Siento un especial afecto por Un saco de huesos debido a un par de motivos: por un lado, conseguí mi ejemplar en tapa dura gracias a un concurso literario celebrado en mi instituto; supongo que el jurado, formado por el claustro de profesoras del ramo humanista, cometió un error de apreciación que a mí me benefició y me provocó el consabido subidón del triunfador y a otros debió de dejarlos sumidos en un estado de frustración que, por otro lado, yo conozco bastante bien. Por otro lado, Un saco de huesos posee uno de los crescendos dramáticos más intensos que Stephen King ha legado a la literatura de terror, lo cual no es decir poco.
Años después de perder a su esposa, quien cayó fulminada en plena calle víctima de un aneurisma cerebral, el novelista de éxito Mike Noonan sufre por primera vez en su carrera el llamado «bloqueo del escritor». Frustrado por su incapacidad para sacar adelante una nueva novela y, en un sentido más amplio, por su profundo disgusto vital, Noonan se retira a su casa de veraneo frente al lago, donde enseguida empieza a experimentar todo tipo de fenómenos extraños: berridos infantiles que resuenan en la noche, movimientos poltergeist de las colorformas magnéticas pegadas en la puerta del frigorífico, extravagantes pero vívidas pesadillas, etc. También ocurre enseguida que Noonan conoce a una madre guapa, joven y desamparada que resulta ser la nuera del multimillonario de la industria informática Max Devore (¿no es el nombre perfecto para un villano?); sin embargo, las cosas no marchan bien para la chica. Su marido, Lance, hijo de Devore, ha sufrido una muerte absurda mientras trataba de arreglar la antena de la caravana en la que residían, y ahora Devore senior trata de arrebatarle a su hija. Tal y como están las cosas, era inevitable que Noonan se hiciera cargo de todos los problemas de la encantadora Mattie y de su pequeña hijita Kyra; a fin de cuentas, es un escritor con dinero suficiente para pagar a un abogado que defienda los intereses de la muchacha.
Por otro lado, Noonan empieza a sospechar --o al menos a considerar la posibilidad-- que su esposa le fue infiel antes de morir, y emprende una investigación que lo lleva a descubrir obscenos secretos que habían permanecido ocultos en el pueblo durante varias décadas...
Es propio de King soltar hilos suficientes como para que el lector quede enredado tan profundamente que la incertidumbre por la suerte de los personajes le causa la sensación de que va a enloquecer de intriga. Así que uno lee y lee y tira del hilo y tira del hilo con la confianza de alcanzar tarde o temprano la madeja y recibir algunas revelaciones que alivien la incertidumbre. Un saco de huesos es el ejemplo perfecto de la técnica y el proceso que acabo de describir. Y en manos de King el resultado tiende a ser verdaderamente prodigioso.
Quizá los personajes que conforman la opereta de Un saco de huesos adolezcan de una textura excesivamente literaria, en la medida en que son prácticos y verosímiles al servicio de un relato de ficción, pero poco creíbles como sujetos reales; a pesar de ello, tienen fuerza y en conjunto componen una escena interesante. Noonan es un tipo honesto pero no infalible, y en términos generales posee la dosis de carisma suficiente como para arrastrar la mayor parte de la novela, que él escribe en primera persona (lo cual significa, como puede verse, que venció finalmente su bloqueo creativo). Tal vez el mayor defecto de Stephen King resida en que la bondad de los personajes que se suponen buenos resulta demasiado angelical, tan pura que se vuelve falsa, y en algunas ocasiones empalagosa. Por el contrario, el malvado Devore está dotado de una oscura gravedad, en ocasiones cautivadora, que a mí me hizo pensar una y otra vez en el señor Charles Montgomery Burns de Los Simpsons.
Mencioné en el primer párrafo de esta entrada que Un saco de huesos presenta uno de los crescendos más intensos de la carrera de su autor, y me reafirmo en ello. El deseo de desvelar aquello que sucedió en el pasado en el pueblo, y que la esposa de Noonan investigó antes que su marido, le hacen a uno morder las páginas del libro en búsqueda de más. Pero, no obstante, el final, quizá algo desinflado, explota como una granada de mano en la cara del lector. Supongo que sobre eso cada uno debe emitir su propio veredicto.
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El prócer de la industria editorial Rolf Rudolph Deutsch está postrado en cama a la espera de que la Descarnada venga a cobrarse su vida. Tiene cáncer y sus expectativas de vida se reducen a días. Sin embargo, antes de exhalar el último aliento desea conocer la respuesta definitiva a una vieja pregunta: ¿existe vida después de la muerte? Para recibir contestación a esa inquietud inmortal contrata los servicios de uno de los más reputados especialistas estadounidenses en fenómenos paranormales, el escéptico Lionel Barrett. Deutsch lo reclama en su aposento y le ofrece una gran suma de dinero a cambio de que resuelva el enigma sobrenatural. Cuando Barrett acepta la oferta de trabajo, que deberá realizarse en la Mansión Belasco, la única casa encantada que se ha resistido a todos los intentos por desacreditarla practicados hasta el momento, Deutsch le informa de que otras dos personas lo acompañarán durante su estancia en el terrible edificio: Benjamín Franklin Fischer, ex celebridad del mundo de la parapsicología y superviviente de un dramático experimento previo en la Mansión Belasco; y Florence Tanner, médium. Además, la esposa del doctor se incorpora finalmente a la expedición.
La estancia de los protagonistas en la Mansión Belasco es narrada casi minuto a minuto, con una precisión que causa por sí misma una cierta sensación de inquietud, de expectación y conciencia del paso del tiempo, y ocurre así desde la llegada al desolado paraje en el que se halla edificada la maléfica Casa infernal. Matheson describe esa primera aproximación del siguiente modo:
–Estamos entrando.
De repente, el coche se sumergió en una niebla verdosa y el conductor redujo la velocidad. Todos los miraron y advirtieron que se había inclinado sobre el volante, acercando su rostro al parabrisas. Al cabo de unos instantes, conectó los faros antiniebla y los limpiaparabrisas.
–¿Cómo es posible que alguien decidiera construir una casa en un lugar como éste? –preguntó Florence.
–Para Belasco, esto era el paraíso –respondió Fischer.
Todos miraron por las ventanillas hacia la encrespada niebla. Tenían la impresión de encontrarse en un submarino que se sumergía, lentamente, en un mar de leche condensada. Junto al vehículo aparecían árboles, arbustos o formaciones rocosas que desaparecían al instante. Sólo se oía el ronroneo del motor.
[...]
Ahora avanzaban en silencio. Sólo se oía el crujido de la gravilla bajo sus pies. Aquel lugar era tan húmedo que todos tenían la impresión de que el frío había logrado adentrarse en sus huesos. Edith se levantó el cuello del abrigo y se acercó más a Lionel. Ambos siguieron caminando cogidos del brazo y mirando hacia el suelo. Florence les seguía.
Cuando Lionel se detuvo, Edith levantó la mirada.
Ante ellos, envuelta en la niebla, surgía amenazadora la silueta de una inmensa casa.
Como introducción al satánico edificio no está nada mal. El lenguaje es sencillo, práctico, despojado de estridencias góticas a pesar de que prolijidad es justo lo que uno esperaría de una novela sobre casas encantadas. Sin embargo, resulta evidente que Richard Matheson optó por modernizar las formas, como se demuestra a medida que van pasando las páginas y el horror comienza a manifestarse.
En conjunto se trata de una novela interesante. Tanto los motivos y las creencias de cada uno de los personajes están claros como el agua, y resulta convincente, incluyendo la apetencias sexuales de Belasco (el espectral morador), y las inclinaciones lésbicas de algún personaje. El misterio como fuerza creciente también aporta valor, según las normas del género, pero la combinación de todos estos elementos aisladamente favorables, incluyendo las turbadoras y dosificadas revelaciones sobre la vida terrenal de Belasco, no confieren a La casa infernal la dignidad de obra maestra, o por lo menos cautivadora, que uno esperaría de un novelista que ha sido calificado por Ray Bradbury como «uno de los escritores más importantes del siglo XX», y sobre quien Stephen King confesó que era «el autor que más me ha influido como escritor». Magníficas referencias que no se ven justificadas en un relato bien tramado, satisfactoriamente resuelto, pero un tanto menor. Me aburrí a ratos, y siempre he considerado eso como la peor señal de una novela deficiente.
Tanto La casa infernal como otras novelas de Richard Matheson están disponibles en la Casa del Libro.
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El siempre macabro Stephen King demostró su habilidad para actualizar y barnizar de un matiz cotidiano los relatos de horror clásicos con El misterio de Salem’s Lot, novela con la que aprovechó la magnífica oportunidad que se le brindaba de extirpar al conde Drácula de los escenarios victorianos en los que Bram Stoker lo había situado, y suturarlo en un pequeño pueblo de los Estados Unidos. El resultado fue, según recuerdo --presté mi ejemplar y jamás me lo devolvieron, de modo que nunca lo he releído--, espectacular.
El joven doctor Louis Creed accede a un puesto de trabajo en los servicios médicos de una Universidad de Nueva Inglaterra. Procedentes de Chicago, tanto Creed como su esposa, Rachel, quien profesa un temor morboso por la muerte, y los hijos del matrimonio, Ellie, a quien acompaña su gato Church, y el pequeño Gage, se trasladan a vivir a una mansión situada a las afueras de la ciudad y en la linde de vastos bosques habitados antaño por los indios micmac. Allí los Creed traban amistad con el anciano Jude Crandall y con Norma, la mujer de éste. Y es el propio Crandall quien los lleva de excursión al cementerio de animales, un viejo claro en el bosque donde los niños del pueblo habían enterrado tradicionalmente a sus mascotas.
Sin embargo, las cosas empiezan para Louis mal en su lugar de trabajo. Durante la primera jornada, el alumno Victor Pascow es atropellado y muere en manos de Creed. Ciertamente no es el modo de comenzar que nadie desearía. Aquella misma noche, Louis despierta en la oscuridad y encuentra a Pascow al pie de su cama. Pascow lo invita a seguirlo y lo conduce de nuevo al cementerio de animales, donde se detiene; y, mientras señala una acerba montaña de ramas de árboles, lo exhorta a no cruzarla jamás.
Pero Creed, guiado por Crandall, acude al cementerio primero, y a lo que hay más allá a continuación, para dar sepultura al gato de su hija, al que un camión ha arrollado en la carretera que discurre frente a su casa. Creed, sumido en el escepticismo y la contrariedad, entierra al animal en el suelo de piedra de un viejo cementerio indio. Poco después, la mascota regresa viva a casa.
No todos los lectores que han dado una oportunidad a Cementerio de animales albergan sobre ella una opinión tan favorable como yo, pero me siento obligado a admitir que durante años ésta fue mi novela favorita entre las favoritas. Desde luego, las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero incluso la sencilla acción de abrir el libro y leer un par de líneas para situarme, mientras escribía este post, me ha causado un suculento subidón en su variedad más melancólica. Y es que Cementerio de animales, pese a lo que puedan opinar otros, me ha parecido siempre una de las grandes joyas del terror nacido fruto del ingenio de Stephen King.
Por un lado, el rey del terror combinó elegantemente dos elementos diferentes del género horrífico: por un lado, las historias de zombis; por otro, la leyenda aborigen americana del Wendigo, una especie de dios terrible al que se han dedicado cuentos como El wendigo, de Algernon Blackwood, y películas como Ravenous, en la que un grupo de miliares aislados en un paso de montaña se desatan a las inopinadas bondades del canibalismo.
En cualquier caso, Cementerio de animales posee algunos elementos literarios verdaderamente maravillosos: por poner un ejemplo, los personajes fueron construidos por King con un refinamiento tan sutil que los dotaba de una vida que parecía flotar en relieve por encima de las páginas impresas. Especialmente el anciano Jude Crandall, quizá el personaje más sólido confeccionado por Stephen King a lo largo de su dilatada carrera. También el uso de los elementos de la naturaleza como instrumentos para conmocionar al lector cobran aquí especial fuerza, y fe de ello da el pasaje en el que Jude guía a Louis a través del bosque para enterrar a Church en el viejo cementerio micmac, cuando Crandall advierte a su amigo de que quizá vea cosas extrañas, pero que probablemente no sean más que producto de la combustión de los pestilentes gases del pantano.
El desarrollo moral de los personajes es consistente en su mayor parte, aunque algunas referencias de psicología de andar por casa resultaban un tanto ridículas, como el resentimiento de Louis a su madre porque ésta le mintió sobre la verdadera procedencia de los bebés. Por otro lado, el progreso de la trama cobra velocidad a medida que pasan las páginas, y el dramatismo se infla tanto que, llegados a cierto punto, la maldad ya lo ha emponzoñado todo, incluso las manos con las que sujetamos nuestro libro.
Una lectura recomendable, muy clásica, que sin duda alguna habría recibido elogios de H.P. Lovecraft de haber tenido ocasión de leerla: no albergo la menor duda de que Cementerio de animales es una obra maestra de la literatura preternatural.
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La novela Clase nocturna de Tom Piccirilli me hizo pensar tres cosas mientras la aferraba entre las manos, las siguientes: que este escritor literalmente descomunal, robusto como un toro, posee nociones avanzadas sobre el tipo de escenas insólitas e insinuantes que hacen que se te hiele la sangre bajo la piel; que la prosa poética puede ser muy útil para reforzar la sensación de inquietud si uno es capaz de dominar las sutilezas del idioma; y que el lenguaje poético puede volverse lo bastante pesado para aplastar una trama como a una mosca de verano si no se emplea con moderación.
Tras las vacaciones de invierno, Caleb Prentiss descubre que un asesinato ha sido cometido en su dormitorio. Sobre la víctima y las circunstancias del crimen poco se sabe, y Prentiss se propone adentrarse en el misterio. Sumido en una creciente obsesión, trata de desentrañar el enigma sin reparar en la forma en que éste lo está alterando, y poco a poco, con las manchas de sangre seca de la víctima adheridas a las paredes de su dormitorio y fenómenos extraños sucediendo a su alrededor, cerniéndose sobre él como una serpiente pitón, Prentiss se aproxima a una solución que puede tanto impresionar como decepcionar al lector. Mucho me temo que, en lo concerniente a mí, al pasar la última página me sentía ya un poco cansado.
Piccirilli es un autor hábil, sobresaliente en algunos aspectos. Las frases de una gran fuerza poética que inserta en el transcurso de la trama tienen la cualidad de reafirmar la inquietud que uno ya había empezado a experimentar. Sin embargo, el exceso de poesía reduce su eficacia, como si el abuso la vulgarizase, y finalmente constituye más un lastre que un elemento favorable. Otra de las habilidades sobresalientes de Piccirilli es la naturalidad con la que consigue que personajes convencionales se vuelven excéntricos e incluso perturbadores, y cómo las escenas están revestidas de una oscuridad casi tóxica, enfermiza, envueltas en una pátina que puede resultar tanto triste como descorazonadora y decadente.
Clase nocturna narra primero una obsesión personal fruto de una escena poderosa, el asesinato de una joven de dieciocho años y el silencio que se ha instalado alrededor del suceso, y a continuación se transforma en una versión adulta de las películas de leyendas urbanas para adolescentes que Hollywood fabrica como churros. Pero donde los protagonistas de los films son planos en el mejor de los casos, y decididamente inverosímiles en el peor, aquí la psicología cobra fuerza y forma (y tanto la fuerza como la forma son tan disfuncionales que hacen pensar en los secretos que se cuecen en las interioridades de las grandes ciudades).
Existe una edición muy barata de la presente novela, de modo que uno puede dar cuenta de ella para decidir si merece la pena seguir de cerca el trabajo de Piccirilli, o si por el contrario sumamos su nombre a nuestra lista negra de escritores a evitar. Es una decisión personal.
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Supongo que los motivos que le hacen a uno disfrutar de una novela son tan diversos como la propia variedad humana, y, aunque ciertamente esta premisa es utilizada a menudo para justificar la existencia incluso de los libros más inmundos, no tengo intención de transitar en este momento por ese camino. Hay novelas buenas y malas novelas, buenas novelas aburridas y novelas malas absorbentes. No siempre es fácil decantarse por la primera opción, pues, ¿no debe ser gozo, incluso en sus manifestaciones más melancólicas y tristes, lo que ha de proporcionar un autor de ficción a sus lectores? Sin duda que ésa es precisamente mi opinión, y ha resultado oportuno que, a lo largo de mi vida como devorador de libros, los escritores que más profundamente han cavado en mi carácter hayan compartido esta teoría: lo primero, el entretenimiento.
Decía que hay mil motivos por los que una obra de ficción puede captar tu atención hasta el punto de que te conmueve el alma, y no siempre la calidad es uno de los factores determinantes. No obstante, resulta muy consolador que escritores brillantes sean asimismo verdaderos showmans de las letras, por decirlo de algún modo. En fin, me vienen a la cabeza un par de novelas autobiográficas de Gerald Durrell, Mi familia y otros animales y Bichos y demás parientes; al margen del ingenio desplegado por Durrell en ambos títulos --dos tercios de la Trilogía de Corfú--, lo que me atrapa siempre en sus lecturas y relecturas es la visión a través del tiempo de una infancia cálida y pacífica tan luminosa y entrañable que más parece ficción. Por supuesto que Durrell debe de haber limado algunas asperezas para que la cosa quedara redonda, ya me entendéis, pero el trasfondo de infinito placer infantil resulta tan puro y natural que resulta muy difícil discutir su verosimilitud. Y por eso me vuelven loco esos relatos: mientras los leo, preferentemente durante las tardes de verano, mi propia infancia, muy poco satisfactoria, pierde toda su importancia y vivo lo que antes vivió Durrell. Me adueño de una existencia que, por lo demás, el concede generosamente.
Otra de las novelas que me hacen feliz porque me transportan a tiempos imposibles, y no tanto por la trama --no es que la desdeñe-- es Nuestra Señora de las Tinieblas, brillante relato de terror de Fritz Leiber. (¿Has escuchado alguna vez la expresión «espada y brujería? Pues la acuñó él.) Compré el libro a precio de saldo, supongo que justo antes de que la editorial, de la que no tengo ninguna referencia, lo retirara del mercado y lo transformara en pulpa de celulosa. Caballeros, permítanme decirles que disfruté ese libro como un niño un caramelo.
Franz Western, guionista y autor de historietas de terror de tercera fila, reside en un edificio de apartamentos del exótico San Francisco de los años ’70. Comparte pasillos y plantas con una intérprete de clavicordio, amiga suya, y con dos colegas solteros sobre quienes pende la sospecha, en absoluto relevante para la trama, de la homosexualidad. (Insisto, todo tiene lugar en la inclinada San Francisco.) Cierto día, mientras otea la ciudad con unos binoculares, descubre a un tipo de lo más excéntrico danzando locamente en una distante colina, visible desde su apartamento. Más tarde, impulsado por la curiosidad, Franz realiza una excursión a aquel lugar. No diré lo que allí sucede, porque es la mejor parte de la novela, pero puedo anticipar que la sangre se espesó en mis venas y el miedo, en su variedad más vacía y primitiva, perduró en mis entrañas durante varios días. O, para decirlo con mayor exactitud, durante varias noches: soy criatura nocturna.
La cuestión es que en lo sucesivo Franz comienza a investigar a un tipo verdaderamente misterioso, Thibaut de Castries, que había formado un círculo de ilustres personajes a su alrededor varias décadas atrás. Entre sus colaboradores se encontraba Clark Ashton–Smith, el afamado poeta, pintor y autor de cuentos de horror, y es aquí donde la realidad comienza a mezclarse con la ficción.
Nuestra Señora de las Tinieblas posee la poderosa capacidad de inocular una intensa nostalgia en las entrañas del lector, tanto el viva–la–vida San Francisco de la década de la liberación sexual, los hippies y todo lo demás, como el San Francisco de artistas innovadores y mentes brillantes de la primera mitad del siglo XX. La verdad es que no sé si las cosas ocurrieran verdaderamente así, pero suena tan persuasivo que uno experimenta deseos de practicar un pequeño viaje en el tiempo.
Escrita con un estilo limpio y consistente, la novela proporciona todo tipo de placeres: el del lenguaje empleado con refinamiento; el de tener acceso a la intimidad de personas interesantes; la nostalgia de tiempos pasados que han devenido míticos; y el de una trama absorbente y bien estructurada, aunque poco pretenciosa, que siempre ofrece la oportunidad de pasar varias horas de placer.
A propósito, el título de la novela hace referencia al trabajo de Thomas De Quincy; aún más, el maravilloso relato de Leiber comienza con una larga cita de éste:
Pero la tercera hermana, que es también la más joven... ¡Cuidado! ¡Susurrad cuando habléis de ella! Su reino no es grande, o de lo contrario no habría nada con vida, pero dentro de ese reino todo el poder es suyo. Su cabeza, enorme como la de Cibeles, se alza más allá del alcance de la vista. Nunca baja la mirada, y sus ojos, al elevarse tanto, puede que queden ocultos por la distancia. Pero, siendo lo que son, no pueden ocultarse. Puede leerse desde suelo, a través del tenue velo negro que lleva, la fiera luz de una ardiente miseria, que no descansa mañana ni tarde, ni a mediodía no a medianoche, ni en la pleamar o la bajamar. Ella es la que desafía a Dios. Es también la madre de las locuras, y la que induce a los suicidas. Las raíces de su poder son profundas, pero la nación que gobierna es pequeña. Pues solo puede acercarse a aquellos en los que una naturaleza profunda ha sido soliviantada por convulsiones centrales, aquellos en quienes el corazón tiembla y el cerebro se mece bajo tempestades de conspiraciones interiores y tempestades exteriores. La Madonna se mueve con los pasos inseguros, rápidos o lentos, pero siempre con trágica gracia. Nuestra Señora de los Suspiros se arrastra tibia y furtivamente. Pero esta hermana más joven se mueve con gestos incalculables, rebotando, y con saltos de tigre. No lleva ninguna llave, pues aunque aparece rara vez entre los hombres, derriba todas las puertas en las que se le permite entrar. Y su nombre es Mater Tenebrarum, Nuestra Señora de las Tinieblas.
Maravilloso.
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Las cosas funcionan del siguiente modo: durante toda tu adolescencia idolatras a un escritor --sí, yo fui ese tipo de muchacho-- y cuando creces, maduras y experimentas las primeras pulsiones suicidas, descubres que otros novelistas se han adueñado del lugar de tu corazón que hasta ese momento había ocupado... bueno, digamos que Stephen King. Si a eso le sumas que a estas alturas la antigua estrella tan sólo escribe basura, entonces la decepción abre una profunda fisura en tu estómago y tú miras para otro lado.
Mi premisa es ésta: Mientras escribo fue el último buen libro de Stephen King, ¡y no era una novela! La cosa es que se trataba de un ensayo sobre el oficio de escritor, desde los inicios hasta que un conductor pirado te machaca del primer al último hueso del cuerpo, que es justamente lo que le sucedió al Hombre Lúgubre de Maine.
Compré una edición limitada y tirada de precio de Cell pensando que, en el peor de los casos, aún cuando se tratara de la bazofia más pura que hubiese pasado por mis manos, no habría perdido demasiado: 6 euros libres de gastos de envío, pues saqué partido de una promoción de la Casa del Libro.
La novela describe el mundo apocalíptico que queda como resultado de lo que podríamos denominar «un conflicto telefónico a gran escala», pues todo aquel que recibe una llamada a través del móvil, ¡se vuelve zombi! La idea principal resulta curiosa, si bien no demasiado atractiva ni original: ya se ha trabajado antes con ella, aunque de momento sólo me vienen dos historias a la cabeza, una literaria y otra cinematográfica: por un lalo, los espíritus inquietos del más allá utilizaban una pantalla de televisor para ponerse en contacto con la pobre Carol Ane en la película Poltergeist; por otro, las se electrozombifican en un relato de King que él mismo trasladó a la gran pantalla en un film del que el propio director parecer recordar muy poco. Hace bien: yo me he esforzado en olvidarlo. Sin éxito.
Las doscientas primeras páginas de Cell son insufribles a pesar del prometedor primer párrafo... pues hasta este punto hemos llegado... y asistimos a una descripción anodina e inverosímil de una sociedad occidental reducida a cenizas. Hoy día los tipos chiflados que se dedican a morder cuellos ya no impresionan, pero Stephen King no parece haberse dado cuenta; o puede que sencillamente le importe un bledo: decenas de miles de lerdos estamos dispuestos a seguir comprando sus libros cuando la inspiración ya lo ha abandonado, y un porcentaje notable de esos compradores compulsivos está preparado para dar opiniones de lo más favorables en cuanto se les presente la oportunidad. Y con la explosión de los blogs, todo el mundo cuenta con la posibilidad de decir todo aquello que le venga en gana en cualquier momento.
El protagonista, Clayton Riddell, de visita en Boston, encuentra un par de amigos inopinados durante el primer tramo de relato, una chica que ha visto enloquecer y morir a su propia madre --trauma del que se recupera con animosa facilidad--, y un tipo homosexual, bastante ridículo y estereotipado, sin familia, resentido de la religión y dueño de... en efecto, de un gato. Lo cual es siempre un síntoma de homosexualidad latente.
En fin, poco hay que decir de una novela mala. El prota trata de regresar a su hogar para salvar a su hijo y bla, bla, bla. Zombi va, zombi viene: es como La noche de los muertos vivientes pero con presunciones sociológicas. Fin.
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Posdata: Stephen King tiene el mal gusto de dedicar su horrible novela a dos tótems del terror del siglo pasado: George Romero (director de la mencionada La noche...) y Richard Matheson (autor de Soy leyenda). La dedicatoria no es casual, claro.
Cell, así como toda la obra de Stephen King, se encuentra en Casa del Libro.
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Me pasé la adolescencia leyendo y releyendo libros de Stephen King. Algunos de mis relatos de terror favoritos están firmados por el fornido novelista de Maine, como por ejemplo Los misterios del gusano, de El umbral de medianoche. Impulsado por la nostalgia y el placer de la literatura preternatural bien escrita, leo Cementerio de animales una vez al año, y Jude Crandall sigue siendo uno de los personajes literarios más sólidos que recuerdo. Las historias de Stephen King reclaman justa presencia cuando rememoro los veranos de mi juventud, y nunca le agradeceré lo suficiente todas las horas de placer que me ha proporcionado a lo largo de mi vida. Por mucho tiempo fue mi escritor favorito, pero ya no más.
Raramente termino de leer los libros que me aburren. Sin embargo, he concedido a King tres indulgencias: El juego de Gerald, Buick 8. Un coche perverso, verdadero plomo del que Stevie se siente bastante orgulloso, según menciona en su espléndido Mientras escribo, y La chica que amaba a Tom Gordon. Resulta, sin embargo, que El juego de Gerald y ésta última son la misma novela. Genial, ¿verdad?
La pequeña Trisha McFarland se pierde en el bosque mientras realiza una excursión con su madre y su hermano: en eso consiste toda la historia. Los juegos psicológicos presentes en La chica se dejaron ver ya en El juego de Gerald (donde una mujer asesta un mal golpe a su marido, quien muere de un ataque al corazón, dejándola encadenada a la cama en mitad de ninguna parte), y la emoción y el ritmo son tan eficaces como una babosa tratando de mantener el equilibro sobre las hojas de un matorral. Si es que las babosas se arrastran sobre las hojas. Cuestión ésta, dicho sea de paso, bastante más interesante que las pueriles aventuras de La chica que amaba a Tom Gordon. Como suele decirse, pues cásate con él, si tanto te gusta.
La chica que amaba a Tom Gordon, así como la obra completa de Stephen King, se halla en Casa del Libro.
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