Un saco de huesos -- Stephen King

martes 25 de septiembre de 2007 a las 12:08

Siento un especial afecto por Un saco de huesos debido a un par de motivos: por un lado, conseguí mi ejemplar en tapa dura gracias a un concurso literario celebrado en mi instituto; supongo que el jurado, formado por el claustro de profesoras del ramo humanista, cometió un error de apreciación que a mí me benefició y me provocó el consabido subidón del triunfador y a otros debió de dejarlos sumidos en un estado de frustración que, por otro lado, yo conozco bastante bien. Por otro lado, Un saco de huesos posee uno de los crescendos dramáticos más intensos que Stephen King ha legado a la literatura de terror, lo cual no es decir poco.

Años después de perder a su esposa, quien cayó fulminada en plena calle víctima de un aneurisma cerebral, el novelista de éxito Mike Noonan sufre por primera vez en su carrera el llamado «bloqueo del escritor». Frustrado por su incapacidad para sacar adelante una nueva novela y, en un sentido más amplio, por su profundo disgusto vital, Noonan se retira a su casa de veraneo frente al lago, donde enseguida empieza a experimentar todo tipo de fenómenos extraños: berridos infantiles que resuenan en la noche, movimientos poltergeist de las colorformas magnéticas pegadas en la puerta del frigorífico, extravagantes pero vívidas pesadillas, etc. También ocurre enseguida que Noonan conoce a una madre guapa, joven y desamparada que resulta ser la nuera del multimillonario de la industria informática Max Devore (¿no es el nombre perfecto para un villano?); sin embargo, las cosas no marchan bien para la chica. Su marido, Lance, hijo de Devore, ha sufrido una muerte absurda mientras trataba de arreglar la antena de la caravana en la que residían, y ahora Devore senior trata de arrebatarle a su hija. Tal y como están las cosas, era inevitable que Noonan se hiciera cargo de todos los problemas de la encantadora Mattie y de su pequeña hijita Kyra; a fin de cuentas, es un escritor con dinero suficiente para pagar a un abogado que defienda los intereses de la muchacha.

Por otro lado, Noonan empieza a sospechar --o al menos a considerar la posibilidad-- que su esposa le fue infiel antes de morir, y emprende una investigación que lo lleva a descubrir obscenos secretos que habían permanecido ocultos en el pueblo durante varias décadas...

Es propio de King soltar hilos suficientes como para que el lector quede enredado tan profundamente que la incertidumbre por la suerte de los personajes le causa la sensación de que va a enloquecer de intriga. Así que uno lee y lee y tira del hilo y tira del hilo con la confianza de alcanzar tarde o temprano la madeja y recibir algunas revelaciones que alivien la incertidumbre. Un saco de huesos es el ejemplo perfecto de la técnica y el proceso que acabo de describir. Y en manos de King el resultado tiende a ser verdaderamente prodigioso.

Quizá los personajes que conforman la opereta de Un saco de huesos adolezcan de una textura excesivamente literaria, en la medida en que son prácticos y verosímiles al servicio de un relato de ficción, pero poco creíbles como sujetos reales; a pesar de ello, tienen fuerza y en conjunto componen una escena interesante. Noonan es un tipo honesto pero no infalible, y en términos generales posee la dosis de carisma suficiente como para arrastrar la mayor parte de la novela, que él escribe en primera persona (lo cual significa, como puede verse, que venció finalmente su bloqueo creativo). Tal vez el mayor defecto de Stephen King resida en que la bondad de los personajes que se suponen buenos resulta demasiado angelical, tan pura que se vuelve falsa, y en algunas ocasiones empalagosa. Por el contrario, el malvado Devore está dotado de una oscura gravedad, en ocasiones cautivadora, que a mí me hizo pensar una y otra vez en el señor Charles Montgomery Burns de Los Simpsons.

Mencioné en el primer párrafo de esta entrada que Un saco de huesos presenta uno de los crescendos más intensos de la carrera de su autor, y me reafirmo en ello. El deseo de desvelar aquello que sucedió en el pasado en el pueblo, y que la esposa de Noonan investigó antes que su marido, le hacen a uno morder las páginas del libro en búsqueda de más. Pero, no obstante, el final, quizá algo desinflado, explota como una granada de mano en la cara del lector. Supongo que sobre eso cada uno debe emitir su propio veredicto.

Tanto Un saco de huesos como otros libros de Stephen King están disponibles en la Casa del Libro.

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El hijo de Rosemary -- Ira Levin

martes 21 de agosto de 2007 a las 1:23

Me figuro que a estas alturas es ya demasiado tarde para tratar de cambiar las cosas, y a Ira Levin lo conoceremos por siempre jamás como el autor de La semilla del Diablo, el libro sobre el que Roman Polanski rodó el film clásico de idéntico nombre. Por supuesto, se trata del mismo autor que publicó Los niños del Brasil, sobre experimentos sociológicos y genéticos para reproducir un clon biológico y psicológico del genocida Adolf Hitler, y Las mujeres perfectas, que revelaba aquello que se esconde bajo la piel de las supuestas esposas ideales.

Sin embargo, el sello del Diablo siempre permanece grabado profundamente sobre la conciencia del lector, al menos si se elabora con talento, y a Levin la sombra del viejo Enemigo lo mantiene sumido en una especie de lúgubre oscuridad.

Ira Levin recuperó algunos de los personajes principales de La semilla del Diablo en la continuación, titulada El hijo de Rosemary. Tras varias décadas sepultada en un estado de coma inducido, y coincidiendo con la muerte del doctor Stanley Shand, el último superviviente del cónclave satánico, Rosemary recupera la conciencia para descubrir que su hijo se ha convertido en una celebridad internacional de tal magnitud que difícilmente se puede comparar a ninguna otra, con excepción, por supuesto, de un Jesucristo redivivo. Adrian Steven Castevet, el hijo de Rosemary, se ha propuesto hacer descender la paz sobre el mundo, y resulta bastante curioso que el mundo se muestra dispuesto a dejarse engatusar por Andy, pues así le llaman. Básicamente en esto consiste el libro.

El estilo narrativo es tan personal que podría identificarse una oración escrita por las manos de Levin en mitad de una biblioteca reducida a toneladas de páginas sueltas, lo cual es bueno. Resulta saludable disfrutar de determinadas características literarias que no se reproducen continuamente como un patrón. Las frases son rápidas, organizada su estructura sintáctica de modo que el lector se ve obligado a mantenerse alerta del ritmo y de dónde comienza y dónde termina cada cosa.

Pero eso no basta. Leer el libro es tan sencillo que podríamos ahorrarnos el trabajo de recorrer las líneas con los ojos: para ello bastaría con convertirlo en mermelada y untarlo sobre una buena rebanada de pan. En este sentido es fantástico. Pero la idea de un tipo capaz de poner de acuerdo a prácticamente todo el planeta, incluso aunque ese tipo sea el hijo de Lucifer, no tiene mucho sentido y desde luego la verosimilitud no es una de sus bazas. Mal asunto. Y el final parece apropiado para terminar las historias de una aspirante a escritora adolescente muy poco original. Algunos elementos obscenos y perturbadores, como la inclinación de Andy Ojos de Tigre a toquetear procazmente a su madre dotan al relato de un matiz repulsivo muy oportuno en este contexto. Pero no hay más. Lectura agradable por la facilidad con la que se desenvuelve la trama, pero no por su originalidad, su honestidad, su fuerza ni, ciertamente, por el talento, limitado, muy limitado, que despliega.

Puedes comprar los libros de Ira Levin en Casa del Libro.

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Cementerio de animales -- Stephen King

lunes 20 de agosto de 2007 a las 9:36

El siempre macabro Stephen King demostró su habilidad para actualizar y barnizar de un matiz cotidiano los relatos de horror clásicos con El misterio de Salem’s Lot, novela con la que aprovechó la magnífica oportunidad que se le brindaba de extirpar al conde Drácula de los escenarios victorianos en los que Bram Stoker lo había situado, y suturarlo en un pequeño pueblo de los Estados Unidos. El resultado fue, según recuerdo --presté mi ejemplar y jamás me lo devolvieron, de modo que nunca lo he releído--, espectacular.

El joven doctor Louis Creed accede a un puesto de trabajo en los servicios médicos de una Universidad de Nueva Inglaterra. Procedentes de Chicago, tanto Creed como su esposa, Rachel, quien profesa un temor morboso por la muerte, y los hijos del matrimonio, Ellie, a quien acompaña su gato Church, y el pequeño Gage, se trasladan a vivir a una mansión situada a las afueras de la ciudad y en la linde de vastos bosques habitados antaño por los indios micmac. Allí los Creed traban amistad con el anciano Jude Crandall y con Norma, la mujer de éste. Y es el propio Crandall quien los lleva de excursión al cementerio de animales, un viejo claro en el bosque donde los niños del pueblo habían enterrado tradicionalmente a sus mascotas.

Sin embargo, las cosas empiezan para Louis mal en su lugar de trabajo. Durante la primera jornada, el alumno Victor Pascow es atropellado y muere en manos de Creed. Ciertamente no es el modo de comenzar que nadie desearía. Aquella misma noche, Louis despierta en la oscuridad y encuentra a Pascow al pie de su cama. Pascow lo invita a seguirlo y lo conduce de nuevo al cementerio de animales, donde se detiene; y, mientras señala una acerba montaña de ramas de árboles, lo exhorta a no cruzarla jamás.

Pero Creed, guiado por Crandall, acude al cementerio primero, y a lo que hay más allá a continuación, para dar sepultura al gato de su hija, al que un camión ha arrollado en la carretera que discurre frente a su casa. Creed, sumido en el escepticismo y la contrariedad, entierra al animal en el suelo de piedra de un viejo cementerio indio. Poco después, la mascota regresa viva a casa.

No todos los lectores que han dado una oportunidad a Cementerio de animales albergan sobre ella una opinión tan favorable como yo, pero me siento obligado a admitir que durante años ésta fue mi novela favorita entre las favoritas. Desde luego, las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero incluso la sencilla acción de abrir el libro y leer un par de líneas para situarme, mientras escribía este post, me ha causado un suculento subidón en su variedad más melancólica. Y es que Cementerio de animales, pese a lo que puedan opinar otros, me ha parecido siempre una de las grandes joyas del terror nacido fruto del ingenio de Stephen King.

Por un lado, el rey del terror combinó elegantemente dos elementos diferentes del género horrífico: por un lado, las historias de zombis; por otro, la leyenda aborigen americana del Wendigo, una especie de dios terrible al que se han dedicado cuentos como El wendigo, de Algernon Blackwood, y películas como Ravenous, en la que un grupo de miliares aislados en un paso de montaña se desatan a las inopinadas bondades del canibalismo.

En cualquier caso, Cementerio de animales posee algunos elementos literarios verdaderamente maravillosos: por poner un ejemplo, los personajes fueron construidos por King con un refinamiento tan sutil que los dotaba de una vida que parecía flotar en relieve por encima de las páginas impresas. Especialmente el anciano Jude Crandall, quizá el personaje más sólido confeccionado por Stephen King a lo largo de su dilatada carrera. También el uso de los elementos de la naturaleza como instrumentos para conmocionar al lector cobran aquí especial fuerza, y fe de ello da el pasaje en el que Jude guía a Louis a través del bosque para enterrar a Church en el viejo cementerio micmac, cuando Crandall advierte a su amigo de que quizá vea cosas extrañas, pero que probablemente no sean más que producto de la combustión de los pestilentes gases del pantano.

El desarrollo moral de los personajes es consistente en su mayor parte, aunque algunas referencias de psicología de andar por casa resultaban un tanto ridículas, como el resentimiento de Louis a su madre porque ésta le mintió sobre la verdadera procedencia de los bebés. Por otro lado, el progreso de la trama cobra velocidad a medida que pasan las páginas, y el dramatismo se infla tanto que, llegados a cierto punto, la maldad ya lo ha emponzoñado todo, incluso las manos con las que sujetamos nuestro libro.

Una lectura recomendable, muy clásica, que sin duda alguna habría recibido elogios de H.P. Lovecraft de haber tenido ocasión de leerla: no albergo la menor duda de que Cementerio de animales es una obra maestra de la literatura preternatural.

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Legión -- William Peter Blatty

miércoles 13 de diciembre de 2006 a las 20:29

Según afirma William Peter Blatty, escritor, guionista y productor de éxito, su novela El exorcista dio comienzo a lo que él considera una trilogía sobre la difícil relación del hombre con Dios y, en un sentido más amplio, sobre la posición del ser humano frente a la posibilidad de la Trascendencia. Las otras dos partes de la serie son The ninth configuration, revisión de la novela original Twinkle, twinkle Killer Kane, que jamás vio la luz en España, y Legión, que Espasa Calpe tuvo la bondad de reeditar en 2003 tras una larga travesía del desierto en la lista de libros descatalogados.

No he leído The ninth configuration, mal que me pesa en lo profundo del corazón, porque desde que compré y me aproximé cautelosamente a El exorcista, William Peter Blatty se elevó regiamente entre mis escritores predilectos --y a día de hoy me interesa tanto como Tom Wolfe y P.D. James, mis absolutos favoritos; e incluso, desde un punto de vista intelectual, profeso una admiración por Blatty difícilmente comparable a la que despierta en mí ningún otro escritor--. Su éxito de principios de los ’70 no sólo me conmovió desde la primera página, y en la última casi me hizo llorar, suscitándome un inusual y un tanto desconcertante afecto por el autor, sino que me hizo observar la literatura religiosa, moral y de horror desde una nueva óptica. Más aún: puede decirse que William Peter Blatty marcó un antes y un después en mi espíritu.

Decía que no he leído The ninth configuration, y ni siquiera he visto la adaptación cinematográfica que el propio Blatty realizó en 1980, y que se ha convertido, según creo, en película de culto, de modo que poco puedo comentar sobre la novela. Sí he leído gustosamente, sin embargo, Legión, que en opinión del autor constituye la conclusión de su trilogía teológica.

La novela, protagonizada por el teniente detective William Kinderman, que apareciera ya en El exorcista como investigador del asesinato de Burke Dennings, quien murió con la cabeza vuelta del revés («Inventus est capite reverso» manifiesta el demonio en latín al padre Karras durante una de sus conversaciones)... la novela, decía, describe una serie de salvajes homicidios, envueltos en un halo de misterio sobrenatural, que Kinderman debe resolver haciendo uso de una amplia apertura de mente. El primer asesinado es un niño negro y mudo, repartidor de periódicos, a quien hallan crucificado en unos remos. Al muchacho le han incrustado clavos en el cráneo y le han practicado cortes en la palma de la mano, el signo identificativo del asesino de Géminis, ejecutado en California varios años atrás. El resto de periódicos ha sido entregado en su destino cuando presumiblemente el chico ya había muerto. Y junto al cadáver del chaval se encuentra a una anciana incapaz de ofrecer respuestas inteligibles. A partir de aquí, el horror y una densa congoja empiezan a crecer como una mancha de tinta que empapa la conciencia del lector. Por otro lado, la terrible historia le da a Kinderman la oportunidad de reflexionar sobre la existencia del Mal en el mundo y sobre por qué Dios no hace nada para acabar con él. El detective, sin embargo, en ningún momento cuestiona la existencia de Dios --pues este asunto quedó resuelto en El exorcista--, sino que busca ávidamente una explicación para la ausencia de la Divinidad en esta jungla humana de dolor y penuria.

No es Legión una novela de terror --a pesar de su capacidad para helar el tuétano de nuestros huesos --, sino, desde el punto de vista de su estructura, y así lo confirma el propio Blatty, un modelo de literatura policial.

Se trata de una gran novela y la recomiendo sin reservas. Con un precio de oferta de 6 euros, se me antoja un pecado no comprarla y leerla con sensibilidad y espíritu abierto. Así y todo, sin embargo, no alcanza las cotas de gracia literaria de El exorcista. Aunque, a diferencia de lo que sucedía en aquélla, la presencia del guasón Kinderman, con su perfecto dominio del humor y la ironía (recordemos que WP Blatty comenzó como guionista de Blake Edwards en películas de la Pantera Rosa), llena sus páginas de una deliciosa comicidad. Lo cual suma puntos a un libro de enorme envergadura. No hay nada de malo en no ser tan buena como El exorcista: y es qué ésta fue absolutamente excepcional.

Una de las primeras características de Blatty que atrajo mi atención, primero con El exorcista y ahora con Legión, fue su peculiar estilo literario. Blatty raramente recurre a la descripción, y sus escenas son proyectadas por unos ojos capaces de identificar el detalle revelador de cada escenario. Por otro lado, el autor norteamericano posee una maravillosa habilidad para escribir frases memorables, ese tipo de sentencias que se marcan sobre la corteza cerebral como tajos de una cuchilla. Si bien es cierto que experimenté a menudo la tentación de apuntar sus magníficas oraciones, de una sonoridad y profundidad poética bíblicas, decidí enseguida que no sería una buena idea: eran tantas que no habría mucha diferencia entre la lista de frases apuntadas en el papel, y la propia novela. Es, en suma, y me permito insistir, una obra sorprendente que merece ser leída.

Todo William Peter Blatty, incluyendo Legión, en Casa del Libro.

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