Al calor del verano -- John Katzenbach

martes 25 de septiembre de 2007 a las 12:10

Mentiría si dijera que apruebo la propensión de John Katzenbach a retratar la religión como una manifestación del fanatismo humano o como una manera de apropiarse perversamente de influencia social, pero sus novelas resultan tan absorbentes mientras uno pasa las páginas que casi es posible percibir el efecto de succión.

John Katzenbach publicó su primer libro a principios de la década de 1980, época en la que trabajaba como reportero de The Miami Herald en la misma sala que el también escritor de éxito Carl Hiaasen. Se trataba de Al calor del verano, y sabiendo como sé que realizaron una adaptación cinematográfica protagonizada por Kurt Russell y que recibió una nominación a los premios Edgar, me permito suponer que la novela fue todo un éxito.

Narra en primera persona la relación que un periodista del Journal de Miami establece con un asesino en serie que ha impuesto el terror en la célebre ciudad floridana. El psicópata se pone en contacto telefónico con Anderson, el protagonista, y le detalla tanto el modo en que cometió los crímenes como algunas reflexiones sobre su propia vida. Lo que en un principio se convierte en una maravillosa oportunidad para Anderson de ganar la fama y la gloria, finalmente se ve forzado a reconocer que también él tiene en sus manos alguna responsabilidad sobre lo que el asesino está haciendo. Más tarde, además, el propio asesino interfiere en su vida, y el relato alcanza así un punto de no retorno en el que la vida y la cordura de Anderson gravitan en torno a esa relación malsana.

Los personajes protagonistas de Katzenbach no suelen despertar demasiada simpatía en mí, y sospecho que el propio autor, reduciéndolo a un nivel personal, no sería santo de mi devoción, así que me limito a disfrutar de la tensión de sus novelas y a navegar precariamente sobre las procelosas aguas que son sus tramas. En Al calor del verano, Katzenbach logra reflejar el miedo que la ola de crímenes ha diseminado por la ciudad, aunque apenas consigue profundizar, como habría sido deseable, en la forma en que el temor afecta el día a día de los vecinos de Miami. Cierto que introduce algunos elementos de análisis interesantes, como cuando el protagonista recorre las calles para examinar los efectos que la ola de miedo surte sobre la vida cotidiana de los ciudadanos, y cómo se dispara la venta de armas y demás, pero la novela no logra vencer los límites de la ficción y hacernos comprender la realidad tal cual sería si en lugar de un libro se tratase verdaderamente de un reportaje periodístico. Por otro lado, la sensación opresiva fruto de la desazón y del clima tropical de Miami se confunden y sumen al lector, me sumieron a mí, en una especie de asfixiante balsa de aire caliente, de terrible expectación y de deseos de descubrir un poco más.

Por último, el desenlace --y esto suele ocurrir bastante a menudo-- no le hace ningún bien a la novela. Lo cual es una verdadera lástima, porque el asesino en serie y el reportero protagonista merecían una conclusión más consistente y, claro, menos improvisada. Una lectura recomendable, de cualquier forma.

Tanto Al calor del verano como otras novelas de John Katzenbach se encuentran a la venta en Casa del Libro.

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La casa infernal -- Richard Matheson

viernes 21 de septiembre de 2007 a las 10:16

El prócer de la industria editorial Rolf Rudolph Deutsch está postrado en cama a la espera de que la Descarnada venga a cobrarse su vida. Tiene cáncer y sus expectativas de vida se reducen a días. Sin embargo, antes de exhalar el último aliento desea conocer la respuesta definitiva a una vieja pregunta: ¿existe vida después de la muerte? Para recibir contestación a esa inquietud inmortal contrata los servicios de uno de los más reputados especialistas estadounidenses en fenómenos paranormales, el escéptico Lionel Barrett. Deutsch lo reclama en su aposento y le ofrece una gran suma de dinero a cambio de que resuelva el enigma sobrenatural. Cuando Barrett acepta la oferta de trabajo, que deberá realizarse en la Mansión Belasco, la única casa encantada que se ha resistido a todos los intentos por desacreditarla practicados hasta el momento, Deutsch le informa de que otras dos personas lo acompañarán durante su estancia en el terrible edificio: Benjamín Franklin Fischer, ex celebridad del mundo de la parapsicología y superviviente de un dramático experimento previo en la Mansión Belasco; y Florence Tanner, médium. Además, la esposa del doctor se incorpora finalmente a la expedición.

La estancia de los protagonistas en la Mansión Belasco es narrada casi minuto a minuto, con una precisión que causa por sí misma una cierta sensación de inquietud, de expectación y conciencia del paso del tiempo, y ocurre así desde la llegada al desolado paraje en el que se halla edificada la maléfica Casa infernal. Matheson describe esa primera aproximación del siguiente modo:

–Estamos entrando.

De repente, el coche se sumergió en una niebla verdosa y el conductor redujo la velocidad. Todos los miraron y advirtieron que se había inclinado sobre el volante, acercando su rostro al parabrisas. Al cabo de unos instantes, conectó los faros antiniebla y los limpiaparabrisas.

–¿Cómo es posible que alguien decidiera construir una casa en un lugar como éste? –preguntó Florence.

–Para Belasco, esto era el paraíso –respondió Fischer.

Todos miraron por las ventanillas hacia la encrespada niebla. Tenían la impresión de encontrarse en un submarino que se sumergía, lentamente, en un mar de leche condensada. Junto al vehículo aparecían árboles, arbustos o formaciones rocosas que desaparecían al instante. Sólo se oía el ronroneo del motor.

[...]

Ahora avanzaban en silencio. Sólo se oía el crujido de la gravilla bajo sus pies. Aquel lugar era tan húmedo que todos tenían la impresión de que el frío había logrado adentrarse en sus huesos. Edith se levantó el cuello del abrigo y se acercó más a Lionel. Ambos siguieron caminando cogidos del brazo y mirando hacia el suelo. Florence les seguía.

Cuando Lionel se detuvo, Edith levantó la mirada.

Ante ellos, envuelta en la niebla, surgía amenazadora la silueta de una inmensa casa.

Como introducción al satánico edificio no está nada mal. El lenguaje es sencillo, práctico, despojado de estridencias góticas a pesar de que prolijidad es justo lo que uno esperaría de una novela sobre casas encantadas. Sin embargo, resulta evidente que Richard Matheson optó por modernizar las formas, como se demuestra a medida que van pasando las páginas y el horror comienza a manifestarse.

En conjunto se trata de una novela interesante. Tanto los motivos y las creencias de cada uno de los personajes están claros como el agua, y resulta convincente, incluyendo la apetencias sexuales de Belasco (el espectral morador), y las inclinaciones lésbicas de algún personaje. El misterio como fuerza creciente también aporta valor, según las normas del género, pero la combinación de todos estos elementos aisladamente favorables, incluyendo las turbadoras y dosificadas revelaciones sobre la vida terrenal de Belasco, no confieren a La casa infernal la dignidad de obra maestra, o por lo menos cautivadora, que uno esperaría de un novelista que ha sido calificado por Ray Bradbury como «uno de los escritores más importantes del siglo XX», y sobre quien Stephen King confesó que era «el autor que más me ha influido como escritor». Magníficas referencias que no se ven justificadas en un relato bien tramado, satisfactoriamente resuelto, pero un tanto menor. Me aburrí a ratos, y siempre he considerado eso como la peor señal de una novela deficiente.

Tanto La casa infernal como otras novelas de Richard Matheson están disponibles en la Casa del Libro.

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Clase nocturna -- Tom Piccirilli

jueves 16 de agosto de 2007 a las 11:14

La novela Clase nocturna de Tom Piccirilli me hizo pensar tres cosas mientras la aferraba entre las manos, las siguientes: que este escritor literalmente descomunal, robusto como un toro, posee nociones avanzadas sobre el tipo de escenas insólitas e insinuantes que hacen que se te hiele la sangre bajo la piel; que la prosa poética puede ser muy útil para reforzar la sensación de inquietud si uno es capaz de dominar las sutilezas del idioma; y que el lenguaje poético puede volverse lo bastante pesado para aplastar una trama como a una mosca de verano si no se emplea con moderación.

Tras las vacaciones de invierno, Caleb Prentiss descubre que un asesinato ha sido cometido en su dormitorio. Sobre la víctima y las circunstancias del crimen poco se sabe, y Prentiss se propone adentrarse en el misterio. Sumido en una creciente obsesión, trata de desentrañar el enigma sin reparar en la forma en que éste lo está alterando, y poco a poco, con las manchas de sangre seca de la víctima adheridas a las paredes de su dormitorio y fenómenos extraños sucediendo a su alrededor, cerniéndose sobre él como una serpiente pitón, Prentiss se aproxima a una solución que puede tanto impresionar como decepcionar al lector. Mucho me temo que, en lo concerniente a mí, al pasar la última página me sentía ya un poco cansado.

Piccirilli es un autor hábil, sobresaliente en algunos aspectos. Las frases de una gran fuerza poética que inserta en el transcurso de la trama tienen la cualidad de reafirmar la inquietud que uno ya había empezado a experimentar. Sin embargo, el exceso de poesía reduce su eficacia, como si el abuso la vulgarizase, y finalmente constituye más un lastre que un elemento favorable. Otra de las habilidades sobresalientes de Piccirilli es la naturalidad con la que consigue que personajes convencionales se vuelven excéntricos e incluso perturbadores, y cómo las escenas están revestidas de una oscuridad casi tóxica, enfermiza, envueltas en una pátina que puede resultar tanto triste como descorazonadora y decadente.

Clase nocturna narra primero una obsesión personal fruto de una escena poderosa, el asesinato de una joven de dieciocho años y el silencio que se ha instalado alrededor del suceso, y a continuación se transforma en una versión adulta de las películas de leyendas urbanas para adolescentes que Hollywood fabrica como churros. Pero donde los protagonistas de los films son planos en el mejor de los casos, y decididamente inverosímiles en el peor, aquí la psicología cobra fuerza y forma (y tanto la fuerza como la forma son tan disfuncionales que hacen pensar en los secretos que se cuecen en las interioridades de las grandes ciudades).

Existe una edición muy barata de la presente novela, de modo que uno puede dar cuenta de ella para decidir si merece la pena seguir de cerca el trabajo de Piccirilli, o si por el contrario sumamos su nombre a nuestra lista negra de escritores a evitar. Es una decisión personal.

Compra con toda comodidad Clase nocturna, así como otros libros de Tom Piccirilli, en Casa del Libro.

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