El tercer gemelo -- Ken Follett

jueves 27 de septiembre de 2007 a las 8:09

Me siento en la obligación de reconocerlo. No he leído Los pilares de la Tierra. He escuchado suficientes comentarios favorables sobre esa novela como para forrar la catedral de Sevilla, pero cuando la tuve en mis manos y ojeé las primeras páginas, en casa de un conocido, no me sentí demasiado motivado a sumergirme en la historia que ha apasionado a millones de lectores en todo el planeta. El caso es que un autor que se declara ateo desde el mismo prólogo está condenado a causarme una opinión desfavorable, aunque sé muy bien que las convicciones religiosas no tienen por qué afectar a la calidad literaria de quien las profesa. No obstante, al cabo de un par de años descubrí En el blanco, también de Ken Follett, en edición limitada a precio de ganga, y me dije que nada perdía por concederle una oportunidad. Emprendí la lectura en busca de entretenimiento, y puro entretenimiento es lo que obtuve. En este sentido fue una relación honesta entre las partes. El autor me proporcionó varias horas de diversión inocua a cambio de mi dinero, por poco que éste fuera. De modo que mi opinión sobre Follett mejoró sensiblemente, y le di una segunda oportunidad con El tercer gemelo, cuya sinopsis, leída en una página de internet, parecía corresponderse con el argumento de una de esas películas televisivas de mediodía, pero, ¿acaso no fue el caso de En el blanco?

Ahora, la confesión. Abandoné la novela cuando llevaba leídas más de trescientas páginas y sólo quedaban ciento sesenta por delante. El problema residía en que los clichés de El tercer gemelo me hacían sentirme como un auténtico estúpido; y no es que el autor hubiera prescindido de las convenciones del género en su libro En el blanco, pero en esta ocasión Follett situado el límite de la verosimilitud tan alto que apenas lo alcanza la vista.

El chico bueno, cuyo aspecto describía Follett como muy parecido a Brad Pitt --el autor no niega que desearía que alguna de sus novelas fuera llevada a la gran pantalla con toda la parafernalia hollywoodiense--, era, de hecho, demasiado bueno, apuesto y angelical, como uno de esos personajes de teleserie que me chiflaban cuando era un crío, y que ahora me provocan una incómoda sensación de inmadurez. Lo mismo podría decirse del chico malo, que era algo así como el anticristo en plan macarra vacilón gestado en una probeta.

Pero ni siquiera fue éste el factor determinante de mi decepción. Es sólo que la protagonista apenas si me causaba la menor simpatía, y todo mi afecto se lo llevaba el antagonista, a pesar de su ostensible lado oscuro. He aquí el error, en que el personaje más carismático de la novela está tan artificiosamente trazado que incluso en su perversidad --es un supremacista blanco, por ejemplo--, tiene más que ofrecer que ningún otro sujeto. Ni que decir tiene que el tipo, Berrington, es republicano e hipócrita. De lo contrario, ¿dónde estaría la gracia?

Tanto El tercer gemelo como otras novelas de Ken Follett se encuentran disponibles en la Casa del Libro.

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El hijo de Rosemary -- Ira Levin

martes 21 de agosto de 2007 a las 1:23

Me figuro que a estas alturas es ya demasiado tarde para tratar de cambiar las cosas, y a Ira Levin lo conoceremos por siempre jamás como el autor de La semilla del Diablo, el libro sobre el que Roman Polanski rodó el film clásico de idéntico nombre. Por supuesto, se trata del mismo autor que publicó Los niños del Brasil, sobre experimentos sociológicos y genéticos para reproducir un clon biológico y psicológico del genocida Adolf Hitler, y Las mujeres perfectas, que revelaba aquello que se esconde bajo la piel de las supuestas esposas ideales.

Sin embargo, el sello del Diablo siempre permanece grabado profundamente sobre la conciencia del lector, al menos si se elabora con talento, y a Levin la sombra del viejo Enemigo lo mantiene sumido en una especie de lúgubre oscuridad.

Ira Levin recuperó algunos de los personajes principales de La semilla del Diablo en la continuación, titulada El hijo de Rosemary. Tras varias décadas sepultada en un estado de coma inducido, y coincidiendo con la muerte del doctor Stanley Shand, el último superviviente del cónclave satánico, Rosemary recupera la conciencia para descubrir que su hijo se ha convertido en una celebridad internacional de tal magnitud que difícilmente se puede comparar a ninguna otra, con excepción, por supuesto, de un Jesucristo redivivo. Adrian Steven Castevet, el hijo de Rosemary, se ha propuesto hacer descender la paz sobre el mundo, y resulta bastante curioso que el mundo se muestra dispuesto a dejarse engatusar por Andy, pues así le llaman. Básicamente en esto consiste el libro.

El estilo narrativo es tan personal que podría identificarse una oración escrita por las manos de Levin en mitad de una biblioteca reducida a toneladas de páginas sueltas, lo cual es bueno. Resulta saludable disfrutar de determinadas características literarias que no se reproducen continuamente como un patrón. Las frases son rápidas, organizada su estructura sintáctica de modo que el lector se ve obligado a mantenerse alerta del ritmo y de dónde comienza y dónde termina cada cosa.

Pero eso no basta. Leer el libro es tan sencillo que podríamos ahorrarnos el trabajo de recorrer las líneas con los ojos: para ello bastaría con convertirlo en mermelada y untarlo sobre una buena rebanada de pan. En este sentido es fantástico. Pero la idea de un tipo capaz de poner de acuerdo a prácticamente todo el planeta, incluso aunque ese tipo sea el hijo de Lucifer, no tiene mucho sentido y desde luego la verosimilitud no es una de sus bazas. Mal asunto. Y el final parece apropiado para terminar las historias de una aspirante a escritora adolescente muy poco original. Algunos elementos obscenos y perturbadores, como la inclinación de Andy Ojos de Tigre a toquetear procazmente a su madre dotan al relato de un matiz repulsivo muy oportuno en este contexto. Pero no hay más. Lectura agradable por la facilidad con la que se desenvuelve la trama, pero no por su originalidad, su honestidad, su fuerza ni, ciertamente, por el talento, limitado, muy limitado, que despliega.

Puedes comprar los libros de Ira Levin en Casa del Libro.

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