ante la autoridad y su desinterés por la muerte, en contraposición a la gravedad de su propia seguridad y comodidad, hacen al lector sentirse como espectador de una jungla poblada por animales feroces. Es difícil experimentar el menor rastro de simpatía por ninguno de los protagonistas ni secundarios, e incluso la personalidad de Dalgliesh, aunque carismática, difícilmente despierta apego: en realidad eso es algo que él no desea, y que ciertamente no necesita.

Una cierta justicia brinda una magnífica galería de retratos morales, y quizá sea justamente la hondura del perfil psicológico dibujado por la autora lo que convierte esta travesía en una vivencia casi inhóspita. Por otro lado, P.D. James es una perfecta narradora de las relaciones que se establecen entre las personas, tanto las íntimas como las puramente sociales: y es que en las novelas de la autora británica, la estructura de clases sigue condicionando el carácter de las personas.

Ningún cabo suelto, móviles sólidos como rocas y unos investigadores impulsados siempre por el deseo de aplicar una cierta justicia: eso es, como de costumbre, lo que P.D. James tiene que ofrecer.

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El hijo de Rosemary -- Ira Levin

martes 21 de agosto de 2007 a las 1:23

Me figuro que a estas alturas es ya demasiado tarde para tratar de cambiar las cosas, y a Ira Levin lo conoceremos por siempre jamás como el autor de La semilla del Diablo, el libro sobre el que Roman Polanski rodó el film clásico de idéntico nombre. Por supuesto, se trata del mismo autor que publicó Los niños del Brasil, sobre experimentos sociológicos y genéticos para reproducir un clon biológico y psicológico del genocida Adolf Hitler, y Las mujeres perfectas, que revelaba aquello que se esconde bajo la piel de las supuestas esposas ideales.

Sin embargo, el sello del Diablo siempre permanece grabado profundamente sobre la conciencia del lector, al menos si se elabora con talento, y a Levin la sombra del viejo Enemigo lo mantiene sumido en una especie de lúgubre oscuridad.

Ira Levin recuperó algunos de los personajes principales de La semilla del Diablo en la continuación, titulada El hijo de Rosemary. Tras varias décadas sepultada en un estado de coma inducido, y coincidiendo con la muerte del doctor Stanley Shand, el último superviviente del cónclave satánico, Rosemary recupera la conciencia para descubrir que su hijo se ha convertido en una celebridad internacional de tal magnitud que difícilmente se puede comparar a ninguna otra, con excepción, por supuesto, de un Jesucristo redivivo. Adrian Steven Castevet, el hijo de Rosemary, se ha propuesto hacer descender la paz sobre el mundo, y resulta bastante curioso que el mundo se muestra dispuesto a dejarse engatusar por Andy, pues así le llaman. Básicamente en esto consiste el libro.

El estilo narrativo es tan personal que podría identificarse una oración escrita por las manos de Levin en mitad de una biblioteca reducida a toneladas de páginas sueltas, lo cual es bueno. Resulta saludable disfrutar de determinadas características literarias que no se reproducen continuamente como un patrón. Las frases son rápidas, organizada su estructura sintáctica de modo que el lector se ve obligado a mantenerse alerta del ritmo y de dónde comienza y dónde termina cada cosa.

Pero eso no basta. Leer el libro es tan sencillo que podríamos ahorrarnos el trabajo de recorrer las líneas con los ojos: para ello bastaría con convertirlo en mermelada y untarlo sobre una buena rebanada de pan. En este sentido es fantástico. Pero la idea de un tipo capaz de poner de acuerdo a prácticamente todo el planeta, incluso aunque ese tipo sea el hijo de Lucifer, no tiene mucho sentido y desde luego la verosimilitud no es una de sus bazas. Mal asunto. Y el final parece apropiado para terminar las historias de una aspirante a escritora adolescente muy poco original. Algunos elementos obscenos y perturbadores, como la inclinación de Andy Ojos de Tigre a toquetear procazmente a su madre dotan al relato de un matiz repulsivo muy oportuno en este contexto. Pero no hay más. Lectura agradable por la facilidad con la que se desenvuelve la trama, pero no por su originalidad, su honestidad, su fuerza ni, ciertamente, por el talento, limitado, muy limitado, que despliega.

Puedes comprar los libros de Ira Levin en Casa del Libro.

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Cementerio de animales -- Stephen King

lunes 20 de agosto de 2007 a las 9:36

El siempre macabro Stephen King demostró su habilidad para actualizar y barnizar de un matiz cotidiano los relatos de horror clásicos con El misterio de Salem’s Lot, novela con la que aprovechó la magnífica oportunidad que se le brindaba de extirpar al conde Drácula de los escenarios victorianos en los que Bram Stoker lo había situado, y suturarlo en un pequeño pueblo de los Estados Unidos. El resultado fue, según recuerdo --presté mi ejemplar y jamás me lo devolvieron, de modo que nunca lo he releído--, espectacular.

El joven doctor Louis Creed accede a un puesto de trabajo en los servicios médicos de una Universidad de Nueva Inglaterra. Procedentes de Chicago, tanto Creed como su esposa, Rachel, quien profesa un temor morboso por la muerte, y los hijos del matrimonio, Ellie, a quien acompaña su gato Church, y el pequeño Gage, se trasladan a vivir a una mansión situada a las afueras de la ciudad y en la linde de vastos bosques habitados antaño por los indios micmac. Allí los Creed traban amistad con el anciano Jude Crandall y con Norma, la mujer de éste. Y es el propio Crandall quien los lleva de excursión al cementerio de animales, un viejo claro en el bosque donde los niños del pueblo habían enterrado tradicionalmente a sus mascotas.

Sin embargo, las cosas empiezan para Louis mal en su lugar de trabajo. Durante la primera jornada, el alumno Victor Pascow es atropellado y muere en manos de Creed. Ciertamente no es el modo de comenzar que nadie desearía. Aquella misma noche, Louis despierta en la oscuridad y encuentra a Pascow al pie de su cama. Pascow lo invita a seguirlo y lo conduce de nuevo al cementerio de animales, donde se detiene; y, mientras señala una acerba montaña de ramas de árboles, lo exhorta a no cruzarla jamás.

Pero Creed, guiado por Crandall, acude al cementerio primero, y a lo que hay más allá a continuación, para dar sepultura al gato de su hija, al que un camión ha arrollado en la carretera que discurre frente a su casa. Creed, sumido en el escepticismo y la contrariedad, entierra al animal en el suelo de piedra de un viejo cementerio indio. Poco después, la mascota regresa viva a casa.

No todos los lectores que han dado una oportunidad a Cementerio de animales albergan sobre ella una opinión tan favorable como yo, pero me siento obligado a admitir que durante años ésta fue mi novela favorita entre las favoritas. Desde luego, las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero incluso la sencilla acción de abrir el libro y leer un par de líneas para situarme, mientras escribía este post, me ha causado un suculento subidón en su variedad más melancólica. Y es que Cementerio de animales, pese a lo que puedan opinar otros, me ha parecido siempre una de las grandes joyas del terror nacido fruto del ingenio de Stephen King.

Por un lado, el rey del terror combinó elegantemente dos elementos diferentes del género horrífico: por un lado, las historias de zombis; por otro, la leyenda aborigen americana del Wendigo, una especie de dios terrible al que se han dedicado cuentos como El wendigo, de Algernon Blackwood, y películas como Ravenous, en la que un grupo de miliares aislados en un paso de montaña se desatan a las inopinadas bondades del canibalismo.

En cualquier caso, Cementerio de animales posee algunos elementos literarios verdaderamente maravillosos: por poner un ejemplo, los personajes fueron construidos por King con un refinamiento tan sutil que los dotaba de una vida que parecía flotar en relieve por encima de las páginas impresas. Especialmente el anciano Jude Crandall, quizá el personaje más sólido confeccionado por Stephen King a lo largo de su dilatada carrera. También el uso de los elementos de la naturaleza como instrumentos para conmocionar al lector cobran aquí especial fuerza, y fe de ello da el pasaje en el que Jude guía a Louis a través del bosque para enterrar a Church en el viejo cementerio micmac, cuando Crandall advierte a su amigo de que quizá vea cosas extrañas, pero que probablemente no sean más que producto de la combustión de los pestilentes gases del pantano.

El desarrollo moral de los personajes es consistente en su mayor parte, aunque algunas referencias de psicología de andar por casa resultaban un tanto ridículas, como el resentimiento de Louis a su madre porque ésta le mintió sobre la verdadera procedencia de los bebés. Por otro lado, el progreso de la trama cobra velocidad a medida que pasan las páginas, y el dramatismo se infla tanto que, llegados a cierto punto, la maldad ya lo ha emponzoñado todo, incluso las manos con las que sujetamos nuestro libro.

Una lectura recomendable, muy clásica, que sin duda alguna habría recibido elogios de H.P. Lovecraft de haber tenido ocasión de leerla: no albergo la menor duda de que Cementerio de animales es una obra maestra de la literatura preternatural.

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Clase nocturna -- Tom Piccirilli

jueves 16 de agosto de 2007 a las 11:14

La novela Clase nocturna de Tom Piccirilli me hizo pensar tres cosas mientras la aferraba entre las manos, las siguientes: que este escritor literalmente descomunal, robusto como un toro, posee nociones avanzadas sobre el tipo de escenas insólitas e insinuantes que hacen que se te hiele la sangre bajo la piel; que la prosa poética puede ser muy útil para reforzar la sensación de inquietud si uno es capaz de dominar las sutilezas del idioma; y que el lenguaje poético puede volverse lo bastante pesado para aplastar una trama como a una mosca de verano si no se emplea con moderación.

Tras las vacaciones de invierno, Caleb Prentiss descubre que un asesinato ha sido cometido en su dormitorio. Sobre la víctima y las circunstancias del crimen poco se sabe, y Prentiss se propone adentrarse en el misterio. Sumido en una creciente obsesión, trata de desentrañar el enigma sin reparar en la forma en que éste lo está alterando, y poco a poco, con las manchas de sangre seca de la víctima adheridas a las paredes de su dormitorio y fenómenos extraños sucediendo a su alrededor, cerniéndose sobre él como una serpiente pitón, Prentiss se aproxima a una solución que puede tanto impresionar como decepcionar al lector. Mucho me temo que, en lo concerniente a mí, al pasar la última página me sentía ya un poco cansado.

Piccirilli es un autor hábil, sobresaliente en algunos aspectos. Las frases de una gran fuerza poética que inserta en el transcurso de la trama tienen la cualidad de reafirmar la inquietud que uno ya había empezado a experimentar. Sin embargo, el exceso de poesía reduce su eficacia, como si el abuso la vulgarizase, y finalmente constituye más un lastre que un elemento favorable. Otra de las habilidades sobresalientes de Piccirilli es la naturalidad con la que consigue que personajes convencionales se vuelven excéntricos e incluso perturbadores, y cómo las escenas están revestidas de una oscuridad casi tóxica, enfermiza, envueltas en una pátina que puede resultar tanto triste como descorazonadora y decadente.

Clase nocturna narra primero una obsesión personal fruto de una escena poderosa, el asesinato de una joven de dieciocho años y el silencio que se ha instalado alrededor del suceso, y a continuación se transforma en una versión adulta de las películas de leyendas urbanas para adolescentes que Hollywood fabrica como churros. Pero donde los protagonistas de los films son planos en el mejor de los casos, y decididamente inverosímiles en el peor, aquí la psicología cobra fuerza y forma (y tanto la fuerza como la forma son tan disfuncionales que hacen pensar en los secretos que se cuecen en las interioridades de las grandes ciudades).

Existe una edición muy barata de la presente novela, de modo que uno puede dar cuenta de ella para decidir si merece la pena seguir de cerca el trabajo de Piccirilli, o si por el contrario sumamos su nombre a nuestra lista negra de escritores a evitar. Es una decisión personal.

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Nuestra Señora de las Tinieblas -- Fritz Leiber

martes 14 de agosto de 2007 a las 10:19

Supongo que los motivos que le hacen a uno disfrutar de una novela son tan diversos como la propia variedad humana, y, aunque ciertamente esta premisa es utilizada a menudo para justificar la existencia incluso de los libros más inmundos, no tengo intención de transitar en este momento por ese camino. Hay novelas buenas y malas novelas, buenas novelas aburridas y novelas malas absorbentes. No siempre es fácil decantarse por la primera opción, pues, ¿no debe ser gozo, incluso en sus manifestaciones más melancólicas y tristes, lo que ha de proporcionar un autor de ficción a sus lectores? Sin duda que ésa es precisamente mi opinión, y ha resultado oportuno que, a lo largo de mi vida como devorador de libros, los escritores que más profundamente han cavado en mi carácter hayan compartido esta teoría: lo primero, el entretenimiento.

Decía que hay mil motivos por los que una obra de ficción puede captar tu atención hasta el punto de que te conmueve el alma, y no siempre la calidad es uno de los factores determinantes. No obstante, resulta muy consolador que escritores brillantes sean asimismo verdaderos showmans de las letras, por decirlo de algún modo. En fin, me vienen a la cabeza un par de novelas autobiográficas de Gerald Durrell, Mi familia y otros animales y Bichos y demás parientes; al margen del ingenio desplegado por Durrell en ambos títulos --dos tercios de la Trilogía de Corfú--, lo que me atrapa siempre en sus lecturas y relecturas es la visión a través del tiempo de una infancia cálida y pacífica tan luminosa y entrañable que más parece ficción. Por supuesto que Durrell debe de haber limado algunas asperezas para que la cosa quedara redonda, ya me entendéis, pero el trasfondo de infinito placer infantil resulta tan puro y natural que resulta muy difícil discutir su verosimilitud. Y por eso me vuelven loco esos relatos: mientras los leo, preferentemente durante las tardes de verano, mi propia infancia, muy poco satisfactoria, pierde toda su importancia y vivo lo que antes vivió Durrell. Me adueño de una existencia que, por lo demás, el concede generosamente.

Otra de las novelas que me hacen feliz porque me transportan a tiempos imposibles, y no tanto por la trama --no es que la desdeñe-- es Nuestra Señora de las Tinieblas, brillante relato de terror de Fritz Leiber. (¿Has escuchado alguna vez la expresión «espada y brujería? Pues la acuñó él.) Compré el libro a precio de saldo, supongo que justo antes de que la editorial, de la que no tengo ninguna referencia, lo retirara del mercado y lo transformara en pulpa de celulosa. Caballeros, permítanme decirles que disfruté ese libro como un niño un caramelo.

Franz Western, guionista y autor de historietas de terror de tercera fila, reside en un edificio de apartamentos del exótico San Francisco de los años ’70. Comparte pasillos y plantas con una intérprete de clavicordio, amiga suya, y con dos colegas solteros sobre quienes pende la sospecha, en absoluto relevante para la trama, de la homosexualidad. (Insisto, todo tiene lugar en la inclinada San Francisco.) Cierto día, mientras otea la ciudad con unos binoculares, descubre a un tipo de lo más excéntrico danzando locamente en una distante colina, visible desde su apartamento. Más tarde, impulsado por la curiosidad, Franz realiza una excursión a aquel lugar. No diré lo que allí sucede, porque es la mejor parte de la novela, pero puedo anticipar que la sangre se espesó en mis venas y el miedo, en su variedad más vacía y primitiva, perduró en mis entrañas durante varios días. O, para decirlo con mayor exactitud, durante varias noches: soy criatura nocturna.

La cuestión es que en lo sucesivo Franz comienza a investigar a un tipo verdaderamente misterioso, Thibaut de Castries, que había formado un círculo de ilustres personajes a su alrededor varias décadas atrás. Entre sus colaboradores se encontraba Clark Ashton–Smith, el afamado poeta, pintor y autor de cuentos de horror, y es aquí donde la realidad comienza a mezclarse con la ficción.

Nuestra Señora de las Tinieblas posee la poderosa capacidad de inocular una intensa nostalgia en las entrañas del lector, tanto el viva–la–vida San Francisco de la década de la liberación sexual, los hippies y todo lo demás, como el San Francisco de artistas innovadores y mentes brillantes de la primera mitad del siglo XX. La verdad es que no sé si las cosas ocurrieran verdaderamente así, pero suena tan persuasivo que uno experimenta deseos de practicar un pequeño viaje en el tiempo.

Escrita con un estilo limpio y consistente, la novela proporciona todo tipo de placeres: el del lenguaje empleado con refinamiento; el de tener acceso a la intimidad de personas interesantes; la nostalgia de tiempos pasados que han devenido míticos; y el de una trama absorbente y bien estructurada, aunque poco pretenciosa, que siempre ofrece la oportunidad de pasar varias horas de placer.

A propósito, el título de la novela hace referencia al trabajo de Thomas De Quincy; aún más, el maravilloso relato de Leiber comienza con una larga cita de éste:

Pero la tercera hermana, que es también la más joven... ¡Cuidado! ¡Susurrad cuando habléis de ella! Su reino no es grande, o de lo contrario no habría nada con vida, pero dentro de ese reino todo el poder es suyo. Su cabeza, enorme como la de Cibeles, se alza más allá del alcance de la vista. Nunca baja la mirada, y sus ojos, al elevarse tanto, puede que queden ocultos por la distancia. Pero, siendo lo que son, no pueden ocultarse. Puede leerse desde suelo, a través del tenue velo negro que lleva, la fiera luz de una ardiente miseria, que no descansa mañana ni tarde, ni a mediodía no a medianoche, ni en la pleamar o la bajamar. Ella es la que desafía a Dios. Es también la madre de las locuras, y la que induce a los suicidas. Las raíces de su poder son profundas, pero la nación que gobierna es pequeña. Pues solo puede acercarse a aquellos en los que una naturaleza profunda ha sido soliviantada por convulsiones centrales, aquellos en quienes el corazón tiembla y el cerebro se mece bajo tempestades de conspiraciones interiores y tempestades exteriores. La Madonna se mueve con los pasos inseguros, rápidos o lentos, pero siempre con trágica gracia. Nuestra Señora de los Suspiros se arrastra tibia y furtivamente. Pero esta hermana más joven se mueve con gestos incalculables, rebotando, y con saltos de tigre. No lleva ninguna llave, pues aunque aparece rara vez entre los hombres, derriba todas las puertas en las que se le permite entrar. Y su nombre es Mater Tenebrarum, Nuestra Señora de las Tinieblas.

Maravilloso.

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Cell -- de Stephen King

lunes 13 de agosto de 2007 a las 7:04

Las cosas funcionan del siguiente modo: durante toda tu adolescencia idolatras a un escritor --sí, yo fui ese tipo de muchacho-- y cuando creces, maduras y experimentas las primeras pulsiones suicidas, descubres que otros novelistas se han adueñado del lugar de tu corazón que hasta ese momento había ocupado... bueno, digamos que Stephen King. Si a eso le sumas que a estas alturas la antigua estrella tan sólo escribe basura, entonces la decepción abre una profunda fisura en tu estómago y tú miras para otro lado.

Mi premisa es ésta: Mientras escribo fue el último buen libro de Stephen King, ¡y no era una novela! La cosa es que se trataba de un ensayo sobre el oficio de escritor, desde los inicios hasta que un conductor pirado te machaca del primer al último hueso del cuerpo, que es justamente lo que le sucedió al Hombre Lúgubre de Maine.

Compré una edición limitada y tirada de precio de Cell pensando que, en el peor de los casos, aún cuando se tratara de la bazofia más pura que hubiese pasado por mis manos, no habría perdido demasiado: 6 euros libres de gastos de envío, pues saqué partido de una promoción de la Casa del Libro.

La novela describe el mundo apocalíptico que queda como resultado de lo que podríamos denominar «un conflicto telefónico a gran escala», pues todo aquel que recibe una llamada a través del móvil, ¡se vuelve zombi! La idea principal resulta curiosa, si bien no demasiado atractiva ni original: ya se ha trabajado antes con ella, aunque de momento sólo me vienen dos historias a la cabeza, una literaria y otra cinematográfica: por un lalo, los espíritus inquietos del más allá utilizaban una pantalla de televisor para ponerse en contacto con la pobre Carol Ane en la película Poltergeist; por otro, las se electrozombifican en un relato de King que él mismo trasladó a la gran pantalla en un film del que el propio director parecer recordar muy poco. Hace bien: yo me he esforzado en olvidarlo. Sin éxito.

Las doscientas primeras páginas de Cell son insufribles a pesar del prometedor primer párrafo... pues hasta este punto hemos llegado... y asistimos a una descripción anodina e inverosímil de una sociedad occidental reducida a cenizas. Hoy día los tipos chiflados que se dedican a morder cuellos ya no impresionan, pero Stephen King no parece haberse dado cuenta; o puede que sencillamente le importe un bledo: decenas de miles de lerdos estamos dispuestos a seguir comprando sus libros cuando la inspiración ya lo ha abandonado, y un porcentaje notable de esos compradores compulsivos está preparado para dar opiniones de lo más favorables en cuanto se les presente la oportunidad. Y con la explosión de los blogs, todo el mundo cuenta con la posibilidad de decir todo aquello que le venga en gana en cualquier momento.

El protagonista, Clayton Riddell, de visita en Boston, encuentra un par de amigos inopinados durante el primer tramo de relato, una chica que ha visto enloquecer y morir a su propia madre --trauma del que se recupera con animosa facilidad--, y un tipo homosexual, bastante ridículo y estereotipado, sin familia, resentido de la religión y dueño de... en efecto, de un gato. Lo cual es siempre un síntoma de homosexualidad latente.

En fin, poco hay que decir de una novela mala. El prota trata de regresar a su hogar para salvar a su hijo y bla, bla, bla. Zombi va, zombi viene: es como La noche de los muertos vivientes pero con presunciones sociológicas. Fin.

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Posdata: Stephen King tiene el mal gusto de dedicar su horrible novela a dos tótems del terror del siglo pasado: George Romero (director de la mencionada La noche...) y Richard Matheson (autor de Soy leyenda). La dedicatoria no es casual, claro.

Cell, así como toda la obra de Stephen King, se encuentra en Casa del Libro.

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El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de ron

sábado 11 de agosto de 2007 a las 12:07

Tom Wolfe alcanzó la celebridad hace varias décadas gracias a su habilidad para emplear todo tipo de recursos originales en sus descripciones del mundo que lo rodeaba. Incluso lo encumbraron como padre del llamado --y no siempre bien definido-- «nuevo periodismo», aunque se vio obligado a compartir ese honor con Norman Mailer, con Truman Capote y con el bonzo Hunter S. Thompson, quien, por cierto, se descerrajó un tiro en la boca hace algún tiempo, suicidio que motivó un delicioso y sentido obituario de Wolfe.

Se me ocurre que hoy día todos los blogueros deberían echarle un vistazo a las crónicas periodísticas del reportero de blanco y, con un poco de suerte, empaparse tanto de su ingenio, cosa difícil, como de su maravillosa habilidad para utilizar un lenguaje chispeante e inmediato que me hace pensar... sí... en lo bien que le sentaría a la blogosfera...

En fin, terminé de leer ayer una corta recopilación de viejos artículos sesenteros de Tom Wolfe. Me refiero a El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de rol; ya ves, si tu profesor de informática te pregunta por el título de libro más largo que conoces, puedes dejar que éste caiga como una losa sobre su cabeza.

El volumen contiene cuatro artículos. El primero de ellos da título a la compilación y describe bastante festivamente lo que debieron de ser los tiempos germinales del tuneo de automóviles, aunque la traducción hispana lo ha dejado en un exótico «pichicateo». Por aquella época los jóvenes abandonaban el hogar paterno, ponían rumbo a la luminosa Los Ángeles y se esforzaban desesperadamente en hacerse un nombre en el negocio de la «personalización» de vehículos motorizados. Como suele ocurrir cuando se trata de destacar en una actividad creativa, la gran mayoría de contendientes se quedó en el camino. Una lástima, claro. Por cierto que el artículo de marras protagoniza una famosa anécdota que habría de dar el pistoletazo de salida a la fulgurante carrera de Wolfe. Y es que el reportero sureño no sabía qué forma darle al texto, de modo que llamó por teléfono a su jefe, por aquel entonces el director de la revista Esquirer, y le explicó cuán mal andaban las cosas. Replicó el mandamás que se limitara a enviarle sus notas, que un escritor competente realizaría el trabajo final, pero, cuando el tipo tuvo el manuscrito de Wolfe en sus manos, ¡vio que aquello era auténtica dinamita! De hecho publicó el texto tal cual aparecía sobre el papel, y el resto es historia.

El presente volumen incluye asimismo Arquitectura electrográfica, artículo en el que el autor discurre sobre la explosión de cierto tipo de arquitectura determinada básicamente por las necesidades de publicidad y exhibición --en realidad, el objeto del texto tiene más que ver con los artistas comerciales que con los propios arquitectos --.

Los muchachos de la melena ofrece a Wolfe la oportunidad de explayarse sobre el desarrollo de nuevas modas en la Costa Oeste de los Estados Unidos en los ’50 y ‘60, y cómo el transcurso de los tiempos ha propiciado que los usos y costumbres hayan evolucionado de manera sorprendente; vestimentas de rol carismático --como los suntuosos trajes de un rey, que simbolizan su majestad--, vestimentas de trabajo --el mono funcional de un mecánico, por ejemplo--. Bueno, eso es algo maravilloso.

Por último, Las Vegas (¿Qué?) Las Vegas (¡No te oigo! Mucha bulla) ¡¡¡Las vegas!!! da fe de la capacidad de Tom Wolfe para captar las sutilezas de los paisajes y paisanajes urbanos. La celebérrima capital del juego no es un sitio tan bueno como cualquier otro para empezar: es el mejor, con todas esas luces espectaculares, y las muchachas que mueven las caderas así, los ancianos de sesenta años --supongo que por aquella época, a los 60 se era viejo-- que pasan las vacaciones dilapidando el dinero en los hoteles casino, y las viejas harpías solitarias que se aferran con una fe verdaderamente fervorosa a las máquinas tragaperras.

Insiste siempre Tom Wolfe en que la vida de su país constituye un carnaval tan maravilloso que los escritores estadounidenses deberían sentirse obligados a retratarla, pero, tras leer a Wolfe, uno comprende la profunda dificultad de semejante tarea: más que un modelo de trabajo, el dandy más famoso de las letras americanas es un espejismo inalcanzable.

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Casa de arena y niebla -- André Dubus III

a las 0:34

¿Qué hay de un libro cuya primera lectura, desde la que han transcurrido varios años, fue una turbadora combinación de la dureza del whisky ardiendo contra las paredes de la garganta y un chorro de suavísima crema de nata? Estoy hablando de la novela Casa de arena y niebla, que hace un par de semanas leí por segunda vez. (Aunque mis afición a la relectura sorprende a menudo a mis conocidos, tengo mi récord en unos diez barridos de Cementerio de animales, ficción zombífica de Stephen King que incluso a día de hoy, cuando el adorable gigantón de Maine se ha desplomado del Olimpo de mis escritores súper ultra mega favoritos --o sea, Tom Wolfe y P.D. James--, me sigue suscitando un placer tan pacífico como la sonrisa de un niño.)

Casa de arena y niebla constituye una tragedia griega en toda regla, si nos atenemos a las palabras del autor, André Dubus III, y las tres primeras cosas que le vienen a uno a la cabeza a medida que pasas las primeras páginas son las siguientes: una, que es adictiva; dos, que resulta básicamente verosímil, y en parte gracias a eso, la empatía se infiltra en las venas como una inyección antibiótica (sobre todo si los virus han perdido el juicio); y tres, que las cosas terminarán verdaderamente mal, aun cuando uno espera en lo profundo de su ser que el asunto se solucione como por arte de magia y los protagonistas vivan felices y coman perdices.

La exitosa novela de Dubus, que se encumbró en las listas de best–sellers y superó los tres millones de ejemplares vendidos, debido en cierta medida a la propiciatoria recomendación de Oprah Winfrey en su club de lectura, narra cómo un absurdo error burocrático obliga a una chica, ex drogadicta y ex alcohólica, a la sazón abandonada por su marido (ex drogadicto y ex alcohólico), a desalojar su casa, que es vendida en una subasta y adquirida por... bueno, por un ex coronel del ejército imperial del sah Pahlevi antes de que el ayatolá Jomeini se dejara crecer la barba y ocurriera todo aquel feo asunto en Irán... que dura todavía hoy... El ex coronel posee el carácter más carismático y subyugante del relato, quizá a causa de que historias como la suya no han sido tan sobadas en la literatura y el cine como las de chicas blancas disfuncionales. El ex coronel, que había sido una auténtica autoridad en su país de origen, se ve degradado en Estados Unidos con trabajos de poca monta y, lo que es peor, es sometido a una flagrante pérdida de prestigio. Para colmo de males, su melancólica esposa lo culpa de sus desdichas actuales. Por otro lado, la chica, la desahuciada, comienza una relación llena de suspicacias y temores con el mismo ayudante del sheriff que la forzó a abandonar su casa. Y creedme cuando os digo que las cosas se tuercen. Se tuercen de veras.

Se trata de una novela intensa y persuasiva, aunque resulta difícil describirla como una gran obra. Quizá lo sea. He pensado mucho en ello pero no he llegado a una conclusión de la que me sienta satisfecho.

El relato está narrado a tres voces, dos en primera persona/ presen